miércoles, 28 de junio de 2017

San Antonio de Padua, Benedicto XVI, Audiencia General, miércoles 10 de febrero de 2010








Aclamado Doctor en 1946 por Pío XII
Fiesta Litúrgica: 13 de junio

El Papa Gregorio IX después de haberlo escuchado lo definió como el “Arca del Testamento”.

Sentó las bases de la teología franciscana.

Puso siempre a Cristo en el centro de la vida y del pensamiento, de la acción y de la predicación.
“En el último periodo de su vida, san Antonio puso por escrito dos ciclos de “Sermones”, titulados respectivamente “Sermones dominicales” y “Sermones sobre los santos”, destinados a los predicadores y a los profesores de los estudios teológicos de la Orden franciscana. En ellos comenta los textos de la Escritura presentados por la liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos: el literal o histórico, el alegórico o cristológico, el tropológico o moral y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna. Hoy se redescubre que estos sentidos son dimensiones del único sentido de la Sagrada Escritura y que la Sagrada Escritura se ha de interpretar buscando las cuatro dimensiones de su palabra. Estos sermones de san Antonio son textos teológico-homiléticos, que evocan la predicación viva, en la que san Antonio propone un verdadero itinerario de vida cristiana. La riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los “Sermones” es tan grande, que el venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a san Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de “Doctor evangélico”, porque en dichos escritos se pone de manifiesto la lozanía y la belleza del Evangelio; todavía hoy podemos leerlos con gran provecho espiritual”.


Queridos hermanos y hermanas:

Hace dos semanas presenté la figura de san Francisco de Asís. Esta mañana quiero hablar de otro Santo perteneciente a la primera generación de los Frailes Menores: San Antonio de Padua o, como también se le suele llamar, de Lisboa, refiriéndose a su ciudad natal. Se trata de uno de los Santos más populares de toda la Iglesia Católica, venerado no sólo en Padua, donde se erigió una basílica espléndida que recoge sus restos mortales, sino en todo el mundo. Los fieles estiman las imágenes y las estatuas que lo representan con el lirio, símbolo de su pureza, o con el Niño Jesús en brazos, recordando una milagrosa aparición mencionada por algunas fuentes literarias. San Antonio contribuyó de modo significativo al desarrollo de la espiritualidad franciscana, con sus extraordinarias dotes de inteligencia, de equilibrio, de celo apostólico y, principalmente, de fervor místico.

Nació en Lisboa, en una familia noble, alrededor de 1195, y fue bautizado con el nombre de Fernando. Entró en los Canónigos que seguían la Regla monástica de San Agustín, primero en el Monasterio de San Vicente en Lisboa y, sucesivamente, en el de la Santa Cruz en Coimbra, célebre centro cultural de Portugal. Se dedicó con interés y solicitud al estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, adquiriendo la ciencia teológica que utilizó en la actividad de enseñanza y de predicación.

En Coimbra tuvo lugar el episodio que imprimió un viraje decisivo a su vida: allí, en 1220 se expusieron las reliquias de los primeros cinco misioneros franciscanos, que habían ido a Marruecos, donde habían sufrido el martirio. Su testimonio hizo nacer en el joven Fernando el deseo de imitarlos y de avanzar por el camino de la perfección cristiana: pidió dejar los Canónigos Agustinos y hacerse Fraile Menor. Su petición fue acogida y, tomando el nombre de Antonio, también él partió hacia Marruecos, pero la Providencia divina dispuso las cosas de otro modo. A consecuencia de una enfermedad, se vio obligado a regresar a Italia y, en 1221, participó en el famoso “Capítulo de las esteras” en Asís, donde se encontró también con San Francisco. Luego vivió durante algún tiempo totalmente retirado en un convento de Forlí, en el norte de Italia, donde el Señor lo llamó a otra misión. Por circunstancias completamente casuales, fue invitado a predicar con ocasión de una ordenación sacerdotal, y demostró que estaba dotado de tanta ciencia y elocuencia, que los superiores lo destinaron a la predicación. Comenzó así, en Italia y en Francia, una actividad apostólica tan intensa y eficaz que indujo a volver a la Iglesia a no pocas personas que se habían alejado de ella. Asimismo, fue uno de los primeros maestros de teología de los Frailes Menores, si no incluso el primero. Comenzó su enseñanza en Bolonia, con la bendición de San Francisco, el cual, reconociendo las virtudes de Antonio, le envió una breve carta que comenzaba con estas palabras: “Me agrada que enseñes teología a los frailes”. Antonio sentó las bases de la teología franciscana que, cultivada por otras insignes figuras de pensadores, alcanzaría su culmen con San Buenaventura de Bagnoregio y el Beato Duns Scoto.

Elegido Superior Provincial de los Frailes Menores del norte de Italia, continuó el ministerio de la predicación, alternándolo con las funciones de gobierno. Cuando concluyó su cargo de provincial, se retiró cerca de Padua, donde ya había estado otras veces. Apenas un año después, el 13 de junio de 1231, murió a las puertas de la ciudad. Padua, que en vida lo había acogido con afecto y veneración, le tributó para siempre honor y devoción. El propio Papa Gregorio IX, que después de haberlo escuchado predicar lo había definido “Arca del Testamento”, lo canonizó apenas un año después de su muerte, en 1232, también a consecuencia de los milagros acontecidos por su intercesión.

En el último periodo de su vida, San Antonio puso por escrito dos ciclos de “Sermones”, titulados respectivamente

  • “Sermones dominicales” y
  • “Sermones sobre los Santos”,
destinados a los predicadores y a los profesores de los estudios teológicos de la Orden Franciscana.

En ellos comenta los textos de la Escritura presentados por la liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos:
  • el literal o histórico,
  • el alegórico o cristológico,
  • el tropológico o moral
  • y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna.
Hoy se redescubre que estos sentidos son dimensiones del único sentido de la Sagrada Escritura y que la Sagrada Escritura se ha de interpretar buscando las cuatro dimensiones de su palabra. Estos sermones de San Antonio son textos teológico-homiléticos, que evocan la predicación viva, en la que San Antonio propone un verdadero itinerario de vida cristiana. La riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los “Sermones” es tan grande, que el venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a San Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de “Doctor evangélico”, porque en dichos escritos se pone de manifiesto la lozanía y la belleza del Evangelio; todavía hoy podemos leerlos con gran provecho espiritual.

  • En estos sermones, San Antonio habla de la oración como de una relación de amor, que impulsa al hombre a conversar dulcemente con el Señor, creando una alegría inefable, que suavemente envuelve al alma en oración. San Antonio nos recuerda que la oración necesita un clima de silencio que no consiste en aislarse del ruido exterior, sino que es una experiencia interior, que busca liberarse de las distracciones provocadas por las preocupaciones del alma, creando el silencio en el alma misma.

Según las enseñanzas de este insigne Doctor Franciscano, la oración se articula en cuatro actitudes indispensables que, en el latín de San Antonio, se definen:

  • obsecratio,
  • oratio,
  • postulatio,
  • gratiarum actio.

Podríamos traducirlas así:

abrir confiadamente el propio corazón a Dios; este es el primer paso del orar, no simplemente captar una palabra, sino también abrir el corazón a la presencia de Dios; luego,

conversar afectuosamente con Él, viéndolo presente conmigo; y después, algo muy natural, presentarle nuestras necesidades; por último,

  • alabarlo y
  • darle gracias.
En esta enseñanza de San Antonio sobre la oración observamos uno de los rasgos específicos de la teología franciscana, de la que fue el iniciador, a saber, el papel asignado al amor divino, que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón, y que también es la fuente de la que brota un conocimiento espiritual que sobrepasa todo conocimiento. De hecho, amando conocemos.

Escribe también San Antonio: La caridad es el alma de la fe, hace que esté viva; sin el amor, la fe muere” (Sermones Dominicales et Festivi II, Messaggero, Padua 1979, p. 37).

Sólo un alma que reza puede avanzar en la vida espiritual: este es el objeto privilegiado de la predicación de San Antonio.

Conoce bien los defectos de la naturaleza humana, nuestra tendencia a caer en el pecado; por eso exhorta continuamente a luchar contra la inclinación a la avidez, al orgullo, a la impureza y, en cambio, a practicar las virtudes de la pobreza, la generosidad, la humildad, la obediencia, la castidad y la pureza. A principios del siglo XIII, en el contexto del renacimiento de las ciudades y del florecimiento del comercio, crecía el número de personas insensibles a las necesidades de los pobres. Por ese motivo, San Antonio invita repetidamente a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndonos ser buenos y misericordiosos nos hace acumular tesoros para el cielo. “Oh ricos —así los exhorta— haced amigos… a los pobres, acogedlos en vuestras casas: luego serán ellos, los pobres, quienes os acogerán en los tabernáculos eternos, donde existe la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta serenidad de la saciedad eterna” (ib., p. 29).

¿Acaso esta enseñanza, queridos amigos, no es muy importante también hoy, cuando la crisis financiera y los graves desequilibrios económicos empobrecen a no pocas personas, y crean condiciones de miseria?

En mi encíclica Caritas in veritate recuerdo:

“La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona”  (n. 45). 
San Antonio, siguiendo la escuela de San Francisco, pone siempre a Cristo en el centro de la vida y del pensamiento, de la acción y de la predicación. Este es otro rasgo típico de la teología franciscana: el cristocentrismo.

Contempla de buen grado, e invita a contemplar, los misterios de la humanidad del Señor, el hombre Jesús, de modo particular el misterio de la Natividad, Dios que se ha hecho Niño, que se ha puesto en nuestras manos: un misterio que suscita sentimientos de amor y de gratitud hacia la bondad divina.

Por una parte, la Natividad, un punto central del amor de Cristo por la humanidad, pero también la visión del Crucificado le inspira pensamientos de reconocimiento hacia Dios y de estima por la dignidad de la persona humana, para que todos, creyentes y no creyentes, puedan encontrar en el Crucificado y en su imagen un significado que enriquezca la vida. Escribe San Antonio: “Cristo, que es tu vida, está colgado delante de ti, para que tú mires en la cruz como en un espejo. Allí podrás conocer cuán mortales fueron tus heridas, que ninguna medicina habría podido curar, a no ser la de la sangre del Hijo de Dios. Si miras bien, podrás darte cuenta de cuán grandes son tu dignidad humana y tu valor… En ningún otro lugar el hombre puede comprender mejor lo que vale que mirándose en el espejo de la cruz” (Sermones Dominicales et Festivi III, pp. 213-214).

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Meditando estas palabras podemos comprender mejor la importancia de la imagen del Crucifijo para nuestra cultura, para nuestro humanismo nacido de la fe cristiana. Precisamente contemplando el Crucifijo vemos, como dice San Antonio, cuán grande es la dignidad humana y el valor del hombre. En ningún otro punto se puede comprender cuánto vale el hombre, precisamente porque Dios nos hace tan importantes, nos ve así tan importantes, que para Él somos dignos de su sufrimiento; así toda la dignidad humana aparece en el espejo del Crucifijo y contemplarlo es siempre fuente del reconocimiento de la dignidad humana.

Queridos amigos, que Antonio de Padua, tan venerado por los fieles, interceda por toda la Iglesia, y de modo especial por quienes se dedican a la predicación; pidamos al Señor que nos ayude a aprender un poco de este arte de San Antonio. Que los predicadores, inspirándose en su ejemplo, traten de unir una sólida y sana doctrina, una piedad sincera y fervorosa, y la eficacia en la comunicación. En este Año sacerdotal pidamos para que los sacerdotes y los diáconos desempeñen con solicitud este ministerio de anuncio y actualización de la Palabra de Dios a los fieles, sobre todo mediante las homilías litúrgicas. Que estas sean una presentación eficaz de la eterna belleza de Cristo, precisamente como San Antonio recomendaba: “Si predicas a Jesús, Él ablanda los corazones duros; si lo invocas, endulzas las tentaciones amargas; si piensas en él, te ilumina el corazón; si lo lees, te sacia la mente” (Sermones Dominicales et Festivi III, p. 59).

martes, 27 de junio de 2017

San Antonio de Padua; V Domingo después de Pentecostés



Recordatorio:
Nota: para las consultas bíblicas, hay que tener en cuenta. Que, en la época de San Antonio, que los actuales 1º y 2º de Samuel eran el 1º y el 2º de los Reyes; y los actuales 1º y 2º de los Reyes, eran el 3º y el 4º de los Reyes.
Recomendable también tener a mano la Sagrada Biblia, 






I ‑ Las dos barcas junto al lago de Genesaret
II ‑ Cristo sube a la barca de Pedro
III La captura de una gran cantidad de peces
IV Estupor de Pedro y de sus compañeros, y abandono de todo lo que poseían


DOMINGO V DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Exordio.
Sermón sobre los prelados y los predicadores de la Iglesia
1.‑ “En aquel tiempo, el gentío se agolpaba alrededor de Jesús, para oír la palabra de Dios; y El estaba cerca del lago de Genesaret” (Lc 5, 1).

En el tercer libro de los Reyes se relata que Salomón, en las puertas del santuario, que eran de madera de olivo, “esculpió figuras de querubines, palmeras y guirnaldas de flores muy en relieve, y revistió de oro tanto a los querubines como a las palmeras” (3Rey 6, 32).

Las puertas, llamadas en latín ostia, porque impiden el paso a los enemigos (en latín, hostes), son figuras de los predicadores, que deben oponerse a los enemigos como un muro para defensa del santuario del Señor, o sea, de la Iglesia militante. Estas puertas deben ser de madera de olivo, en el que se destacan dos cualidades: la constancia y la misericordia. La madera de olivo es muy duradera, y simboliza la constancia; y la palabra olivo tiene alguna asonancia con el término griego éleos, que significa misericordia.

En los predicadores y en los prelados de la iglesia, por obra de los cuales se abre el ingreso al reino, deben manifestarse estas dos virtudes. En efecto, nuestro Salomón, Jesucristo, que anuncia la paz a los cercanos y a los lejanos (Ef 2, 17), en ellos grabé querubines, que se interpretan “plenitud de la ciencia”, y palmeras y guirnaldas o cincelado de flores. Cincelado se dice en griego anaglypha. En los querubines están indicadas la vida angélica y la ciencia plena; en las palmeras, la victoria sobre los tres enemigos (demonio, mundo y carne); en el cincelado o guirnalda de flores, los ejemplos de las buenas obras.

Sin embargo, ante todo, debemos considerar que, por mandato del Señor, Moisés “labró a martillo dos querubines de oro”, como se lee en el Éxodo (25, 18). En cambio, Salomón, los hizo de madera de olivo, como se lee en el tercer libro de los Reyes. Acerca de este hecho podemos hallar tres razones.

La primera: para señalar que, mientras los hijos de Israel estuvieron bajo Moisés en el desierto, sufrieron muchos flagelos, porque los merecían. En cambio, en la tierra Prometida, vivieron en paz y en seguridad. El mismo Salomón lo afirma en el tercer libro de los Reyes: “Ahora el Señor Dios me dio paz por todas partes, y no tengo ni adversarios ni quien me quiera mal” (3Rey 5, 4).

La segunda: porque el predicador, mientras está ocupado en el ejercicio de la predicación, como labrado por los golpes de las tribulaciones, se extiende en la anchura de la caridad en la longitud de la generosidad; en cambio, y después de haber dejado el gentío en el valle, mientras regresa al monte de la contemplación, se sumerge en Dios en el reposo de la mente y en la tranquilidad de la conciencia.

La tercera: porque el justo, en el desierto de este cuerpo, sufre muchas desventuras; pero en la Jerusalén celestial, como un querubín en gloria, ya vuelto inmortal, contemplará cara a cara al inmortal.

En el querubín, pues, se indican la vida angélica y la ciencia plena, dos cualidades que el predicador ha de tener, para vivir santamente y predicar con franqueza, sin perdonar a nadie ni por temor ni por amor, ni por deferencia ni por vergüenza.

En la palmera está indicada la victoria sobre el mundo, sobre la carne y sobre el diablo: la palmera es el adorno de la mano victoriosa.

Las guirnaldas, o cincelados de flores, muy en relieve, simbolizan los muy seguros ejemplos de las buenas obras que deben grabarse en los ojos de todos tan profundamente, que no puedan ser juzgados de modo errado o desfavorable,

Considera también que estas tres cosas deben estar revestidas de oro. Los querubines de la ciencia deben estar revestidos con el oro de la humildad, porque “la ciencia infla” (1Cor 8, 1). La palma de la victoria debe estar revestida con el oro de la misericordia divina, para que no te atribuyas la victoria a ti mismo, sino al Señor, que dice: “Tengan confianza, porque yo vencí al mundo” (Jn 16, 33). Las guirnaldas de obras deben estar revestidas con el oro de la caridad fraterna, para que no busque su gloria, sino la de los demás.

Si en las puertas del santuario se graban estas tres cosas, para admirar tan grande hermosura de esculturas, las gentes irrumpirán al ingreso del santuario, deseosas de escuchar la palabra del Señor. Por eso se dice en el evangelio de hoy: “ El gentío se agolpaba alrededor de Jesús, para oír la palabra de Dios”.

2.Considera que en este evangelio sobresalen cuatro momentos. Primero: la parada de Jesucristo cerca del lago de Genesaret, donde había dos barcas, como se anuncia: “Estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba a su alrededor, y El vio dos barcas amarradas a la orilla. Segundo: la entrada de Cristo en la barca de Simón Pedro, como se añade: “Subió a una barca, que era de Simón”. Tercero: la captura de una gran cantidad de peces: “Maestro, hemos fatigado toda la noche”. Cuarto: estupor de Pedro y de sus compañeros y el abandono de todo lo que tenían‑. “Al ver esto, Simón Pedro cayó de rodillas ante Jesús”.

Observa también que en este domingo y en el próximo, si Dios nos lo concede, estableceremos una concordancia entre algunos relatos del tercer libro de los Reyes con las distintas partes de este evangelio y del evangelio del próximo domingo.

En el introito de la misa de hoy se canta: “Escucha, Señor, mi voz” (Salm 26, 7). Y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Tengan todos un mismo sentir” (1 Pe 3, 8), que dividiremos en cuatro partes y que pondremos en concordancia con las cuatro partes del evangelio. Primera parte: “Tengan todos un mismo sentir”; segunda: “El que quiere amar la vida”; tercera: “¿Quién les podrá hacer del mal?”; cuarta: “Adoren a Cristo, el Señor”.




3.‑ “Mucha gente se apretaba alrededor de Jesús, para escuchar la palabra de Dios; y El estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Vio dos barcas amarradas al borde del lago. Los pescadores habían bajado y lavaban las redes” (Lc 5, 1‑2).

Con esto concuerda lo que se lee en el tercer libro de los Reyes, donde se dice que “Salomón disertó sobre las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo, disertó sobre los animales, sobre las aves, sobre los reptiles y sobre los peces. Venía gente de todas las naciones, para escuchar la sabiduría de Salomón; y venían mensajeros de todos los reyes de la tierra, a los que había llegado la fama de su sabiduría” (3Rey 4, 33‑34).

El hisopo es una planta pequeña, que adhiere a la piedra, y simboliza la humildad de Cristo, el cual disertó desde el cedro hasta el hisopo, porque desde las alturas de la gloria celestial descendió hasta la humillación de la carne.

De otra manera: en el cedro se representa la soberbia de los malvados, como se dice: “La voz del Señor quebranta los cedros” (Salm 28, 5). Cristo discute desde el cedro hasta el hisopo, porque juzga los corazones de los soberbios y de los humildes. Y discutió también sobre las plantas, mientras estaba colgado del árbol de la cruz. Entonces en ese momento doblegó el cedro, o sea, la arrogancia del mundo, hasta el abajamiento del hisopo, o sea, hasta la necedad de la cruz. “La palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, mientras para los que se salvan, es potencia de Dios” (1Cor 1, 18).

Sentido moral. “Salomón disertó sobre las plantas  Observa que en el paraíso terrenal había tres árboles: el árbol, del que comió Adán; el árbol de la vida ;y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Estos tres árboles simbolizan tres facultades: la memoria, la voluntad y la razón. El fruto de la memoria es el deleite; el fruto de la voluntad es la obra buena; y el fruto de la razón es la distinción entre el bien y el mal.

Disputar es indagar con la mente los distintos criterios de la razón, para poder alcanzar la verdad de la cosa. Por esto el justo disputa sobre estos tres árboles, o sea, indaga con la razón y con la mente distintos objetos: si repuso en el tesoro de la memoria los bienes del Señor, que son la humildad y la pobreza de la encarnación, la dulzura de la predicación, la Pasión de Cristo que fue obediente hasta la muerte y si estos bienes los guardó con diligencia. indaga si con la voluntad ama a Dios y al prójimo; y si con su razón sabe distinguir el bien del mal. Esta es la disputa del justo, el cual también sabe disertar desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en las paredes.

Considera que el cedro es un árbol alto; su madera tiene un perfume agradable y es incorruptible, y no es atacada por la polilla. Con su perfume ahuyenta las serpientes y, puesto en el fuego, se arruga.

El cedro simboliza la vida del justo, que es elevada por la sublimidad de su santa conducta, perfumada por los ejemplos de su buen nombre, incorruptible por la firmeza de su santo propósito, inatacable por la polilla de la mortífera concupiscencia; ahuyenta a los demonios con la compunción de la mente y mortifica los movimientos carnales con la maceración y se arruga, o sea, se restringe renunciando a la propia voluntad, en el fuego de la obediencia.

Y este cedro está en el Líbano, que se interpreta “candor”, porque la vida del justo se despliega en el candor de la pureza interior y exterior.

El justo, pues, disputa desde el cedro hasta el hisopo, que nace en la pared. En el hisopo está simbolizada la humildad, y en la pared, que debe su nombre a “paridad”, o sea, a igualdad de superficie, está indicada la unión de los santos. Pues bien, el justo disputa desde el cedro de su vida, o sea, considera con su mente si su vida llega hasta la humildad y la unión de los santos.

4.‑ Y seguimos hablando de Cristo. “Y disertó sobre los animales, las aves, los reptiles y los peces”. En los animales están representados los golosos y los lujuriosos; en las aves, los soberbios; en los reptiles, los avaros; y en los peces, los curiosos.

Cristo hablé de los animales, cuando dijo: “Miren por ustedes mismos, para que sus corazones no se carguen con glotonerías, embriagueces y afanes de esta vida” (Lc 21, 34). Habló de las aves, cuando dijo: “Las aves del cielo tienen su nido; en cambio, el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mt 8, 20). Habló de los reptiles, cuando dijo: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la herrumbre y la polilla los consumen” (Mt 6, 19). En fin, habló de los peces, cuando dijo: “¡Pobres de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mares y tierras”, o sea, todo el orbe, “para hacer también un solo prosélito” ‑los prosélitos son los paganos acogidos en la sinagoga‑, “y, una vez hecho, lo hacen dos veces más hijo de la gehena que ustedes” (Mt 23, 15). o sea, cuando descubre los vicios de ustedes, se vuelve pagano, y por su prevaricación se hace culpable de una pena mayor (Glosa).

“Y venía gente de todas las naciones, para escuchar la sabiduría de Salomón”. Lo mismo dice el evangelio de hoy: “Jesús estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret; y mucha gente se apretaba alrededor de El, para escuchar la palabra de Dios”.

Genesaret debe su nombre a la característica de este lago, que engendra una brisa, porque de sus olas encrespadas parece emitir una brisa. En este pasaje el evangelio llama al lago “estanque”, porque su agua no corre, sino que está detenida; y es figura del siglo presente, en el cual hay hervores y agitaciones, que engendran la brisa de la alabanza mundana, que pronto se evapora. Dice el Salmo: “Su memoria se desvaneció con el sonido” (9, 7), o sea, con el aplauso y con el favor del mundo.

Y como en el estanque las aguas están contenidas dentro de sus límites para que no fluyan, así en el mundo la libertad de los pecadores está restringida, para que no gocen de sus placeres como quisieran. Se lee en Lucas que “el hijo pródigo deseaba llenar su vientre con las algarrobas de los puercos; pero nadie se las daba” (15, 16).

En las algarrobas de los puercos podemos comprender los varios placeres de los pecadores, con los cuales los espíritus del mal engordan como los puercos; pero a veces esos placeres no se conceden a quien los desea. Muy a menudo el hombre peca más que lo que le sugiere el diablo; y a menudo el hombre previene al diablo, cuando no es prevenido por el diablo. Por esto dice Ezequiel: “Te entregaré en las manos de las hijas de los filisteos, las cuales se avergüenzan de tu conducta deshonesta” (16, 27). ¡Qué vergüenza más sorprendente, que el diablo se sonroje del pecado del hombre, que él no sugirió, mientras el desgraciado hombre no se sonroja de su propio pecado!

5.‑ “Estaba Jesús de pie a la orilla del “estanque”, o sea, en este mundo, para predicar la palabra de Dios a los que aman el mundo. Estaba de pie a la orilla del “estanque” aquel, que, estando en este mundo, despreció y enseñó a despreciar la gloria de este mundo, que es como un estanque tragador.

Y sobre esto tenemos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Ellas halló a Eliseo, hijo de Safat, que araba con doce yuntas de bueyes delante de sí, mientras él guiaba la última. Elías se acercó a él y echó su manto sobre él. Entonces Eliseo en seguida abandonó los bueyes y corrió en pos de Ellas, y le dijo: “Te ruego que me permitas besar a mi padre y a mi madre, y después te seguiré”. Elías le respondió: “Vete y vuelve, porque lo que era mío, te lo hice” (o sea, le transmitió su misión profética), “Cuando regresó, Eliseo tomó una yunta de bueyes, los mató, y con la madera del arado coció las carnes y las dio al pueblo para que comiese” (3Rey 19, 19‑21).

Sentido moral. Nuestro Redentor, descendido del cielo, por divino decreto adquirió un pueblo, que todavía ansiaba las cosas terrenas, y obró en él la salvación cuando lo convirtió a la fe. Elías se interpreta “Señor Dios”, Safat “juzgando” y Eliseo “salvación de mi Dios”.

Sobre Eliseo el profeta echó su manto, mientras el Señor revistió al pueblo con la fe católica. Dice el Apóstol. “Ustedes que fueron bautizados en Cristo, fueron revestidos de Cristo” (Gal 3, 27).

“Abandonó los bueyes y corrió en pos de Elías”. En efecto, el coro de los elegidos, después de haber escuchado que “si uno no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 33), inmediatamente dejó de codiciar las riquezas terrenas y de ser esclavo de los deseos mundanos; y de esta manera anunció también a los demás la palabra de vida. Besar al padre y a la madre significa exactamente querer convertir con la palabra a todos los que puede, ya sea de los judíos como de los paganos.

“Tomó una yunta de bueyes...”. Con ello entendemos el cuerpo y el espíritu. Debemos cocer sus carnes, o sea, las concupiscencias carnales, con la madera del arado, o sea, con la contrición del corazón, y distribuirlas al pueblo, para que coma. Si hemos escandalizado a algunos con nuestra vida disoluta, debemos reedificarlos con el ejemplo de una verdadera penitencia.

6.‑ “Y Jesús vio dos barcas amarradas al borde del lago”. observa que estas dos barcas simbolizan a Jerusalén y a Babilonia, al Paraíso y a Egipto, a Abel y a Caín, a Jacob y a Esaú, en una palabra, la compañía de los verdaderos penitentes y la masa infame de los mundanos. Todos los hombres pertenecen a uno o a otro de estos grupos.

Estos dos grupos hallan una válida concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “dos meretrices se presentaron al rey Salomón”. Con razón se presentaron las dos prostitutas a Salomón, quien, más adelante, se dejó corromper por ellas. Una de las meretrices le dijo: “¡Préstame atención, oh mi señor! Yo y esta mujer vivíamos en la misma casa. Yo di a luz en una habitación cerca de ella. Tres días después de haber yo dado a luz, dio a luz también ella. Morábamos las dos juntas; y ningún otro había en casa a excepción de nosotras dos. Una noche, el hijo de esta mujer murió, porque, durante el sueño, lo aplastó, Levantándose en el silencio de una noche siniestra, tomó al niño de mi costado, mientras yo dormía, y se lo colocó en su seno. Cuando yo me levanté por la mañana para dar el pecho a mi hijo, apareció muerto. Pero después, mirándolo más atentamente a la luz del día, advertí que aquél no era mi hijo, al que yo había dado a luz”. intervino la otra mujer‑ “No es como dices tú: tu hijo está muerto, y el mío es el que vive”. Pero la primera le rebatía: “Estás mintiendo: el que vive es mi hijo, y tu hijo es el muerto”. Y así continuaban litigando delante del rey”.

“Entonces el rey ordenó: “Tráiganme una espada”. Y le trajeron al rey una espada. En seguida el rey mandó: “Corten al niño vivo en dos partes y den mitad a la una y la otra mitad a la otra”. Entonces la madre del hijo vivo, porque sus entrañas se conmovieron por su hijo, dijo al rey: “ Te suplico, señor: da a ésta el niño vivo y no lo mates”. Pero la otra mujer decía lo contrario: “El niño no sea ni mío ni tuyo, sino ¡que se divida en dos!”. El rey sentenció: “Den a la primera el hijo vivo, y no lo maten. ¡Ella es su madre!” (3Rey 3, 16‑27).

Las meretrices son llamadas así, porque ganan el estipendio de la libido. Estas dos meretrices simbolizan dos géneros de vida: la vida de los verdaderos penitentes y la de los carnales. Pero presta particular atención. Decimos que la vida de los verdaderos penitentes está simbolizada por una meretriz, no en cuanto sea meretriz, ya que había vuelto a su esposo, sino en cuanto había sido meretriz, cuando adhería al diablo. Algo semejante leemos también en el evangelio de Mateo: “Jesús se hallaba en la casa de Simón, el leproso” (26,6), no porque fuera leproso en ese entonces, sino porque había sido anteriormente.

Las dos “vidas”, de que hablamos, están también representadas por los dos cayados, de que habla Zacarías: “Tomé para mí dos cayados: a uno lo llamé Adorno y al otro Atadura” (11, 7). Observa que la vida de los penitentes es llamada cayado y adorno: cayado, porque sometida al rigor de la disciplina; adorno, porque purificada con las lágrimas de toda lepra de pecado. En cambio, la vida de los carnales es llamada atadura, porque están atados con el cordel de sus pecados.

Cuántos daños procuren Caín a Abel, Esaú a Jacob, los carnales a los penitentes, lo demuestra el relato susodicho: “Yo y esta mujer vivíamos en la misma casa”. He ahí las dos barcas detenidas en el estanque. El estanque y la casa simbolizan al mundo, en el que las dos mujeres viven.

Dan a luz los penitentes y dan a luz también los carnales. Pero al tercer día los penitentes, en la amargura de su corazón, paren obras de luz, al heredero de la vida eterna; y de su parto se dice: “La mujer, cuando da a luz, sufre tristeza” (Jn 16, 21). También los carnales, en el placer de la carne, paren obras de las tinieblas: los hijos de la gehena; y de ellos dice Salomón: “Se alegran cuando hacen el mal y se huelgan en las perversidades del vicio” (Prov 2, 14). Y esto al tercer día: de la adulterina sugestión del diablo, ante todo conciben con el consentimiento de la mente; después tienen una especie de gestación en el propósito de la voluntad perversa; y en fin paren el pecado llevando a cabo la obra mala.

“Y estábamos juntas; y fuera de nosotras dos, no había ningún otro en la casa”. En el mundo, buenos y malos se hallan juntos. Dice Job: “Fui hermano de los dragones y compañero de los avestruces” (30, 29). En la era se halla el grano con la paja; en el lagar, el vino con el orujo; y en el trujal, el aceite y el alpechín (hez).

“El hijo de esta mujer murió”. Las obras de los carnales mueren, cuando son sofocadas por el pecado que sigue. En la noche de la mala intención, en la ceguera de la mente, es matado el hijo de esta mujer: “Durmiendo, lo aplastó”. “Los que duermen, duermen de noche; y los que se embriagan, de noche se embriagan” (1Tes 5, 7).

“Y la mujer se levantó en el silencio de la noche intempestiva...”. Se dice noche intempestiva o inoportuna, porque nada es posible hacer y todo está tranquilo; en cambio, lo que es tempestivo, es oportuno. otro sentido: noche intempestiva es noche alta y oscura o también medianoche.

El bienaventurado Gregorio comenta este pasaje hablando de los doctores carnales o mundanos: “Ellos, mientras omiten hacer lo que dicen, matan a sus oyentes con el sueño del cuerpo, los descuidan y los tiranizan, mientras fingen alimentarlos con la leche de las palabras. Por ende, viviendo en modo merecedor de reprobación y no pudiendo tener discípulos de vida ejemplar, se esfuerzan por atraer a sí a los discípulos de los demás, de modo que, mostrando tener a buenos seguidores, justifican delante de la opinión de los hombres el mal que obran y con la vida de los súbditos disfrazan su mortífera negligencia. Todo eso obró la mujer que mató al propio hijo y se apoderó del hijo de la otra. Pero la espada de Salomón descubrió a la madre verdadera; símilmente, en el último juicio, la ira del juez examinará, o sea, demostrará cuál fruto y de quién sea el fruto, o sea, las obras destinadas a vivir o a perecer”.

merece destacarse que, ante todo, se ordena que el hijo vivo sea cortado en dos, para que luego sea entregado a la verdadera madre. En este mundo se puede admitir que la vida de los discípulos sea de alguna manera partida, en cuanto se permite que con ella el uno se gane el mérito delante de Dios, y el otro la alabanza delante de los hombres.

Pero la falsa madre no tenía reparo en que fuese matado el hijo que no había engendrado. Así los maestros presuntuosos e insensibles a la caridad, si no son capaces de conquistarse una fama de total admiración de parte de los discípulos ajenos, se ensañan despiadadamente contra su vida. inflamados de envidia, no quieren que vivan para los demás aquellos, que ven no poder poseer. Entonces: “No sea ni mío ni de los demás”. No toleran que vivan para los demás en la verdad aquellos, que no ven propensos delante de sí para la propia gloria temporal.

En cambio, la verdadera madre se preocupa para que su hijo viva, aunque esté con los extraños. igualmente, los verdaderos maestros permiten que otras escuelas saquen fama de sus discípulos, con tal que naturalmente no pierdan la honestidad de la vida. Son los mismos sentimientos de piedad, por los cuales se aquilata a la verdadera madre, porque el verdadero magisterio se reconoce sólo en el examen (o prueba) de la caridad.

Mereció recibir “todo entero” al hijo sólo aquella, que casi todo entero lo había cedido. De manera similar, los superiores diligentes, por el motivo que no sólo no envidian a los demás la gloria que les viene de los buenos discípulos, sino que también les auguran ventajosos resultados, recuperarán vivos e íntegros a los hijos, cuando en el último juicio consigan de su vida el premio perfecto.

Después de haber descrito las dos barcas y sus analogías, avancemos hacia los temas siguientes.

7.‑ “Los pescadores habían bajado y lavaban las redes”. Considera que de ambas barcas, la de los penitentes y la de los carnales, bajan los pescadores. Los penitentes bajan de lo que son por gracia a lo que son por naturaleza, o sea, de la dignidad de una vida más perfecta a la consideración de la propia fragilidad. También los carnales bajan de la hinchazón de su soberbia a la ceniza de la penitencia. “Y lavaban las redes”. Comenta la Glosa: “Dobla las redes lavadas aquel que, suspendiendo el oficio de la predicación, se esfuerza por cumplir lo que enseñó a los demás”.

En efecto, en el introito de la misa de hoy, el penitente suplica diciendo: “Escucha, Señor, mi voz, con la que a ti clamo. Sé tú mi ayuda. No me abandones, ni me desampares, Dios de mi salvación” (Salm 26, 7 y g). Observa que la barca de Pedro, o sea, la vida de los penitentes, con toda razón regresada al esposo, implora tres cosas: ser escuchada, no ser abandonada, ni ser desamparada; o sea, ser escuchada en el tiempo de la oración, no ser abandonada en la persecución de los enemigos, no ser desamparada por la perversidad del pasado.

Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy, en la que el bienaventurado Pedro habla a los hijos de la barca que le fue confiada‑ “Tengan todos un mismo sentir, sean compasivos, ámense fraternalmente; sean misericordiosos, discretos y humildes. No devuelvan mal por mal, ni maldición por maldición. Al contrario, bendigan, ya que fueron llamados para bendecir; y así alcanzarán como herencia la bendición de Dios” (1 Pe 3, 8‑9).

Pedro, como sabio barquero, con su admirable magisterio, equipó la barca que se le confió, destinada a ser agitada por las olas de un mar tempestuoso y expuesta a los vientos y a los peligros; la equipó de mástil y de velas, de timón y de anclas, y de remos en los dos costados, para que pudiera llegar incólume al puerto de la tranquilidad.

Dijo Pedro: “Tengan todos un mismo sentir”: he ahí el mástil en el medio de la barca, o sea, la concordia de la fe y del corazón de la Iglesia: “Eran todos un solo corazón y una sola alma” (Hech 4, 32). “Sean mutuamente compasivos”: he ahí la vela. Como la vela impulsa la barca, así la compasión te impulsa hacia las necesidades de tu prójimo. Dice el Apóstol: “Si un miembro sufre, todos los miembros padecen con él” (1Cor 12, 26).

“Ámense fraternalmente”: he ahí el timón. Como el timón dirige oportunamente la barca y no le permite desviarse, y en él está repuesta la mayor capacidad de guiar al puerto la barca; así el amor fraternal guía la comunidad de los fieles, para que no se desvíe, y la conduce al puerto de la seguridad. Porque donde hay caridad y amor, allí hay también la comunidad de los santos.

“Misericordiosos”: he ahí el ancla. El ancla suena como anca (en latín), o sea, curva. Como el ancla con su curvatura agarra, y mientras agarra, es agarrada, y as! agarrada, retiene la barca; así la misericordia, cuando de lo hondo del corazón captura al prójimo, por el prójimo es capturada, y mientras retiene es retenida, y mientras ata es atada. Y por esta atadura la barca, o sea, el alma, no es más sacudida en la seguridad de su reposo ni por los oleajes de las tentaciones ni por las ráfagas de las sugestiones diabólicas. “Modestos y humildes”: he ahí los remos de la derecha. “No devuelvan mal por mal; sino, al contrario, bendigan”: he ahí los remos de la izquierda.

Si nuestra barca fuera armada y equipada con estos ocho instrumentos, podrá seguramente llegar, por el derrotero justo, a la bendición de la eterna herencia y al puerto del eterno reposo.

Dignase concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito y glorioso por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!




8.‑ “Jesús subió a una barca, que era de simón, y le rogó que la apartara de tierra un poco; y, sentándose, desde la barca, enseñaba a la multitud. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Boga mar adentro y echen las redes para pescar” (Lc 5, 3‑4).

Sobre esto hallamos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “la flota del rey Salomón surcaba el mar hacia Tarsis, trayendo de vuelta oro y plata, dientes de elefantes, monos y pavos reales” 3Rey 10, 22).

La flota de Salomón y la nave de Simón tienen el mismo significado. La nave es llamada así, porque requiere un guía experto (en latín, navus), que sepa maniobrarla para superar los peligros del mar y las dificultades imprevistas. De ahí viene la sentencia de los Proverbios: “El experto estará al timón” (1, Salm).

La barca es figura de la iglesia de Jesucristo, confiada a los cuidados de Pedro. Ella necesita un experto, no de un incapaz; de un guía, no de un destructor, para que pueda preservarse de los peligros. Esta es la flota de Salomón, que, a través del mar de este mundo, zarpa para Tarsis, nombre que se interpreta “búsqueda del gozo”; o sea, zarpa hacia aquellos, que buscan los placeres del mundo para gozar, mientras están aquí abajo.

En el oro está simbolizada la sabiduría humana; en la plata, el lenguaje filosófico; en los dientes de los elefantes, los doctores animosos, que mastican el alimento de la palabra para los pequeños. En los monos están simbolizados los que imitan las acciones humanas, pero viven como bestias; y los que vienen a la fe del paganismo y fingen vivir según la fe, pero la niegan con las obras. En los pavos reales, cuya carne si es desecada, permanece incorruptible ‑según se cuenta‑, y que se cubren de plumas maravillosas, están representados los perfectos, purificados por el fuego de las tribulaciones y por ende adornados con una gran variedad de virtudes.

Todo esto es traído, por medio de la predicación de la iglesia, de Tarsis, o sea, de los insidiosos oleajes del mundo, a nuestro Salomón, o sea, a Jesucristo.

9.‑ Sentido moral. La flota de Salomón es la mente del penitente que, a través del mar, o sea, de la amargura de la contrición, se dirige a Tarsis, o sea, busca descubrir lo que cometió y omitió, los pecados y sus circunstancias. Se pregunta también de dónde viene, porqué existe y adónde se dirige. Considera cuán desventurada y frágil sea esta carne y cuán falsa y pasajera sea la prosperidad del mundo.

En el Génesis dijo José a sus hermanos: “Ustedes son espías, y vinieron para examinar los puntos débiles del país” (42, 9). o sea, los penitentes meditan, día tras día, en la amargura de su alma, sobre la fragilidad y la debilidad de su carne. Ellos son como los exploradores de Josué, a los que él dijo: “Vayan y observen bien todo el territorio y la ciudad de Jericó” (Jos 2, 1).

Jericó se interpreta “luna”, y simboliza la engañosa prosperidad del mundo. Los justos, cuando la exploran para despreciarla, no hallan en ella sino amargura y dolor.

De su exploración traen consigo oro, plata, dientes de elefantes (marfil), monos y pavos reales. El oro representa la purificación de la conciencia; la plata, la proclamación de la alabanza. Los dientes de los elefantes representan la acusación y la reprobación de sí mismos; los monos, la consideración de la propia indignidad; y los pavos reales, la abyección de la gloria pasada.

Del oro y de la plata dice Job: “La plata tiene los principios de sus venas (veneros), y el oro tiene un lugar donde se refina” (28, 1). El principio de las venas en el hombre es el corazón. Del corazón del hombre debe salir la plata, o sea, la proclamación de la alabanza de Dios.

Pero dijo Jeremías: “Tú, Señor, estás cerca de su boca; pero lejos de sus riñones” (12, 2). El corazón de los carnales está en sus riñones, o sea, en la lujuria; y la alabanza de Dios está sólo en sus labios. “Este pueblo me honra con sus labios; pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15, 8). El principio de las venas, del que debe fluir la plata, está lejos de Dios.

¿De qué manera, entonces, la plata de la confesión resonará dulce al oído del omnipotente, que dice: “Hijo, dame tu corazón” (Prov 23, 26), y “Dios mira el corazón”? (Salm 7, 10). “Y el oro tiene un lugar donde se refina”. Los sentimientos de nuestra conciencia se purifican en el crisol de un severo examen personal. Este es el lugar en el que el oro se purifica, no la lengua de los hombres, porque el oro fundido en su lengua se desvanece. Desgraciado es aquel, que cree más a la lengua ajena que a la propia conciencia. Muchos temen la opinión pública; pocos temen la voz de su conciencia. «¡Que gran cosa es ser digno de alabanza y no ser alabado por nadie! »

10.‑ Acerca de la acusación y del reproche, simbolizados en los dientes de los elefantes, dice Job: “Dilaceraré mis carnes con mis dientes” (13, 14). Despedaza sus carnes con los dientes aquel que, con justa condenación, acusa su carnalidad,

Y observa que con razón los penitentes están simbolizados en los elefantes, que poseen una naturaleza mansa. Si encuentran en el desierto a un hombre sin rumbo, lo guían hasta el camino conocido. o también: si llegan a encontrarse con un tupido rebaño de ovejas, muestran el camino con una mano (trompa) suave y paciente. El mayor de edad guía la manada; y el que le sigue en edad, anima a los otros. Cuando tienen que cruzar un río, hacen avanzar a los más pequeños, para que los más grandes, pasando primeros, no arruinen el lecho y no provoquen, con el pisoteo del fondo, remolinos peligrosos (Solino).

De manera similar, los justos poseen el don de la clemencia: hacen volver a los errantes por el camino recto; a las ovejas, o sea, a los simples, les enseñan con calma y paciencia el sendero, por el cual avanzar con seguridad; guían a los demás con la palabra y con el ejemplo; atravesando el río de esta vida en dirección a la patria, mandan adelante a los pequeños, porque se compadecen y tienen comprensión de las dificultades de los incipientes, que todavía no llegaron al vigor de la santidad. Si los más débiles debieran avanzar por el austero camino de los perfectos, sin duda alguna se cansarían y se retirarían del camino emprendido.

Asimismo, en los monos está indicada la consideración de las indignidades y de las deshonestidades cometidas, porque los monos no tienen cola, con la cual cubrir sus vergüenzas y su fealdad. Así los verdaderos penitentes no buscan motivos para excusar o encubrir sus pecados, sino que manifiestan con franqueza y sencillez las maldades que cometieron, avergonzándose no de la mirada de los hombres, sino solamente de la de Dios.

Asimismo, en los pavos reales está indicado el rechazo de la gloria temporal. Se debe observar que “el pavo real pierde las plumas, cuando el primer árbol pierde las hojas. Después, le nacen las plumas, cuando los árboles comienzan a echar las hojas” (Aristóteles).

El primer árbol fue Cristo, plantado en el jardín de las delicias, o sea, el seno de la bienaventurada Virgen. Las hojas de este árbol son sus palabras. Cuando el predicador esparce esas palabras con la predicación y el pecador las acoge, éste pierde las plumas, o sea, abandona las riquezas. Después, en la resurrección final, cuando todos los árboles, o sea, todos los santos, comiencen a echar brotes, entonces aquel, que rehusó las plumas de las cosas temporales, recibirá las plumas de la inmortalidad.

Y como en las plumas del pavo real está su hermosura y en las patas su fealdad, de tal modo que, mirando las patas, su hermosura de alguna manera disminuye, así los penitentes rechazan la gloria de este mundo, meditando sobre su abyección y sobre su destrucción en el sepulcro. Los penitentes aportan tales mercedes, mientras no dejen de controlarse cada día a sí mismos y sus cosas.

11.‑ “Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le rogó que se apartara un poco de la tierra”.

El Señor ruega al prelado de su Iglesia, que la aleje un poco de la tierra, o sea, que aparte del amor de los bienes terrenales a aquellos que fueron confiados a sus cuidados, Pero si el mismo prelado está apegado a la tierra, si es jorobado y encorvado hacia la tierra, ¿cómo podrá desprender de la tierra a los demás?

Cuando Moisés, como relata el Éxodo, se dirigía con mujer e hijos hacia el Egipto para liberar al pueblo de Israel, un ángel quería matarlo; sólo cuando envió atrás a la mujer y a los hijos, el ángel lo dejó seguir (4, 24‑26). Así los prelados y los sacerdotes de nuestro tiempo, representados por Moisés, tienen realmente mujer e hijos, que como reptiles gritan detrás de los sacerdotes: “¡Ay, ay!”.

De ellos dice Isaías: “Las crías, de los asnos comerán una mezcla de migma” (30, 24). Migma es un término griego que significa “paja triturada mezclada con trigo”. Los bienes del sacerdote, hoy en día, resultan de la mezcolanza de dos cosas: de la paja del comercio terrenal y del trigo de las ofrendas de la iglesia. Tal mezcolanza la comen las crías de los asnos, o sea, los hijos de los sacerdotes. Estos, con mujer e hijos, pretenden liberar al pueblo de Dios de la esclavitud del diablo. Pero saldrá a su encuentro el Señor y los matará, si no se separan de la mujer y de los hijos. Y después de esta separación, el Señor dirá: “Aleja un poco la barca de la tierra”.

12.‑ “Y, sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud”. Y también sobre este pasaje evangélico tenemos una concordancia en el tercer libro de los Reyes: “El rey Salomón construyó un gran trono de marfil y lo revistió de oro brillante. El trono tenía seis gradas. El remate era redondo en la parte posterior; y el asiento tenía dos brazos laterales, junto a los cuales había dos leones. Otros doce leoncillos estaban colocados a uno y a otro lado de las seis gradas. En ningún otro reino se labró una obra semejante” (3Rey 10, 18‑20).

Este pasaje puede ser interpretado de tres maneras: aplicándolo a la iglesia, al alma y a la bienaventurada virgen.

La Iglesia. En el trono de Salomón se puede ver representada a la Iglesia, en la cual nuestro Rey pacífico pronuncia sus juicios. Con razón se nos recuerda que está labrado con el marfil, porque el elefante, del cual proviene el marfil, se destaca mucho entre los demás cuadrúpedos por su sentimiento, se une a su hembra con moderación y jamás se une a otras. Esto se aplica a los continentes, que en castidad observan los preceptos de Cristo. Y revistió a la iglesia de oro, porque por medio de los milagros hizo resplandecer en ella el esplendor de su gloria.

Dios llevó a cabo la magnificencia del mundo en seis días; y este número en su perfección manifiesta la perfección de las obras. Y al séptimo día el Señor reposó. Y como el mundo consta de seis períodos, en los cuales es posible obrar, quienquiera que aspire a la patria celestial, se apresure a alcanzarla con las buenas obras.

La redondez del trono en la parte posterior simboliza la paz eterna, que los santos gozarán después de esta vida. Quien trabaja con rectitud en este mundo, recibirá la justa merced y gozará de la paz perenne.

Los brazos, adheridos al asiento, simbolizan el socorro de la gracia divina, que conduce a la Iglesia hacia el reino celestial. Y son dos los brazos, porque en ambos Testamentos se predica esta verdad: sólo con la ayuda divina se puede realizar algo bueno.

En los dos leones están representados los padres, o patriarcas, de los dos Testamentos, que con la fortaleza de su espíritu aprendieron a mandarse a sí mismos y a los demás.

Los leones estaban colocados en las empuñaduras de los brazos, porque los santos patriarcas no atribuían a sí mismos todo el bien que hacían, sino a Dios: “¡No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria!” (Salm 113,9).

En fin, en los doce leones más pequeños está representado el colegio de los predicadores, que siguen la doctrina de los apóstoles. Estos leoncillos están dispuestos de un lado y del otro de las seis gradas, porque luchan por resguardar con la doctrina y con el ejemplo la marcha de las buenas obras.

13.‑ El alma. “El rey Salomón se construyó un trono”. observa que, para emprender una obra, son necesarias dos cualidades: la inteligencia y la energía. Con la inteligencia se proyecta, con la energía se ejecuta. Jesucristo, que es “sabiduría y potencia de Dios” (1Cor 1, 24), se construyó un trono en el cual reposar.

El trono es el alma del justo, que Jesucristo con su sabiduría creó, cuando no existía; y con su potencia re‑creó, cuando se hallaba perdida. Se labró, pues, un trono, para reposar en él, porque “el alma del justo es sede de la sabiduría” (Sab 7, 27); y por boca de Isaías dijo. “¿Sobre quién dirigiré la mirada, sino sobre el humilde, sobre el pacífico y sobre quien se estremece por mis palabras?” (66, 2); y Salomón: “El rey que se sienta en el trono, disipa todo mal con su mirada” (Prov 20, 8). Así Jesucristo, Rey de los reyes, se sienta en su trono, o sea, reposa en el alma, y destruye todo mal de la carne, del mundo y del diablo con su mirada, o sea, con el recurso de su gracia.

“Construyó un gran trono de marfil ... “.Vamos a ver ahora cuál podría ser el significado del marfil, del oro brillante, de las seis gradas, y de la parte alta redonda en el respaldo, y de los dos brazos adheridos al asiento, y de los dos leones, y de los doce leoncitos.

Marfil, en latín ebur, viene de barrus (palabra india), elefante. Hay que observar que entre los elefantes y los dragones existe una eterna lucha. Y los dragones, esos gruesos reptiles, les tienden acechanzas con esta astucia. Se esconden cerca de los senderos, recorridos frecuentemente por los elefantes; dejan pasar a los primeros y atacan a los últimos, para que los primeros no puedan brindar ayuda. Ante todo, les enlazan los pies, para que, con las patas atadas, se les impida el caminar. Entonces los elefantes se apoyan a un árbol o a una peña para aplastar a los dragones con su enorme peso y así matarlos.

El motivo principal de esta lucha consiste en que los elefantes tienen la sangre más bien fría y por eso son asaltados con gran avidez por los dragones, cuando el calor es abrasador. Y los dragones los atacan sólo cuando los elefantes están agravados por haber bebido hasta hartarse y tienen las venas hinchadas de agua. Entonces los abaten y pueden chupar hasta la saciedad. Y atacan con preferencia los ojos, que saben que son los más vulnerables, o el interior de las orejas (Solino).

Los elefantes son figuras de los justos y los dragones, de los demonios; y entre ellos habrá guerra eterna. Los demonios colocan acechanzas a los pies de los justos, o sea, a sus sentimientos; y los justos propiamente con los sentimientos matan a los dragones; y así éstos son matados cabalmente allí donde querían inocular el veneno.

La ardiente lujuria de los demonios intenta destruir la castidad de los santos, y los atacan sobre todo cuando los ven propensos a los placeres de la gula, que puede pegar fuego a los rigores de la castidad. Y arremeten especialmente contra los ojos, porque saben que son los primeros dardos de la lujuria. o también: atacan primero los ojos, o sea, la razón y la inteligencia, que son los ojos del alma, para arrancarlos, y procuran tapar las orejas, para que no puedan escuchar la palabra de Dios.

Con razón se dice “Salomón construyó un gran trono de marfil”: de marfil, con respecto a la castidad, y grande, con respecto a la sublimidad de la contemplación.

“Revistió el trono con mucho oro brillante”. El vestido del alma es la fe, que es de oro, si está iluminado por la luz de la caridad. De ese vestido habla el libro de la Sabiduría: “En la túnica talar de Aarón estaba dibujado todo el orbe terráqueo” (18, 24). En el vestido de la fe, que obra por la caridad, ha de haber los cuatro elementos, de los que está compuesto todo el orbe: el fuego de la caridad, el aire de la contemplación, el agua de la compunción y la tierra de la humildad.

“Y el trono tenía seis gradas”, que son el repudio del pecado, la acusación del pecado, el perdón de la ofensa recibida, la compasión por los sufrimientos del prójimo, el desprecio de si y del mundo y la consecución de la perseverancia final.

“Y el remate del trono era redondo en la parte posterior”, o sea, en el respaldo. La parte alta del trono simboliza el deseo ardiente del alma de ver a Dios. “La parte posterior era redonda”; o sea, el alma, al fin de su vida, será “redonda” (o sea, perfecta), porque pasará de la esperanza a la visión. Dice el Salmo: “La extremidad del dorso de la paloma resplandece de reflejos de oro” (67, 14). La extremidad del dorso de la paloma, o sea, del alma, es la bienaventuranza eterna. En ella el alma resplandecerá de reflejos de oro en la contemplación de la Majestad divina.

“El trono tenía dos brazos, uno a cada lado, adheridos al asiento”, o sea  escaño, que era de oro. El asiento es símbolo de la obediencia, que tiene dos brazos: la memoria de la pasión del Señor y el recuerdo de la propia maldad. junto a estos dos brazos hay dos leones, o sea, la esperanza y el temor. La esperanza está cerca del brazo de la pasión del Señor, por cuyos ejemplos de buena gana obedece, y por medio del cual espera conseguir lo que cree. Y cerca del brazo del recuerdo de la propia maldad está el león del temor, el cual amenaza el peligro de la muerte eterna, si falta la obediencia.

“Y doce leoncillos estaban dispuestos sobre las seis gradas, de un lado y de otro”. Los doce leoncillos simbolizan las doce virtudes, que enumera el Apóstol en su carta a los Gálatas: “Los frutos del Espíritu son la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la longanimidad, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la fe, la modestia, la castidad y la templanza” (Gal 5, 22‑23). El espíritu del justo, que es como el primero de los leoncillos, cultiva en sí mismo estas virtudes.

14.‑ La bienaventurada virgen María. “El rey Salomón se construyó un trono...”. La bienaventurada María es llamada “el verdadero trono de Salomón”. De ella dice el Eclesiástico: “Yo habito en los cielos altísimos y mi trono está en una columna de nubes” (24, 7). Como si dijera: “Yo, que habito en los cielos altísimos, junto al Padre, elegí mi trono en una madre pobrecilla”.

Observa que la bienaventurada Virgen, trono del Hijo de Dios, es llamada “columna de nubes”: columna, porque sustenta nuestra fragilidad; “de nubes”, porque inmune del pecado. Y este trono fue de marfil, porque la bienaventurada María fue cándida por la inocencia y fría, o sea, exenta del fuego de la concupiscencia.

En María hubo seis gradas, como está escrito en el evangelio de Lucas: “El ángel Gabriel fue enviado ... a una virgen” (1, 26‑38).

La primera grada fue la verecundia o el pudor: “Ella se turbó por las palabras del ángel”. De aquí viene el dicho: “Al adolescente se recomienda la verecundia; al joven, la jovialidad; y al anciano, la prudencia". La segunda grada fue la prudencia: no contestó inmediatamente ni sí ni no, sino que comenzó a reflexionar: “Y se preguntaba qué sentido tenía ese saludo”. La tercera grada fue la modestia: preguntó al ángel: “¿Cómo será esto?”. La cuarta grada fue la constancia en el santo propósito: “Yo no conozco varón”. La quinta grada fue la humildad: “He aquí la esclava del Señor”. La sexta grada fue la obediencia: “Cúmplase en mí conforme a tus palabras”.

Y este trono fue revestido con el oro de la pobreza. ¡Oh dorada pobreza de la gloriosa Virgen, que envolvió en pañales al Hijo de Dios y lo acostó en el pesebre! Y con razón se dice que Salomón “revistió” el trono de oro, porque la pobreza reviste el alma de virtudes; en cambio, la riqueza la despoja.

“Y el remate del trono era redondo en la parte posterior”. El remate de la bienaventurada María fue la caridad, por cuyo mérito, en la parte posterior, o sea, en la eterna bienaventuranza, ocupa el lugar más excelso, que no tiene ni principio ni término.

“Y dos brazos adheridos al asiento, de una parte y de la otra”. El asiento, o sea, el escaño de oro, fue la humildad de la Virgen María, sostenida por dos brazos: la vida activa y la contemplativa. Ella fue a la vez Marta y María. Fue Marta, cuando se dirigió a Egipto y después regresó de nuevo a Galilea; fue María, cuando “conservaba todas estas palabras y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19).

“Y dos leones”, o sea, Gabriel y Juan el evangelista; o también: José y Juan el Bautista; “estaban junto a los brazos, a uno y a otro lado”: José, en relación con la vida activa; y Juan, en relación con la vida contemplativa.

“Y doce leoncillos”, o sea, los doce apóstoles, de una parte y de la otra, en actitud de obsequio y de veneración.

De veras, muy de veras, en ningún otro reino se labró una obra semejante, porque, “como María, jamás hubo mujer en el mundo ni la habrá en el futuro” (Breviario Romano). Por cierto, “muchas hijas reunieron riquezas”, o sea, cumplieron obras buenas; pero la bienaventurada Virgen María “las sobrepasó a todas” (Prov 31, 29). Y un autor proclama de Ella: “Si también la Virgen callara, ninguna otra voz en el mundo podría resonar”.

15.‑ “Después de haber hablado, Jesús dijo a Simón: “Navega mar adentro, y echen las redes para la pesca” (Lc 5, 4). En latín se dice: “Duc in altum”, o sea, conduce donde es profundo. Altus significa tanto profundo como alto, y por eso puede referirse tanto a las cosas que están por encima como a las que están por debajo. Se puede decir tanto alto delo como alto mar

A Simón, como a todo obispo, se dice: “Navega mar adentro”; y después, en seguida se les dice a sus sufragáneos y a sus colaboradores: “Echen las redes para la pesca”. Si la barca de la iglesia no es guiada por el prelado mar adentro”, o sea, a las alturas de la santidad, los sacerdotes no echan las redes para la pesca, sino que desvían a las víctimas hacia lo profundo,

Se lee en Oseas.‑ “Escuchen esto, oh sacerdotes; contra ustedes se hace el juicio, porque llegaron a ser un lazo, en lugar de vigilar, y como una red tendida sobre el Tabor. E hicieron caer a las víctimas en lo profundo” (5, 1‑2). Presta atención a estas tres palabras: lazo, red e hicieron caer, porque ellas señalan los tres vicios de los sacerdotes: la negligencia, la avaricia, y la gula y la lujuria.

La negligencia: “Llegaron a ser un lazo, en lugar de vigilar”. Los sacerdotes tienen el deber de vigilar; pero por su negligencia sus súbditos “caen en el lazo del diablo” (1Tim 6, 9).

La avaricia: “Y como una red tendida sobre el Tabor”. En el monte Tabor se transfiguró el Señor. El nombre se interpreta “luz que viene”, e indica el altar en el cual se realiza la transfiguración, o sea, la transustanciación de las especies del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo; y por medio de este sacramento entra la luz en el alma de los fieles. Sobre este monte Tabor los sacerdotes, o, más bien, para decirlo más claramente, los mercaderes, extienden la red de su avaricia para amontonar dinero. Celebran la misa por dinero; y si no fuesen seguros de recibirlo, en ningún modo celebrarían la misa; y así el sacramento de la salvación se torna instrumento de codicia.

La gula y la lujuria: “Y hacen caer las víctimas en lo profundo”. Las víctimas son las ofertas de los fieles, que hacen caer en lo profundo, que quiere decir procul a fundo, lejos del fondo, o sea, para satisfacer la gula y la lujuria. La víctima es así llamada, porque cae herida por un golpe (en latín víctima, ictu percussa). Con las ofertas de los fieles, que desuellan, engordan sus caballos y potros, sus concubinas y sus hijos. La Ley mandaba que el mamzer, o sea, el hijo de una ramera, no entrara en la casa del Señor. En cambio, he ahí que los hijos de las meretrices no sólo entran en la casa del Señor, sino que hasta comen sus bienes.

16.‑ A esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “El que quiere amar la vida y ver días felices, refrene su lengua del mal y sus labios de palabras de engaño... El rostro del Señor está contra los que obran el mal” (1 Pe 3, 10‑12).

El bienaventurado Pedro tomó estas palabras del Salmo de David (33, 13‑15), en el cual se destacan estos tres momentos: la gloria eterna de los justos, la vida de los penitentes y el castigo para quien obra el mal. La gloria eterna: “El que quiere amar la vida”; la vida de los penitentes: “Refrene su lengua”; y el castigo para quien obra el mal: “El rostro del Señor está contra los que obran el mal”.

La verdadera penitencia consiste en estos seis actos: refrenar la lengua del mal. “Creo que la primera de las virtudes sea reprimir la lengua; sólo imponiendo silencio, se corrige una mala lengua” (Catón). No decir palabras de engaño. Está escrito: “Señor, ¿quién habitará en tu tienda? Ciertamente el que no trama engaños con su lengua” (Salm 14, 1‑3). Evitar el mal; pero esto no basta: hay que obrar el bien. Busca la paz; busca la paz dentro de ti mismo; y si la hallas, sin duda tendrás la paz con Dios y el prójimo. Y conquista la paz con la perseverancia final.

En los que obran así, se posan los ojos de la misericordia del Señor; y los oídos de su benevolencia están abiertos a sus oraciones.

El castigo de los impíos: “El rostro del Señor, o su rostro airado, está contra los que obran el mal”.

Estos tres momentos, o sea, la gloria, la penitencia y el castigo, Jesucristo los predicó a las turbas, después de haber subido a la barca; y su vicario no deja de proclamarlos cada día a todos los fieles.

Roguemos, queridísimos hermanos, al mismo Señor Jesucristo, que, por medio de la obediencia, nos haga subir también a nosotros en la barca de Simón; nos haga sentar en el trono de marfil de la humildad y de la castidad; nos haga conducir nuestra barca desde las cosas terrenas a las alturas de la contemplación y nos haga echar nuestras redes para la pesca. Y así, con la mayor abundancia de nuestras obras, podremos llegar a aquel Dios, que es sumamente bueno.

Nos lo conceda el mismo Dios, que vive y reina por todos los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!





17.‑ “Simón respondió: “Maestro, hemos trabajado toda la noche, y nada hemos pescado; pero en tu palabra echaré la red”. Y habiéndolo hecho, encerraron una gran cantidad de peces, y su red se rompía. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca, para que viniesen a ayudarlos. Vinieron y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían” (Lc 5, 5‑7).

La noche es llamada así, porque perjudica los ojos (en latín, hay una asonancia entre nox, noche, y nocere, perjudicar), porque les impide ver, El que trabaja de noche, no apresa nada, sino que, más bien, a veces es apresado. Dice el Salmo: “Pones las tinieblas, y es la noche. En ella corretean todas las bestias de la selva” (103, 20). Cuando la noche, o sea, la oscuridad del pecado, desciende en un alma, entonces todas las bestias, o sea, los demonios, corretean por ella y la dilaceran. El que trabaja de noche, o sea, fatiga en la oscuridad de esta vida para apoderarse de algo, no logra nada, porque nada son las cosas temporales.

Dice Jeremías: “Miré a la tierra; y he ahí que estaba vacía y era como una nada” (4, 23). La palabra nada, en latín nihilum, está compuesta de nihil, nada, y de illum, él. La nada sigue al que, aquí abajo, abraza la tierra vacía. Nihil es un término abstracto, no una cosa; y está compuesto de no y de illum, que antiguamente se escribía úllum. De este nihil, nada, dice Isaías: “Todas las naciones, delante de ti, son como nada; son consideradas como una nada y como cosa vana” (40, 17). Todas las naciones, o sea, los que viven como paganos, son delante de Dios como no existentes. Existen en el mundo de la naturaleza, pero no en el mundo de la gracia, porque existir “malamente”, es como no existir; y el que está fuera de la verdadera existencia, puede ser considerado como una nada y como cosa vana.

Tienen verdadera y peculiar existencia las cosas que no pueden aumentar en su intensidad (densidad), ni disminuir por su contracción, ni cambiar en su variación. “El ser tiene como contrario sólo el no ser” (Agustín). Pues bien, el que crece en la tensión hacia las cosas temporales, el que disminuye contrayéndose por falta de la caridad, el que cambia en la variación, o sea, en la inestabilidad de su mente, ése tal decae de la verdadera existencia, y por ende “es considerado como una nada y como cosa vana”.

“En tu palabra echaré la red”. Comenta la Glosa: “Si los instrumentos de la predicación no fueran echados en la palabra de la gracia celestial, o sea, por inspiración interior, en vano el predicador lanza el dardo de su voz, porque la fe de los pueblos no nace de la sabiduría de un discurso acicalado, sino por obra de la divina llamada. ¡Oh vana presunción, oh humildad fructuosa! Los que antes no habían apresado nada, en la palabra de Cristo capturan una gran cantidad de peces. Se rompen las redes por la gran abundancia de peces, porque ahora, junto con los elegidos , entran también tantos réprobos, que con sus herejías dilaceran a la misma Iglesia. Se rompen las redes, pero no se pierden los peces, porque el Señor protege a los suyos, también en medio de las persecuciones y de los escándalos”.

“En tu palabra”, no en la mía, “echaré las redes”. Cada vez que las eché en mi palabra, no capturé nada. ¡Pobre de mí! Cada vez que las eché en mi palabra, me lo atribuí a mí mismo y no a ti; me prediqué a mí mismo, no a ti; prediqué mis cosas y no las tuyas; y por eso no apresé nada. Y si algo apresé, se trataba no de un pez, sino de una rana cantarina, para que me alabara; ¡y también esto era una nada!.

“En tu palabra echaré las redes”. Echa las redes en la palabra de Jesucristo aquel, que nada se atribuye a sí mismo, sino todo a El; y el que vive según lo que predica. Si así hace, capturará una abundante cantidad de peces.

18.‑ Sobre todo esto hallamos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Ellas subió a la cumbre del Carmelo y, postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas. Y dijo a su criado: “Sube ahora y mira hacia el mar”. Y él subió, miró y dijo: “No veo nada”. De nuevo Ellas dijo: “Retorna siete veces”. La séptima vez, he ahí una nubecilla, pequeña como una huella humana, subía del mar. Y muy pronto los cielos se oscurecieron por las nubes y por el viento; y cayó una gran lluvia” (3Rey 18, 42‑45).

Ahora bien, vamos a ver qué significado tengan Elías y la cumbre del Carmelo; qué signifiquen “postrándose” y “tierra”; qué quiere decir “el rostro entre las rodillas”; qué signifiquen el criado, las siete veces, la nubecilla, la huella humana, el mar, las nubes, el viento y la lluvia.

Elías es el predicador, que debe subir a la cumbre del Carmelo, que se interpreta “ciencia de la circuncisión”, e indica la perfección de una vida santa, en la cual el hombre aprende muy bien a cortar de sí mismo todas las cosas superfluas.

“Postrándose”: he ahí la humildad; “en tierra”: he ahí el recuerdo de la propia debilidad; “y puso su rostro entre las rodillas”: he ahí el dolor por las iniquidades pasadas. “Y dijo al criado: “Sube y mira hacia el mar”. El criado, en latín puer, viene de pureza, e indica el cuerpo del predicador, que debe ser conservado en toda pureza. Y este criado debe mirar hacia el mar, o sea, hacia los mundanos, contaminados por la amargura del pecado. Y mira hacia ellos, cuando en su predicación propone los remedios contra sus vicios.

Y debe “mirar siete veces”, o sea, debe explicar los siete artículos de la fe, que son: la encarnación, el bautismo, la pasión, la resurrección, la ascensión, la venida del Espíritu Santo y el retorno de Jesucristo para el juicio final, en el cual los pecadores, condenados, “serán echados en el estanque del fuego ardiente, donde habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 13, 42; y Ap 21, 8).

En este séptimo articulo, como en la séptima vez, mientras la masa de los mundanos estará consternada por el temor a los castigos eternos, desde el mar, o sea, desde su corazón, el predicador verá levantarse una nubecilla, o sea, un poco de compunción, pequeña como una huella humana, en la cual está simbolizada la gracia de Jesucristo.

Y cuando la gracia de Jesucristo se infunde en la mente del pecador, entonces, sin duda, la nubecilla de la compunción comienza a subir, y poco a poco crece, y llega a ser una gran nube, que oscurece el falso esplendor de las cosas temporales. Después, se levanta el viento impetuoso de la confesión, que arranca, de raíz, todos los vicios; y comienza a caer la gran lluvia de la satisfacción, que empapa la tierra y la hace germinar. Y así el predicador captura de veras una gran cantidad de peces.

“E hicieron señas a los compañeros de la otra barca, para que viniesen a ayudarlos”. Hemos dicho anteriormente que estas dos barcas simbolizan las dos vidas: de los penitentes y de los carnales (n. 6). Los que están en la barca de Simón, o sea, que viven en la obediencia y en la penitencia, llaman a los que llevan una vida carnal, para que acudan y los ayuden.

Algo semejante hallamos en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Salomón mandó a decir a Hiram, rey de Tiro, que le prestara ayuda para construir el templo del Señor” (3Rey 5, 1‑6). Así éstos llaman a los carnales con la predicación, para que vengan, o sea, para que se alejen de la vanidad del mundo, y los ayuden, o sea, que se dediquen a las obras de penitencia. Y de esa manera llenarán ambas barcas y construirán el templo del Señor, o sea, con los primeros y con los segundos construirán, con piedras vivas, el templo de la Jerusalén celestial.

19.‑ Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “¿Y quién les podrá hacer algún daño, si ustedes son consecuentes imitadores (de los que hacen el bien)? Y si padecen alguna cosa por la justicia, ‑¡felices ustedes! Por lo tanto, no se amedrenten por temor de ellos, ni se conturben” (1 Pe 3, 13‑14). Pedro así habla a los penitentes, extraídos del mar del mundo con la red de la predicación. Si ustedes son consecuentes imitadores de los que los llamaron a la penitencia, ¿quién les podrá hacer algún daño? Como si dijera: “¡Nadie, ni hombre, ni diablo!”. “Y si padecen algo por la justicia”, no por la culpa, ¡bienaventurados ustedes! o sea, “bienaventurados” es “bien aumentados” (en latín, beati, bene aucti), porque les será acrecentada la corona del premio.

“No se amedrenten por temor de ellos”, porque “el que teme no es perfecto en la caridad” (1Jn 4, 18). Y observa que dice: “¡No se amedrenten por temor!”. Hay un doble temor: el temor de las cosas y el temor de los cuerpos.

que ama a Dios, desprecia ambos temores. “Y no se conturben”, para que no sean distraídos de la constancia de su mente. Y no dice “no se turben”, sino “no se conturben”, porque si a veces el cuerpo se turba exteriormente, con todo la mente debe permanecer interiormente constante y estable.

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Verbo de Dios Padre, para poder echar las redes de la predicación en su palabra y no en la nuestra; y para poder sacar del cieno de los vicios a los pecadores y para poder subir al mismo Verbo junto con ellos.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!




20.‑ “Al ver esto, Simón Pedro se echó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Señor, aléjate de mí, que soy un pecador”. Por la pesca que hablan hecho, el estupor se había apoderado de él y de todos los que estaban con él; y, asimismo, de Santiago y de Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Trajeron a tierra las barcas, y, abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5, 8‑11).

Pedro, reconociéndose pecador, temió ser aplastado por la presencia de tan grande Majestad; y por esto dijo: “Aléjate de mí, que soy pecador”.

El que se reconoce pecador, se echa a las rodillas de Jesús. Y en este episodio debemos considerar dos cosas: el temor causado por los pecados, cuando dice “se echó”; y la esperanza en la misericordia del Redentor “a las rodillas de Jesús”. Y a propósito el Señor promete por boca de Isaías: “Serán llevados a los pechos y serán acariciados sobre las rodillas” (66, 12).

En latín los “pechos, o mamas, se dicen úbera. Y se llaman úbera, porque son uvida, o sea, mórbidas y colmadas de leche. observa que dos son los pechos: la encarnación y la pasión. La primera fue de consolación y la segunda de reconciliación. Los penitentes, que acaban de convertirse, como lactantes (en latín, mammothrepti), son llevados a los pechos, para ser consolados con la leche de la encarnación y ser reconciliados con la sangre, que salió del pecho abierto por la lanza en el monte Calvario; y así ser reconfortados para sobrellevar la pasión.

También son acariciados sobre las rodillas de la benevolencia del Padre, como hace la madre con el hijo, para que tengan la absoluta seguridad que, quien les ofreció los pechos de la encarnación y de la pasión, de ninguna manera les negó el perdón de los pecados y la bienaventuranza del Reino.

“Aléjate de mí”. ¿Dónde se encuentra hoy uno que tema ser aplastado por un beneficio demasiado grande? Pedro tuvo temor. En cambio, nosotros, conscientes de tantos crímenes, nos acercamos a la presencia de la Majestad divina sin respeto y sin temor. La divina Majestad está presente, donde se halla el cuerpo de Cristo, gloria de los ángeles; donde se hallan los sacramentos de la Iglesia; donde se administran los santos misterios. Por cierto, nosotros creemos en todo ello; y, no obstante, obstinados en la malicia, no desistimos de pecar. Por eso el Señor habla por boca de Jeremías. “¿Cómo es que mi dilecto cometió muchas abominaciones en mi casa? ¿Crees que las carnes de los sacrificios te liberarán de tus pecados?” (11, 15). ¡No, por cierto! Más bien, los aumentarán.

“Gran estupor se había apoderado de él y de sus compañeros”. ¡Pedro y sus compañeros quedan atónitos ante una pesca tan abundante! También nosotros debemos asombrarnos ante la conversión de los pecadores, como lo hacían aquellos, de los cuales se relata en el libro de los jueces que “Sansón hirió a los filisteos causando tales estragos, que, por el asombro, pusieron la pantorrilla sobre el muslo” (Juec 15, 8), (o sea, cruzaron las piernas). La pantorrilla es el músculo posterior de la tibia.

Cuando el Señor hiere a los filisteos, o sea, a los demonios, y libera de sus manos a Israel, o sea, al alma, también nosotros debemos asombrarnos y poner la pantorrilla sobre el muslo. En el muslo está simbolizado el placer carnal, y sobre él ponemos la pantorrilla cuando, tras el ejemplo del pecador convertido, refrenamos el placer de la carne con la mortificación de la carne.

“No temas: desde hoy serás pescador de hombres”. Esto compete de manera particular al mismo Pedro, al cual Jesús explica el significado de la captura de los peces. Como entonces apresaba los peces con las redes, así en adelante apresaría a los hombres con las palabras.

O también: Porque fuiste humilde y te avergonzaste de las manchas de tu vida, pero esta vergüenza no te impidió confesarlas; más bien, una vez descubierta la llaga, buscaste el remedio; por eso en adelante serás pescador de hombres.

“Después de haber traído a tierra las barcas, lo abandonaron todo y lo siguieron”. Cristo, el gigante que tiene en sí mismo las dos naturalezas y el ágil corredor que devora sus caminos, se lanzó con gozo a recorrer su camino y a llevar a cabo el cometido por el cual había venido. El que quiere seguirlo, debe abandonarlo todo, todo deponer y todo posponer, porque el que está cargado, no puede seguir al que corre.

Dice el tercer libro de los Reyes: “La mano del Señor estuvo sobre Elías, el cual, con los lomos ceñidos, comenzó a correr” (3Rey 18, 46). La mano, en latín manus, suena como munus, don, ayuda, y es la gracia de Dios, que, cuando está en el hombre, le infunde una ayuda tan grande que, con los lomos ceñidos, puede correr por medio de la castidad y, hecho pobre y desnudo por la pobreza, seguir a Cristo pobre y desnudo

2 1.‑ En fin, con esta cuarta parte del evangelio concuerda la cuarta parte de la epístola: “Santifiquen a Cristo, el Señor, en sus corazones” (1 Pe 3, 15). Presta atención a estas tres palabras: el Señor, Cristo y santifiquen. Señor viene de “señorío”; Cristo viene de “crisma”, óleo mezclado con bálsamo perfumado; y santo se dice en griego agios, o sea, sin tierra (a, sin, gés, tierra).

En la tierra hay cuatro fealdades: la inmundicia, la insaciabilidad, la oscuridad y la fragilidad. El que está “sin tierra”, o sea, sin el apego a las cosas terrenales, en las que se hallan la inmundicia de la lujuria, la insaciabilidad de la avaricia, la oscuridad de la ira y de la envidia y la fragilidad de la inconstancia, éste, sin duda, santifica en su corazón al Señor como humilde siervo y a Cristo como auténtico cristiano.

Hermanos queridísimos, derramemos nuestras súplicas al mismo Jesucristo, para que, dejadas todas nuestras cosas, nos conceda poder correr con los apóstoles y santificarlo en nuestros corazones; y así mereceremos llegar a El, que es el Santo de todos los santos.

Nos lo conceda el mismo Señor, que es digno de alabanza y de amor, dulce y suave. A El sean el honor y la gloria por siglos eternos.

Y toda alma penitente, extraída del lago de Genesaret, diga: “ ¡Amén! ¡Aleluya!.





San Antonio de Padua, «La Palabra tiene fuerza cuando va acompañado de las buenas obras»

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