lunes, 2 de abril de 2018

«Decid a mis hermanos que vayan a Galilea» (Mt 28,1-15

Los soldados que custodiaban el Sepulcro, también en parte fueron testigos de la resurrección de Cristo, pero estaban tan atado a sus propios pecados, que no se permitieron abrir su corazón a la conversión, y perseveraron en la malicia del pecado, y el amor al dinero.

 Es también una desgracia que el ciertos cristianos se dejan someter en la esclavitud del mundo. El alma no familiarizada con la oración y la obediencia plena a Dios, la muerte puede sorprenderles en asuntos que ofenden al Señor y al momento es juzgado. 

Cuando leemos los pasajes de la Sagrada Biblia, y cristianos somos cuando estamos atentos a la Lectio divina, comprender paso a paso los versículos de la Palabra de Dios, que los Santos Padres nos lo explican, con la sabiduría que recibían del Espíritu Santo.



Jesús ha resucitado (Mt 28,1-10)

1 Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. 2 Y de pronto se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. 3 Su aspecto era como de un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. 4 Los guardias temblaron de miedo ante Él y se quedaron como muertos. 5 El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres:
—Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. 6 No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. 7 Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho.
8 Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. 9 De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. 10 Entonces Jesús les dijo:
—No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán.

«La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 638). Dos notas lo configuran. En primer lugar, es «un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios» (ibidem, n. 656). En segundo lugar, el hecho tiene una singular importancia para nosotros, los hombres, pues «Cristo, “el primogénito de entre los muertos” (Col 1,18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma, más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo» (ibidem, n. 658).
Los evangelios coinciden en que las primeras apariciones de Jesús Resucitado no fueron a los discípulos, sino a «las santas mujeres», cuyo amor más desinteresado y generoso, más fiel y recio que el de los varones, parece haber sido premiado de un modo muy delicado. En el ambiente judaico de la época se concedía poco valor al testimonio jurídico de las mujeres: quizás por eso San Pablo no las menciona en su resumen catequético de 1 Co 15,1-9. La circunstancia de que se les atribuya tanta relevancia en los cuatro evangelios apunta en primer lugar a la realidad histórica del hecho, pero muestra también la predilección de Dios por las almas sencillas, generosas y humildes.
Hay pequeñas diferencias entre los sinópticos. Frente a la frescura y espontaneidad de Marcos, y frente al gusto de Lucas por los detalles, Mateo es algo hierático, catequético y solemne; prescinde de detalles secundarios. Las señales con las que describe el anuncio de la resurrección (vv. 2-4) indican también la magnitud del hecho; como la muerte de Jesús (27,51-54), la resurrección es un acontecimiento extraordinario: es lógico que el cielo y la tierra lo proclamen. «Éste es el día en que actuó el Señor, día totalmente distinto de aquellos otros establecidos desde el comienzo de los siglos y que son medidos por el paso del tiempo. Este día es el principio de una nueva creación, porque, como dice el profeta, en este día Dios ha creado un cielo nuevo y una tierra nueva. (...) En este día es creado el verdadero hombre, aquel que fue hecho a imagen y semejanza de Dios. (...) Pero aún no hemos hablado del mayor de los privilegios de este día de gracia: lo más importante de este día es que Él destruyó el dolor de la muerte y dio a luz al primogénito de entre los muertos. (...) ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre semejante a nosotros, siendo el Unigénito del Padre, quiere convertirnos en sus hermanos y, al llevar su humanidad al Padre, arrastra tras de sí a todos los que ahora son ya de su raza» (S. Gregorio de Nisa, In Christi Resurrectione oratio 1).

San Mateo, 28,11-15 y notas:
Soborno a los soldados

11 Mientras ellas se iban, algunos guardias fueron a la ciudad y comunicaron a los príncipes de los sacerdotes todo lo sucedido. 12 Se reunieron con los ancianos, se pusieron de acuerdo y dieron una buena suma de dinero a los soldados diciéndoles:
13 Tenéis que decir: "Sus discípulos han venido de noche y lo robaron mientras nosotros estábamos dormidos". 14 Y en el caso de que esto llegue a oídos del procurador, nosotros le calmaremos y nos encargaremos de vuestra seguridad.
15 Ellos aceptaron el dinero y actuaron según las instrucciones recibidas. Así se divulgó este rumor entre los judíos hasta el día de hoy.

·        Las señales con las que el evangelista describe el anuncio de la resurrección indican también la magnitud del hecho: "La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios" (CCE 656). Además, este hecho tiene una singular importancia para la vida de los hombres pues "Cristo, el primogénito de entre los muertos, es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma, más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo" (CCE 658).
·        La verdadera resurrección de Cristo la presenta el evangelista incluso con la prueba contraria: la de quienes difundieron la calumnia del robo del cadáver: "¿Qué has dicho, oh astucia siniestra?... ¿Presentáis testigos dormidos?  Verdaderamente dormiste tú que, inventando tales patrañas, desfalleciste" (San Agustín, Enarr. in Ps. 63,15). (Sagrada Biblia, Nuevo Testamento, Eunsa)
Sagrada Biblia Didajé:

Mt 28,10: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán »
·        Esta es la primera vez en la que Cristo se refiere a los discípulos como a hermanos suyos que indica la relación filial de los fieles como hijos adoptivos de Dios Padre. La redención merece la gracia santificante con que compartimos la vida divina y podemos, en consecuencia, convertirnos en hijos de Dios, junto a esta buena nueva viene la invitación a no temer porque Él ha vencido el pecado y a la muerte de una vez por todas [#641, #645, #654].
Si nosotros también frecuentamos las visitas al Santísimo, que nos dedicamos a la oración, que vamos con devoción todos los domingos y días festivos a la Santa Misa, y en otros momentos entre semana, cuando hay fiesta religiosa, somos hermanos de Jesús, Él nos reconoce, nos hacemos familiar a Él, porque, sobre todo, guardamos nuestro corazón, nuestros pensamientos, evitando toda sombra de maldad, de iniquidad. Cuando confesamos con cierta frecuencia acercándonos al sacramento de la confesión, en el confesionario, como debe ser. EL confesionario en un lugar para que seamos humildes y mansos de corazón.

San Mateo, 28,11-15: Sobornan a los soldados. Respecto a los milagros acontecidos a la muerte de Cristo, unos fueron comunes para todo el orbe, y otros limitados, a los que estaban allí presentes. Por ejemplo, para toda la tierra fueron las tinieblas; limitado, la aparición del Ángel y el terremoto. Apenas, pues, se presentaron los soldados y contaron lo sucedido –¡cómo brilla la verdad proclamada por sus mismos enemigos! –, los sumos sacerdotes le dieron dinero para que dijeran “que vinieron sus discípulos y lo robaron” (San Juan Crisóstomo, Hom. Sobre el Evangelio de San Mateo 90,1) (La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia, Nuevo Testamento 1b. Ed. Ciudad Nueva)

La malicia de muchos cristianos, entre ellos, algunos que se consagran a Dios pero no están en comunión con Cristo, pues viven según el mundo, como si Dios no existiera. No quieren vivir conforme a la Voluntad de Dios, y no aceptaron la realidad de la Resurrección de Cristo Jesús. Terrible es la dureza del corazón, da miedo, porque se acepta más la corrupción, los sobornos, que la verdadera libertad que Jesús nos ofrece, y la Santa Madre Iglesia Católica.   
Como pueden decir “estábamos dormidos pero los discípulos lo robaron”, ¿no detuvieron a los discípulos que se llevaban el Cuerpo de Cristo?, se contradicen ellos mismos, por lo que le dijeron aquellos sacerdotes. ¿Qué cosas enseñan los sacerdotes? ¿a mentir y combatir contra la verdad? ¿No está sucediendo algo parecido hoy día?

¿Qué clase de sacerdotes eran que instigan a que se diga mentira, cuando uno de los mandamientos de Dios nos prohíbe las mentiras y los falsos testimonios? Quien es de Dios no sabe mentir, siempre dice la verdad, y no sabe deformar la verdad para intereses humanos.
Nuestro modelo a imitar es a Jesús y a María Santísima, es lo que hicieron y hacen las almas piadosas, sin relación con las cosas terrenales que les separan del amor de Dios.


San Juan Crisóstomo continúa enseñándonos:

·        La Compra de una mentira ¿Cómo lo robaron, oh, los más insensatos de los hombres? ¡Es tan esplendida y patente la verdad, que no saben ni inventar su superchería! Y cierto que es bien absurdo lo que dicen y no tienen ni la buena apariencia de una mentira.
·        Porque ¿cómo decís que lo pudieron robar sus discípulos, hombres pobres y sencillos, que no tenían valor ni de presentarse en la calle? ¿Acaso no estaba puesto el sello? ¿No había allí tanta guardia, soldados y judíos? ¿No sospechaban precisamente el robo del cadáver, y por eso estaban preocupados los sumos sacerdotes, vigilaban y andaba solícito?
·        Decid que ellos robaron su cuerpo. ¿Y por qué lo habían de robar? ¡Para inventar, sin duda, la doctrina de la resurrección! Y ¿cómo habrían removido la piedra tan bien asegurada? ¿Cómo habrían burlado a tantos guardias? A la verdad, aún cuando hubieran sido capaces de despreciar la muerte, no se habrían arriesgado sin razón ni motivo a tal empresa y a la vista de tanta guardia.
·        Pero que en realidad eran unos cobardes, bien patente lo mostraron en todo lo anteriormente sucedido. Les bastó ver preso a su Maestro para que todos emprendieran la fuga. Si, pues, entonces, aun viéndolo vivo, no tuvieron valor para mantenerse firmes, ¿cómo no iban a temer, muerto ya, a tanta muchedumbre de soldados? ¿Es que se trataba sólo de mover una puerta? ¿Es que había que burlar la vigilancia de uno solo? Era una gran piedra sobre la entrada del sepulcro, y hubieran necesitado muchos brazos. (Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 90,1).         

  • · nosotros le calmaremos y nos encargaremos de vuestra seguridad. (Mt 28,14)
·        Si esto llega a oídos del Gobernador. Con razón, pues dijeron aquellos sumos sacerdotes: «Y será el postrer embuste peor que el primero» (Mt 26,64). Con lo que daban sentencia contra si mismos, pues debiendo hacer penitencia después de tamaña locura, se esfuerzan por añadir pecados a pecados, inventando fábulas ridículas. En vida se compraron la Sangre de Cristo; después de crucificarlo y que resucitase, nuevamente quieren por dinero enterrar la verdad de la Resurrección. (Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 90,1).


·        Os evitaremos problemas. Entre otros crímenes los judíos sobornan a los suyos, engañan con otros males mucho peores, ponen precio a los pecados, pagan y compensan con dinero los delitos, encubren con crímenes lo que traman con un homicidio. Así, compran a Judas, el traidor de su propio Señor y compensan con dinero la Sangre del Redentor del mundo. Tratan de impedir la fe al ver el sepulcro vacío, para negar la resurrección comerciando con unas monedas el delito de unos criminales. Dieron abundante dinero a los soldados para que confirmaran: «Decid: “sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros estábamos dormidos”. Y si esto llega a oídos del procurador, nosotros lo persuadiremos y nos encargaremos de vuestra seguridad». Ellos aceptaron el dinero y actuaron según las instrucciones recibidas y divulgaron este rumor entre los judíos hasta el día de hoy. «Entre Judíos»; nunca entre los cristianos. Judíos, lo que vosotros escondíais en Judea con oro, también brilló y esclareció en Judea y en todo el mundo con la fe. Los discípulos recibieron a Cristo, no lo robaron; vosotros comprasteis con alevosía, pero no hurtasteis la verdad. Judíos, Cristo resucitó, mientras vosotros perdisteis el dinero. (San Pedro Crisólogo, Sermones, 76,4).


«Se divulgó el rumor» (Mt 28,15)

·        Tomaron el dinero. Los guardias reconocen el milagro, vuelven a toda prisa a la ciudad, anuncian a los sumos sacerdotes lo que habían visto, los hechos que han presenciado. Pero ello, que deberían haberse convertido y buscar a Jesús resucitado, perseveran en su malicia, y emplean el dinero que había sido dado para uso del templo, para comprar una mentira. Del mismo modo antes habían dado treinta monedas de plata a Judas, el traidor. Todos los que emplean para otros fines, para satisfacer sus propios deseos, las contribuciones del templo y lo que se les trae para las necesidades de la Iglesia, se parecen a los escribas y sacerdotes que compran la mentira y la Sangre del Salvador. (San Jerónimo, Comentario al Evangelio de San Mateo, 4,28,14)


·        Hasta este día. Pero mirad, os ruego, como son descubiertos en lo mismo que hacen. Porque, si no hubieran acudido a Pilato ni le hubieran pedido la guardia habrían podido inventar mejor su engaño; pero ahora ya no. Y es que lo hacía todo como si ellos mismos tuvieran interés en coserse la boca. Porque si los discípulos de Cristo no fueron capaces de velar a pesar de todos sus reproches, ¿cómo iban a atreverse a cargar con su cadáver? Y ¿como no lo robaron antes, sino que esperaron a que llegarais vosotros? Porque, de haber tenido semejante plan, lo hubieran ejecutado en la primera noche, cuando no había guardia apostada y la empresa se presentaba segura y sin peligro. Porque fue el sábado cuando acudieron a Pilato y pedirle la guardia, y la primera noche no hubo nadie junto al sepulcro. (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 90,1).

* * * * * 


Nuestra seguridad no la podemos poner en nada de este mundo. Únicamente el cristiano, sabe muy bien que es en el Señor que debe confiar, nunca en los poderes de este mundo, cuántas almas se pierden cuando confían en el dinero, en los poderes mundanos, que se esfuerza por todos los medios amordazar, silenciar la verdad de Dios que habla en la Iglesia Católica. Pero seguiremos orando por todos, para que al menos el orante, siempre viva esa paz espiritual que solo Dios la puede conceder mediante el Hijo de Dios. 

domingo, 1 de abril de 2018

«¡Jesús ha resucitado!» (Mc 16,1-7)



«¡Jesús ha resucitado!» (Mc 16,1-7)

1 Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. 2 Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol. 3 Y se decían unas a otras:
—¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
4 Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de que era muy grande. 5 Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. 6 Él les dice:
—No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. 7 Pero marchaos y decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como os dijo.

 Comentarios doctrinal a la lectura del Evangelio: 

La primera predicación de los Apóstoles (cfr Hch 2,22-32; 3,13-15; etc.) recordaba que «Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras» (1 Co 15,3-4). Marcos ha subrayado (cfr 15,44-45) la muerte real del Señor y recoge ahora la verdad de la resurrección. «Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado» (v. 6), dice el joven. El mismo nombre escrito en el título de la Cruz es proclamado ahora para anunciar el triunfo glorioso de su resurrección. De esta forma San Marcos da explícito testimonio de la identidad del crucificado y el resucitado.
La resurrección gloriosa de Jesucristo es el misterio central de nuestra fe —«Si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe» (1 Co 15,14)— y fundamento de nuestra esperanza (1 Co 15,20-22). La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado, el dolor y el poder del demonio. Ciertamente, como afirma San Agustín, «en ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (Enarrationes in Psalmos 88,2,5); sin embargo, esta misma fe confiesa que «Cristo resucitó con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24,39); pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él “todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc. de Letrán IV, cap 1), pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria” (Flp 3,21), en “cuerpo espiritual” (1 Co 15,44)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 999).
En el anuncio del joven del sepulcro se contienen además (cfr v. 7) unas indicaciones que condensan lo que será la vida de la Iglesia naciente: los discípulos, y especialmente Pedro, deben ser testigos de la resurrección y de su significado. Esa misión se inicia en Galilea. La región que en la vida terrena de Cristo era el lugar de encrucijada entre judíos y paganos se convierte ahora en signo de la misión universal de la Iglesia. Y «la Iglesia, pues, diseminada por el mundo entero guarda diligentemente la predicación y la fe recibida, habitando como en una única casa; y su fe es igual en todas partes, como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y transmite, lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca» (San Ireneo, Adversus haereses 1,10,2).
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, este primer día después del sábado es llamado día del Señor, porque «después de la tristeza del sábado, resplandece un día feliz, el primero entre todos, (...) ya que en él se realiza el triunfo de Cristo resucitado» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum, ad loc.). Por eso, «los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 18). Si en el domingo se conmemora la salvación, se entiende la enseñanza de la Iglesia: «El deber de santificar el domingo, sobre todo con la participación en la Eucaristía y con un descanso lleno de alegría cristiana y de fraternidad, se comprende bien si se tienen presentes las múltiples dimensiones de ese día» (ibidem, n. 7). (Sagrada Biblia; Nuevo Testamento. Eunsa)
  •  ·        16,1-8. Las mujeres piadosas fueron informadas de la Resurrección de Cristo por un hombre joven, un ángel, que les dio el mensaje para Pedro y los Apóstoles (La mención específica de Pedro es una indicación de su primacía entre los Once). La resurrección tuvo lugar en domingo, que pasó a conocerse como el Día del Señor, el día fijado para el culto cristiano [#333, #1166-1167, #2174] (Sagrada Biblia Didajé. Conferencia Episcopal Española)
  • ·        16,7 Esto fue precisamente lo que Cristo había dicho a los Doce cuando les anunció sus deserciones en Marcos, 14,29. [#652]

Nosotros hemos resucitado gracias al sacramento del Bautismo. A mi parecer, ser cristiano es ser completamente fiel a Cristo, y estoy convencido de ello.
Todos queremos ser auténticos cristianos, pero lo que nos impide el serlo, es que después de celebrar la Semana Santa; el Triduo Pascual, el Domingo de Pascua de Resurrección, sería como apostatar de este camino de salvación cada vez que ponemos nuestro corazón en los elementos de este mundo, que queremos pasarlo bien divirtiéndonos, porque así es el alma que se deja educar por el mundo y no por Dios. 
La limpieza interior, arrojando fuera todos los obstáculos que nos estorban en la fidelidad a Cristo. Nosotros será imposible, pero es que el Señor nos ofrece su ayuda, que es la oración perseverante. Yo no sería cristiano si imitase la conducta de este mundo, de nuestro hombre viejo, no, eso no es ser cristiano.
Un día, San Jerónimo que tenía por costumbre de leer libros de filósofos paganos, había enfermado, y no es por delirio, cuando el Señor se le mostró, y le habría preguntado a Jerónimo si era cristiano, él respondió que era cristiano, y le dice Jesús, “Mientes, eres Ciceroniano”, comprendió que esas lecturas no eran saludables para su vida espiritual, y se dedicó a estudiar la Sagrada Biblia.

Hoy sucede que son muchos, que se dicen cristianos, pero su corazón lo tiene en otras vías, lejos de Cristo. Porque no podemos servir a Dios y al mundo, hemos de renunciar a todo lo que no nos ayude a ser fieles al Señor. Tenemos un alma que salvar, la nuestra. Cada cual se preocupa de su salvación, y todos oramos unos por otros con el fin que alcancemos la salvación.



BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 26 de marzo de 2008
La resurrección de Cristo
clave de bóveda del cristianismo
Queridos hermanos y hermanas:
«Et resurrexit tertia die secundum Scripturas», «Resucitó al tercer día según las Escrituras». Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y se hace actual en cada celebración eucarística.
Sin embargo, existe un tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal e inagotable vitalidad, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad: es el tiempo pascual. Cada año, en el «Santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado», como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al «tercer día», la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, debemos renovar constantemente nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado por nosotros: su Pascua es también nuestra Pascua, porque en Cristo resucitado se nos da la certeza de nuestra resurrección. La noticia de su resurrección de entre los muertos no envejece y Jesús está siempre vivo; y también sigue vivo su Evangelio.
«La fe de los cristianos —afirma san Agustín— es la resurrección de Cristo». Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: «Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17, 31). En efecto, no era suficiente la muerte para demostrar que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías esperado. ¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a una causa considerada justa y han muerto! Y han permanecido muertos.
La muerte del Señor demuestra el inmenso amor con el que nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros; pero sólo su resurrección es «prueba segura», es certeza de que lo que afirma es verdad, que vale también para nosotros, para todos los tiempos. Al resucitarlo, el Padre lo glorificó. San Pablo escribe en la carta a los Romanos: «Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10, 9).
Es importante reafirmar esta verdad fundamental de nuestra fe, cuya verdad histórica está ampliamente documentada, aunque hoy, como en el pasado, no faltan quienes de formas diversas la ponen en duda o incluso la niegan. El debilitamiento de la fe en la resurrección de Jesús debilita, como consecuencia, el testimonio de los creyentes. En efecto, si falla en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se paraliza, todo se derrumba. Por el contrario, la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos.
¿No es la certeza de que Cristo resucitó la que ha infundido valentía, audacia profética y perseverancia a los mártires de todas las épocas? ¿No es el encuentro con Jesús vivo el que ha convertido y fascinado a tantos hombres y mujeres, que desde los inicios del cristianismo siguen dejándolo todo para seguirlo y poniendo su vida al servicio del Evangelio? «Si Cristo no resucitó, —decía el apóstol san Pablo— es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe» (1Co 15, 14). Pero ¡resucitó!
El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es «el que vive» (Ap 1, 18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.
Incluso después de su Ascensión, Jesús siguió estando presente entre sus amigos, como por lo demás había prometido: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). El Señor está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Los miembros de la Iglesia primitiva, iluminados por el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar el anuncio pascual abiertamente y sin miedo. Y este anuncio, transmitiéndose de generación en generación, ha llegado hasta nosotros y resuena cada año en Pascua con una fuerza siempre nueva.
De modo especial en esta octava de Pascua, la liturgia nos invita a encontrarnos personalmente con el Resucitado y a reconocer su acción vivificadora en los acontecimientos de la historia y de nuestra vida diaria. Por ejemplo, hoy, miércoles, nos propone el episodio conmovedor de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Después de la crucifixión de Jesús, invadidos por la tristeza y la decepción, volvían a casa desconsolados. Durante el camino conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado en aquellos días en Jerusalén; entonces se les acercó Jesús, se puso a conversar con ellos y a enseñarles: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 25-26). Luego, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
La enseñanza de Jesús —la explicación de las profecías— fue para los discípulos de Emaús como una revelación inesperada, luminosa y consoladora. Jesús daba una nueva clave de lectura de la Biblia y ahora todo quedaba claro, precisamente orientado hacia este momento. Conquistados por las palabras del caminante desconocido, le pidieron que se quedara a cenar con ellos. Y él aceptó y se sentó a la mesa con ellos. El evangelista san Lucas refiere: «Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24, 30). Fue precisamente en ese momento cuando se abrieron los ojos de los dos discípulos y lo reconocieron, «pero él desapareció de su lado» (Lc 24, 31). Y ellos, llenos de asombro y alegría, comentaron: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).
En todo el año litúrgico, y de modo especial en la Semana santa y en la semana de Pascua, el Señor está en camino con nosotros y nos explica las Escrituras, nos hace comprender este misterio: todo habla de él. Esto también debería hacer arder nuestro corazón, de forma que se abran igualmente nuestros ojos. El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia. Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última Cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.
Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón. En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados. Cada domingo la comunidad revive así la Pascua del Señor y recibe del Salvador su testamento de amor y de servicio fraterno.
Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.
De nuevo os deseo a todos una feliz Pascua.

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Reflexión.
Volviendo al Evangelio (Mc 16,3-4), aquellas mujeres preocupadas, preguntaban:

--¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?

Nuestro corazón es como un sepulcro lleno de inmundicias cuando no tenemos a Jesucristo y nos entretenemos en nuestros vicios y pecados. Entonces ahí no está Jesucristo, en ese corazón hediondo y putrefacto. Pero queremos cambiarlo, el examen de conciencia, el sacramento de la confesión, el dolor de nuestros pecados que nos había dejados en las tinieblas donde no hay luz, pues la luz de la gracia disipa todas nuestras tinieblas interiores.
Cada día necesitamos ampliar el momento de nuestra conversión, no nos detenemos, sino que avanzamos siguiendo las huellas de Nuestro Señor Jesucristo.
Ayer durante la Santa Misa, todos hemos renunciado al demonio, al mundo, y nuestro "yo", pues ese creer en Cristo no es un retorno a las oscuridades de nuestro hombre viejo. Tenemos que hacerle morir, para que la vida nueva en Cristo Jesús sea el camino hacia el Padre Celestial. 

Benedicto XVI nos ha recordado: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). ¡Todos los días!, ¿Lo tenemos claro? Y esto es verdad, Jesús esta todos los días con nosotros, está con su Iglesia, nosotros somos esa parte de la Iglesia que el Señor protege, y si nos protege a cada uno de nosotros, no debemos de ninguna manera renunciar a su protección para terminar siendo devorado por la corrupción del pecado. 



sábado, 31 de marzo de 2018

«Fue muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu» (1Pedro 3, 18-22)


Trabajo Salvador de Cristo 

18 Porque también Cristo padeció una vez para siempre por los pecados, el justo por los injustos, para llevaros a Dios. Fue muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu. 19 En él se fue a predicar también a los espíritus cautivos, 20 en otro tiempo incrédulos, cuando en tiempos de Noé les esperaba Dios pacientemente, mientras se construía el arca. En ella, unos pocos —ocho personas— fueron salvados a través del agua. 21 Esto era figura del bautismo, que ahora os salva, no por quitar la suciedad del cuerpo, sino por pedir firmemente a Dios una conciencia buena, por la resurrección de Jesucristo, 22 que, después de haber subido al cielo, está sentado a la diestra de Dios, con los ángeles, las potestades y las virtudes sometidos a Él. (1 P 3,18-22)

En el pasaje es posible que se encuentren elementos de un Credo de la primitiva catequesis cristiana del Bautismo. Se expresa con claridad el núcleo de la fe en Jesucristo, tal como desde el principio la predicaron los Apóstoles y pasó al Símbolo Apostólico: murió, descendió a los infiernos, resucitó y ascendió a los cielos.

El v. 19 recoge la fe de la Iglesia en el descenso de Cristo a los infiernos, manifestación de la universalidad de la salvación: «Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 637). La expresión «espíritus cautivos» ha sido interpretada de diversos modos: estos espíritus pueden simbolizar a las almas de los justos del Antiguo Testamento, retenidos en el seno de Abrahán. Así lo interpretan algunos Padres de la Iglesia. Pero también pueden ser los ángeles caídos que habían sido retenidos en las profundidades tenebrosas. De esta manera se subrayaría la victoria de Cristo sobre el demonio. Las aguas del diluvio son figura de las del Bautismo: como Noé y su familia se salvaron en el Arca a través de las aguas, ahora los hombres se salvan a través del Bautismo, por el que son incorporados a la Iglesia de Cristo (vv. 20-22).



En el Catecismo de la Iglesia Católica:
633 La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf. Sal 89, 49;1 S 28, 19; Ez 32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el “seno de Abraham” (cf. Lc 16, 22-26). “Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos” (Catecismo Romano, 1, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados (cf. Concilio de Roma, año 745: DS, 587) ni para destruir el infierno de la condenación (cf. Benedicto XII, Libelo Cum dudum: DS, 1011; Clemente VI, c. Super quibusdam: ibíd., 1077) sino para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Concilio de Toledo IV, año 625: DS, 485; cf. también Mt 27, 52-53).

Jesús descendió a los infiernos, como nos enseña la Palabra de Dios y el Magisterio de la Iglesia Católica, también Adán y Eva, nuestros primeros padres habían estado esperando.
·        «Los espíritus cautivos ciertamente no la vieron, pero oyeron el eco de su voz» (San Clemente de Alejandría, exégesis de la primera carta de Pedro). [La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia, Nuevo Testamento, 11]
Dice también Tertuliano (sobre el alma, 55,2) , que predicó a los Patriarcas, hacerlos copartícipes de su resurrección.

Los espíritus cautivos algunos hablaban de Jesucristo, otros necesitaban superar esa incredulidad, pero los que mantuvieron completamente incrédulos permanecieron precisamente en el infierno, el primer juicio para ellos. 
Los que obraron el mal, Caín, Judas y muchos otros, como decía Jesús sobre Judas, más le hubiera valido a ese hombre no haber nacido (Mt 26,24), pues terrible es la eternidad de los tormentos del infierno. En el Reino de los cielos tampoco hay lugar para los cismáticos ni apostatas, ni los herejes; no hay lugar para Martin Lutero y sus seguidores.

·        Salvar a todos los que creerían. Soluciona aquí aquella objeción que planteaban algunos objetores: si la encarnación era útil, ¿Por qué no se encarnó mucho tiempo antes? En efecto, vino a los espíritus encarcelados y les predicó para liberar a los que estarían dispuestos a creer, si en su tiempo hubiera aparecido en la tierra encarnado. Estos reconocieron completamente al que se les aparecía en las regiones subterráneas y se alegraron con su venida. Con su alma vino y predicó a los que estaban en el hades, como un alma se da a entender a las almas. Al verlo los guardianes del hades se llenaron de espanto, las puertas de bronce se hicieron añicos y los cerrojos de hierro se rompieron. Y el Unigénito conforme al sentido de la economía de la salvación, hablaba con autoridad a las almas, diciendo: «a los presos, Salid, y a los que están en tinieblas Mostraos» (Is 49,9). Es decir, predicó a los que estaban en el Hades para librar a cuantos habían de creer si encarnado hubiera venido durante la vida de ellos, pues le reconocieron cabalmente incluso en el Hades. En efecto, la mayor parte de la economía de la salvación supera a la naturaleza y la tradición: pues mediante su venida en carne ha hablado Cristo a todos los que estaban en la tierra y solo aprovecharon los que creyeron, así también mediante su bajada al Hades libró de las ataduras de la muerte a los que creyeron y le reconocieron. Las almas de los que vivieron en la idolatría y en impío libertinaje, como si estuvieran cegadas por las pasiones carnales, no pudieron contemplar el esplendor de la teofanía ni reconocer de buena fe al que estaba liberando a todos» (Cirilo de Alejandría, fragmentos sobre las Cartas Católica. PG 74, 1013-1016. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia, Nuevo Testamento, 11, pág. 157. Ed. Ciudad Nueva)


El Magisterio de la Iglesia Católica, que como siempre está al servicio de la Palabra de Dios, nos enseña que el infierno no ha sido destruido. 

Vemos claramente, que los pecados de impurezas arrastra al alma a una ceguera tan profunda que no ve la necesidad de convertirse al Señor, más aún, y me he encontrado con personas, que sin renunciar a sus impurezas, la justifican y se imaginan que será salvados de esa manera. 

Los profanadores, sacrílegos, los que provocan escándalos dentro de las iglesias, como las "feministas" desnudas aparecen por allí. Ellas no ven la necesitad del arrepentimiento, y siguen pecando.

Los adúlteros, los sodomitas, todo tipo de libertinos y escandalosos, tampoco aceptan la misericordia de Dios, las rechazan continuamente. Algunos de ellos, -dicen- que quieren llegar al cielo, pero sin renunciar a su conducta permanente de pecados mortales.

El infierno es eterno, para los que terminan en pecado mortal, para los que no han aprovechado el tiempo para la oración y la penitencia, y lo han dedicado a otras cosas ajenas al mandato divino.
Nosotros creemos en Cristo nuestro Salvador, reflexionando, que se ha mostrado de distintas formas, desde los Patriarcas en el Antiguo Testamento, en su tiempo en la vida en este mundo, muchos no le creyeron, como en el Antiguo Testamento, tampoco creían a los profetas que hablaban de parte de Dios, y fueron perseguidos y asesinados. Cuando su permanencia en este mundo, no todos creían en sus palabras de vida eterna, y los que se perderían se alejaron de Él. Quien esta con Cristo es necesario obedecerle y amarle. Lo que nos ayuda a conocer a Jesús, a la vida de Gracia, es no someternos a nuestras tentaciones.

Se nos hace presente en el Espíritu con que Dios guarda y protege a la Iglesia Católica, para que no sea contaminada por manchas de pecados, que ciertos administradores malvados tienen. Pero no llegan a contagiar a la Iglesia, sino a aquellos que no hacen vida de fe ni de oración. Los cristianos mundanos tienen tambien el tiempo de tomarse muy en serio el camino de la salvación si es que quiere salvarse.

Algunos éramos mundanos, ansiábamos las cosas terrenales, pero cuando el Señor nos llama nos alegramos, y vamos tras Él. Ahora detestamos las cosas terrenales que son inútiles para nuestra fe, porque comprendemos que el camino espiritual es más necesario. 


Ninguno de nosotros, como personas, que hemos venido a este mundo, ninguno hemos sido creados para la impureza, para los vicios y pecados de la carne.

Sino para amar y adorar a Dios, pues Dios nos ha creado para la vida eterna. Por tanto, es el mejor camino, los mandamientos divinos son caminos de salvación eterna. 


Jesús murió en la carne, pero su Espíritu, llegado el momento, que no murió, que no conoció la muerte, su Cuerpo Sacro, fue resucitado. 

Jesús había experimentado solo en su cuerpo la muerte, y para darnos vida. Un día tambien nosotros, vamos a morir, pero nuestro espíritu, nuestra alma debe permanecer constante en el Señor, pues Él nos resucitará en el último día. Si el Señor ve necesario que nosotros estemos un tiempo en el Purgatorio, lo vamos a estar. Pero el Purgatorio aunque no es el infierno, es también terrible; pero temporal.

Por el contrario, el infierno no se acabará en la eternidad, no existe un tiempo corto, aunque sea infinidad de años, seguirá todavía. No acaba, pues es ahí donde el pecado, las impurezas arrojan a las almas, los sacrilegios, las murmuraciones, las críticas, los juicios temerarios, las amenazas, las palabras mal sonantes, y toda rebeldía contra la Justicia de Dios, lleva a las almas perversas a ese lugar tan espantoso. 

jueves, 1 de marzo de 2018

Benedicto XVI: Santa Misa en la cena del Señor (Jueves Santo 21 de abril de 2011)




HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI


Basílica de San Juan de Letrán
Jueves Santo 21 de abril de 201
1






«Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer» (Lc 22,15). Con estas palabras, Jesús comenzó la celebración de su última cena y de la institución de la santa Eucaristía. Jesús tuvo grandes deseos de ir al encuentro de aquella hora. Anhelaba en su interior ese momento en el que se iba a dar a los suyos bajo las especies del pan y del vino. Esperaba aquel momento que tendría que ser en cierto modo el de las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la transformación del mundo. En el deseo de Jesús podemos reconocer el deseo de Dios mismo, su amor por los hombres, por su creación, un amor que espera. El amor que aguarda el momento de la unión, el amor que quiere atraer hacia sí a todos los hombres, cumpliendo también así lo que la misma creación espera; en efecto, ella aguarda la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rm 8,19). Jesús nos desea, nos espera. Y nosotros, ¿tenemos verdaderamente deseo de él? ¿No sentimos en nuestro interior el impulso de ir a su encuentro? ¿Anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía? ¿O somos, más bien, indiferentes, distraídos, ocupados totalmente en otras cosas? Por las parábolas de Jesús sobre los banquetes, sabemos que él conoce la realidad de que hay puestos que quedan vacíos, la respuesta negativa, el desinterés por él y su cercanía. Los puestos vacíos en el banquete nupcial del Señor, con o sin excusas, son para nosotros, ya desde hace tiempo, no una parábola sino una realidad actual, precisamente en aquellos países en los que había mostrado su particular cercanía. Jesús también tenía experiencia de aquellos invitados que vendrían, sí, pero sin ir vestidos con el traje de boda, sin alegría por su cercanía, como cumpliendo sólo una costumbre y con una orientación de sus vidas completamente diferente. San Gregorio Magno, en una de sus homilías se preguntaba: ¿Qué tipo de personas son aquellas que vienen sin el traje nupcial? ¿En qué consiste este traje y como se consigue? Su respuesta dice así: Los que han sido llamados y vienen, en cierto modo tienen fe. Es la fe la que les abre la puerta. Pero les falta el traje nupcial del amor. Quien vive la fe sin amor no está preparado para la boda y es arrojado fuera. La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta.

Sabemos por los cuatro Evangelios que la última cena de Jesús, antes de la Pasión, fue también un lugar de anuncio. Jesús propuso una vez más con insistencia los elementos fundamentales de su mensaje. Palabra y Sacramento, mensaje y don están indisolublemente unidos. Pero durante la Última Cena, Jesús sobre todo oró. Mateo, Marcos y Lucas utilizan dos palabras para describir la oración de Jesús en el momento central de la Cena: «eucharistesas» y «eulogesas» -«agradecer» y «bendecir». El movimiento ascendente del agradecimiento y el descendente de la bendición van juntos. Las palabras de la transustanciación son parte de esta oración de Jesús. Son palabras de plegaria. Jesús transforma su Pasión en oración, en ofrenda al Padre por los hombres. Esta transformación de su sufrimiento en amor posee una fuerza transformadora para los dones, en los que él ahora se da a sí mismo. Él nos los da para que nosotros y el mundo seamos transformados. El objetivo propio y último de la transformación eucarística es nuestra propia transformación en la comunión con Cristo. La Eucaristía apunta al hombre nuevo, al mundo nuevo, tal como éste puede nacer sólo a partir de Dios mediante la obra del Siervo de Dios.
Gracias a Lucas y, sobre todo, a Juan sabemos que Jesús en su oración durante la Última Cena dirigió también peticiones al Padre, súplicas que contienen al mismo tiempo un llamamiento a sus discípulos de entonces y de todos los tiempos. Quisiera en este momento referirme sólo una súplica que, según Juan, Jesús repitió cuatro veces en su oración sacerdotal. ¡Cuánta angustia debió sentir en su interior! Esta oración sigue siendo de continuo su oración al Padre por nosotros: es la plegaria por la unidad. Jesús dice explícitamente que esta súplica vale no sólo para los discípulos que estaban entonces presentes, sino que apunta a todos los que creerán en él (cf. Jn 17, 20). Pide que todos sean uno «como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que el mundo crea» (Jn 17, 21). La unidad de los cristianos sólo se da si los cristianos están íntimamente unidos a él, a Jesús. Fe y amor por Jesús, fe en su ser uno con el Padre y apertura a la unidad con él son esenciales. Esta unidad no es algo solamente interior, místico. Se ha de hacer visible, tan visible que constituya para el mundo la prueba de la misión de Jesús por parte del Padre. Por eso, esa súplica tiene un sentido eucarístico escondido, que Pablo ha resaltado con claridad en la Primera carta a los Corintios: «El pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan» (1 Co 10, 16s). La Iglesia nace con la Eucaristía. Todos nosotros comemos del mismo pan, recibimos el mismo cuerpo del Señor y eso significa: Él nos abre a cada uno más allá de sí mismo. Él nos hace uno entre todos nosotros. La Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo, es la unión visible entre todos. La Eucaristía es sacramento de la unidad. Llega hasta el misterio trinitario, y crea así a la vez la unidad visible. Digámoslo de nuevo: ella es el encuentro personalísimo con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual. La celebramos necesariamente juntos. En cada comunidad está el Señor en su totalidad. Pero es el mismo en todas las comunidades. Por eso, forman parte necesariamente de la Oración eucarística de la Iglesia las palabras: «una cum Papa nostro et cum Episcopo nostro». Esto no es un añadido exterior a lo que sucede interiormente, sino expresión necesaria de la realidad eucarística misma. Y nombramos al Papa y al Obispo por su nombre: la unidad es totalmente concreta, tiene nombres. Así, se hace visible la unidad, se convierte en signo para el mundo y establece para nosotros mismos un criterio concreto.

San Lucas nos ha conservado un elemento concreto de la oración de Jesús por la unidad: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31s). Hoy comprobamos de nuevo con dolor que a Satanás se le ha concedido cribar a los discípulos de manera visible delante de todo el mundo. Y sabemos que Jesús ora por la fe de Pedro y de sus sucesores. Sabemos que Pedro, que va al encuentro del Señor a través de las aguas agitadas de la historia y está en peligro de hundirse, está siempre sostenido por la mano del Señor y es guiado sobre las aguas. Pero después sigue un anuncio y un encargo. «Tú, cuando te hayas convertido…»: Todos los seres humanos, excepto María, tienen necesidad de convertirse continuamente. Jesús predice la caída de Pedro y su conversión. ¿De qué ha tenido que convertirse Pedro? Al comienzo de su llamada, asustado por el poder divino del Señor y por su propia miseria, Pedro había dicho: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador» (Lc 5, 8). En la presencia del Señor, él reconoce su insuficiencia. Así es llamado precisamente en la humildad de quien se sabe pecador y debe siempre, continuamente, encontrar esta humildad. En Cesarea de Filipo, Pedro no había querido aceptar que Jesús tuviera que sufrir y ser crucificado. Esto no era compatible con su imagen de Dios y del Mesías. En el Cenáculo no quiso aceptar que Jesús le lavase los pies: eso no se ajustaba a su imagen de la dignidad del Maestro. En el Huerto de los Olivos blandió la espada. Quería demostrar su valentía. Sin embargo, delante de la sierva afirmó que no conocía a Jesús. En aquel momento, eso le parecía un pequeña mentira para poder permanecer cerca de Jesús. Su heroísmo se derrumbó en un juego mezquino por un puesto en el centro de los acontecimientos. Todos debemos aprender siempre a aceptar a Dios y a Jesucristo como él es, y no como nos gustaría que fuese. También nosotros tenemos dificultad en aceptar que él se haya unido a las limitaciones de su Iglesia y de sus ministros. Tampoco nosotros queremos aceptar que él no tenga poder en el mundo. También nosotros nos parapetamos detrás de pretextos cuando nuestro pertenecer a él se hace muy costoso o muy peligroso. Todos tenemos necesidad de una conversión que acoja a Jesús en su ser-Dios y ser-Hombre. Tenemos necesidad de la humildad del discípulo que cumple la voluntad del Maestro. En este momento queremos pedirle que nos mire también a nosotros como miró a Pedro, en el momento oportuno, con sus ojos benévolos, y que nos convierta.

Pedro, el convertido, fue llamado a confirmar a sus hermanos. No es un dato exterior que este cometido se le haya confiado en el Cenáculo. El servicio de la unidad tiene su lugar visible en la celebración de la santa Eucaristía. Queridos amigos, es un gran consuelo para el Papa saber que en cada celebración eucarística todos rezan por él; que nuestra oración se une a la oración del Señor por Pedro. Sólo gracias a la oración del Señor y de la Iglesia, el Papa puede corresponder a su misión de confirmar a los hermanos, de apacentar el rebaño de Jesús y de garantizar aquella unidad que se hace testimonio visible de la misión de Jesús de parte del Padre.

«Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros». Señor, tú tienes deseos de nosotros, de mí. Tú has deseado darte a nosotros en la santa Eucaristía, de unirte a nosotros. Señor, suscita también en nosotros el deseo de ti. Fortalécenos en la unidad contigo y entre nosotros. Da a tu Iglesia la unidad, para que el mundo crea. Amén.




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Reflexión: 

Nosotros también necesitamos unirnos a la oración de Jesús, para que el demonio no pueda dominarnos, que no nos engañe.

Cuando no estamos unidos, cada cual se dispersa por su lado y hacia donde quiere, pero no todos, por desgracia tienen su corazón ni la mirada puestas en el Señor, sino en sí mismo, en lo que el mundo les ofrece, y se separan de la oración de Jesús. 

  • «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31s)

Si nuestro pastor que tenemos en la tierra, ya no nos confirma en la fe. Nosotros debemos rezar unos por otros, y con intensidad con gran empeño, por la caridad, el amor que Jesús nos tiene, también hemos a los otros tenerlo, pero siempre, siempre desde Cristo.

No podemos olvidarnos de Benedicto XVI, siempre estuvo muy atento a los intereses de Jesús, no aceptó el relativismo, y damos gracias a Dios por ello. 


Si Jesús, que había animado a Pedro, a retornar, a convertirse, para confirmar a sus hermanos en la fe. El resto de los cristianos, que no llegamos a ser sacerdotes, en su santo ministerio, por la fe, debemos animarnos: "Mira, hermano, hermana, no te eches atrás, mira a Jesús, clavado en la cruz, por ti y por mí. Es inmenso su amor por cada uno de nosotros, no debemos hacerle sufrir".

Jesús sintió un abandono por parte de los suyos. Mirando a lo que hicieron otros santos, cuanto más amaban a Jesús, también experimentaron esa soledad, ese abandono, por parte de su familia, de la orden, de su propia casa. Los enemigos de uno será los de su propia familia.

Pero nosotros debemos permanecer a los pies de Jesús, ya no estamos solos, ya no estamos abandonados, porque Cristo crucificado ha venido a salvarnos. 

Cuando estamos en comunión con Jesús, la soberbia no nos domina, y expulsamos toda soberbia que todavía pueda corromper nuestra vida. 

La oración del Padre Nuestro, algunos lo hemos comprendido, pero desdichada es el alma que recitándolo, todavía se mantiene lejos de la Voluntad de Dios. 

  • La Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor

Cuando recibimos con auténtico fervor a Jesús en la Sagrada Comunión, damos pasos de gigantes, recibir a Jesús de rodillas y en la boca. Hay muchas personas que hablan de eso, "Yo recibo a Jesús de rodilla y en la boca", pero hacen la guerra contra otros que no lo hacen.

Es importante la humildad, nuestra vida interior, la paz, el amor fraternal que nos debemos unos a otros, esto agrada a Cristo. 

El fervor que debemos mantener en la Santa Misa, sin distracciones, poniendo atención al sacrificio del Señor. Sin consentir las vanas imaginaciones, que en cuánto nos damos cuenta de ese ruido, aumentamos nuestra atención al Señor, y el mal será expulsado de nosotros. 

  • ¡Cuánta angustia debió sentir en su interior! Esta oración sigue siendo de continuo su oración al Padre por nosotros: es la plegaria por la unidad. Jesús dice explícitamente que esta súplica vale no sólo para los discípulos que estaban entonces presentes, sino que apunta a todos los que creerán en Él (cf. Jn 17, 20)


Insistiendo en la oración unos por otros. El tentador no tiene por qué dominar nuestro corazón, ya tiene dueño y debemos convencernos que es Jesucristo. Nuestro corazón debe ser la casa del Señor. Si es así, el mundo, la malicia, el orgullo, la soberbia, la prepotencia, la vanidad, las envidias, y toda clase de mal, ha de permanecer fuera de nosotros. Y que nuestra atención debe ser hacia Cristo, y el bien de nuestros hermanos por medio de nuestras oraciones, sufrimientos. Hagamos lo mismo que hizo Jesús.


No nos puede faltar nuestra devoción a la Santísima Madre de Dios, porque sin ella es imposible acercarnos a Jesús. La Madre de Dios es la Llena de gracia, cuando nos consagramos a Ella, y por ella a Jesús, el mal intencionado de las tinieblas, no puede hacernos ningún daño.

La Oración de Jesús sirve para nosotros que hemos llegado a creer en Él, pero debemos vivir en la realidad de que Dios existe. Pues el tentador consigue que muchos pobres cristianos, viven, creen en Dios, pero no practican la fe, viven como si Dios no existiera, y caen en murmuraciones unos contra otros, las críticas, las calumnias, las difamaciones. ¡Cuánta amargura debe tener tal corazón que es injusto con el prójimo, que desprecia a sus hermanos! 

Insistiendo en la devoción a la Santísima Virgen María, podemos hacer que nuestro corazón sane, que se repare, que las injusticias que podamos tener desaparezcan para siempre, y vigilando en todo momento para no recaer en las injusticias. 

San Antonio de Padua, «La Palabra tiene fuerza cuando va acompañado de las buenas obras»

Muchas personas devotas de la Familia Franciscana, encuentran su alegría, al menos en pertenecer en la TOF: [Tercera Orden Franciscana] ...