viernes, 2 de febrero de 2018

San Cipriano de Cartago: La oración dominical, (27-29)


San Cipriano de Cartago

Obras completas

La oración dominical:
el Padre Nuestro

Tomo I.

Biblioteca de Autores Cristianos.




27) Después de todo esto, al término de la oración contiene en sí misma todas nuestras peticiones y súplicas a modo de resumen. En efecto, decimos al final: «Más líbranos del mal», donde se compendia todo lo que el enemigo trama contra nosotros en este mundo, frente a lo cual podemos estar confiados y firmes si Dios nos libra, al concedernos su ayuda ante nuestros ruegos y súplicas. Por tanto, cuando decimos: líbranos del mal, ya nada queda por pedir, ya que de una vez hemos pedido la protección de Dios contra todo mal y, una vez obtenida, estamos seguros y protegidos frente a aquello que puedan tramar el diablo y el mundo. Pues ¿quién puede tener miedo del mundo si Dios es su protector en el mundo?

28)               ¿Qué hay de extraño, queridísimos hermanos, que en la oración, que Dios nos enseñó, resumiera como Maestro todo lo esencial de nuestras plegarias en esta fórmula de salvación? Esto ya había sido predicho anteriormente por el profeta Isaías, cuando lleno del Espíritu Santo hablaba de la majestad y de la misericordia de Dios, diciendo: «Palabra eficaz y compendio de la justicia, porque el Señor hará un discurso abreviado por toda la faz de la tierra» (Is 10,22,23). En efecto, cuando nuestro Señor Jesucristo vino como Palabra de Dios para todos y, reuniendo a doctos e ignorantes, enseñó los preceptos de salvación a gente de todo sexo y edad, hizo de sus preceptos un gran compendio, para que la memoria de sus discípulos, no tuviera que hacer un gran esfuerzo en aprender su doctrina celestial, y fuese asimilado con rapidez todo lo necesario para una fe sencilla. Y enseñando en que consiste la vida eterna, explicó con maravillosa y divina brevedad el misterio de esta vida, diciendo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Así mismo, cuando sacaba de la ley y los profetas los preceptos principales y más importante, dice: «Escucha Israel: el Señor tu Dios, es el único Señor» (Mc 12,29) y «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Este es el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas» (Mt 22,37ss; Mc 7,12)

29)               El Señor no solo enseñó a orar con sus palabras, sino también con sus obras. También Él oraba frecuentemente y nos mostraba con el testimonio de su ejemplo que debemos hacer nosotros, como está escrito: «Él se retiró a lugares solitarios, donde oraba» (Lc 15,16); y en otro pasaje: «Se fue al monte a orar y se pasó toda la noche orando a Dios» (Lc 6,12). Por tanto, si oraba el que no tenía pecado, ¡Cuánto más debemos velar nosotros por la noche permaneciendo en oración!

1 comentario:

  1. El Señor nos libra del mal, más aún, es que no quiere que el mal nos derribe, y por eso tenemos la necesidad de orar constantemente, también participar de los sacramentos nos ayuda a crecer y fortalecer en nuestra fe.

    Si por descuido, y como somos débiles, nos descuidamos por no haber considerado el sentido espiritual de la oración. Cuando nos levantamos acudiendo al sacramento de la confesión, el mal que hay en nosotros muere. Porque la oración bien rezada y meditada nos ayuda a caminar hacia la Vida eterna, no a la muerte del alma.

    Como decía: nos confesamos con el corazón arrepentido, compungido. Y absueltos de nuestros pecados, no debemos deliberadamente ir de nuevo al vomito del pecado. Porque pecar, luego confesar, y reincidir en el pecado, en el vicio, de esta manera no veo yo camino de verdadera conversión y no formaríamos partes de la salvación eterna.

    Jesús rechaza al tentador diciendo: «Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. » (Mt 4,7). Si no queremos ser rechazados por Jesús, nos conviene no tentarle, es decir, no abusar de la Divina Misericordia para continuar atados en vicios y pecados. Debemos ser intachable ante los ojos de Dios.

    Esas súplicas diarias en el Padre Nuestro, «Líbranos del mal», y es que esta oración es también una enseñanza para todos nosotros. Comprenderlo con el corazón nos ayuda a avanzar mucho en la fe.
    Jesús fue tentado, Él no buscó las tentaciones, nosotros también sufrimos las tentaciones, pero en esa confianza en el Señor, y en el Señor vencemos nuestras tentaciones.

    «Corazón obstinado mal acaba, y el que ama el peligro en él sucumbe» Eclesiástico (3, 27). Pidamos al Señor, y nosotros pongamos siempre de nuestra parte, para que nuestras confesiones sean sinceras y humildes, y los peligros de la tentación no podrá tener ese terrible poder sobre nosotros. La humildad del corazón expulsa al demonio, los aleja de nosotros. Pero el corazón del soberbio es como un imán poderoso que atrae a tantas tentaciones que el alma no podrá vivir en paz.

    Para que el Señor nos proteja, debemos querer que así sea, debemos poner todos los medios, que el mismo Señor nos concede y facilita para ser humildes.

    « Dios resiste a los soberbios, más da su gracia a los humildes. Por tanto, sed humildes ante Dios, pero resistid al diablo y huirá de vosotros. Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros. Lavaos las manos, pecadores, purificad el corazón, los inconstantes. Lamentad vuestra miseria, haced duelo y llorad; que vuestra risa se convierta en duelo y vuestra alegría en aflicción. Humillaos ante el Señor y Él os ensalzará» (St 4,6-10).

    Cuando hoy, al rezar mal la oración del Padre Nuestro, hay almas que buscan sus consuelos en las conductas del hombre viejo, sobre el humor, los cuentos de vieja, las diversiones… Pero la Palabra de Dios nos invita siempre a lo mejor, que si hoy derramamos lágrimas, y esas lágrimas lo deseaba también Santa Teresa de Jesús. San Francisco de Asís derramaba muchas lágrimas, porque Jesús siempre es ofendido. El Santo Padre Pío también derramaba muchas lágrimas, con Jesús. Es el camino de los santos, y el Señor quiere que seamos santos.

    Muchos quieren salvarse, pero sin renunciar a las costumbres que llevan a la muerte que nuestro hombre viejo nos presenta. El Señor es más fuerte y nos ayuda a librarnos de nuestras malas costumbres.

    Nosotros no hemos sido creados para los tormentos eternos, si Dios no lo quiere tampoco lo queramos nosotros. El apego a las malas inclinaciones costumbres.

    La Santísima Madre de Dios siempre nos ayuda, debemos consagrarnos a ellas con frecuencia, para seguir avanzando, escalando hacia el cielo.

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