lunes, 12 de febrero de 2018

Benedicto XVI: Mensaje para la Cuaresma - 2006 - «Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt 9,36)




del Santo Padre Benedicto XVI

«Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt 9,36)


Amadísimos hermanos y hermanas:


La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría intensa de la Pascua. Incluso en el «valle oscuro» del que habla el salmista (Sal 23,4), mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. Efectivamente, hoy el Señor escucha también el grito de las multitudes hambrientas de alegría, de paz y de amor. Como en todas las épocas, se sienten abandonadas. Sin embargo, en la desolación de la miseria, de la soledad, de la violencia y del hambre, que afectan sin distinción a ancianos, adultos y niños, Dios no permite que predomine la oscuridad del horror. En efecto, como escribió mi amado predecesor Juan Pablo II, hay un «límite impuesto al mal por el bien divino», y es la misericordia (Memoria e identidad, 29 ss.). En este sentido he querido poner al inicio de este Mensaje la cita evangélica según la cual «Al ver Jesús a las gentes se compadecía de ellas» (Mt 9,36). A este respecto deseo reflexionar sobre una cuestión muy debatida en la actualidad: el problema del desarrollo. La «mirada» conmovida de Cristo se detiene también hoy sobre los hombres y los pueblos, puesto que por el «proyecto» divino todos están llamados a la salvación. Jesús, ante las insidias que se oponen a este proyecto, se compadece de las multitudes: las defiende de los lobos, aun a costa de su vida. Con su mirada, Jesús abraza a las multitudes y a cada uno, y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación.

La Iglesia, iluminada por esta verdad pascual, es consciente de que, para promover un desarrollo integral, es necesario que nuestra «mirada» sobre el hombre se asemeje a la de Cristo. En efecto, de ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón. Esto debe subrayarse con mayor fuerza en nuestra época de grandes transformaciones, en la que percibimos de manera cada vez más viva y urgente nuestra responsabilidad ante los pobres del mundo. Ya mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, identificaba los efectos del subdesarrollo como un deterioro de humanidad. En este sentido, en la encíclica Populorum progressio denunciaba «las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo...  las estructuras opresoras que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones» (n. 21). Como antídoto contra estos males, Pablo VI no sólo sugería «el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de la paz», sino también «el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin» (ib.). En esta línea, el Papa no dudaba en proponer «especialmente, la fe, don de Dios, acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo» (ib.). Por tanto, la «mirada» de Cristo sobre la muchedumbre nos mueve a afirmar los verdaderos contenidos de ese «humanismo pleno» que, según el mismo Pablo VI, consiste en el «desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres» (ib., n. 42).  Por eso, la primera contribución que la Iglesia ofrece al desarrollo del hombre y de los pueblos no se basa en medios materiales ni en soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo, que forma las conciencias y muestra la auténtica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo la creación de una cultura que responda verdaderamente a todos los interrogantes del hombre.

Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la «mirada» de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa «mirada». Los ejemplos de los santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia de la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el desarrollo. Hoy, en el contexto de la interdependencia global, se puede constatar que ningún proyecto económico, social o político puede sustituir el don de uno mismo a los demás en el que se expresa la caridad. Quien actúa según esta lógica evangélica vive la fe como amistad con el Dios encarnado y, como Él, se preocupa por las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Lo mira como un misterio inconmensurable, digno de infinito cuidado y atención. Sabe que quien no da a Dios, da demasiado poco; como decía a menudo la beata Teresa de Calcuta: «la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo». Por esto es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo: sin esta perspectiva, no se construye una civilización sobre bases sólidas.

Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican un camino para guiar aún hoy el mundo hacia una globalización que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, así, lleve a la paz auténtica. Con la misma compasión de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades políticas y ejerce el poder económico y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo será la efectiva libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad de anunciar y celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la edificación de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe también la consideración efectiva del papel central que los auténticos valores religiosos desempeñan en la vida del hombre, como respuesta a sus interrogantes más profundos y como motivación ética respecto a sus responsabilidades personales y sociales. Basándose en estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar también con sabiduría los programas de sus gobernantes.

No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: «La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral» (Enc. Redemptoris missio, 11).

Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a esta salvación integral. Al dirigirnos al divino Maestro, al convertirnos a Él, al experimentar su misericordia gracias al sacramento de la Reconciliación, descubriremos una «mirada» que nos escruta en lo más hondo y puede reanimar a las multitudes y a cada uno de nosotros. Devuelve la confianza a cuantos no se cierran en el escepticismo, abriendo ante ellos la perspectiva de la salvación eterna. Por tanto, aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A María, «fuente viva de esperanza» (Dante Alighieri, Paraíso, XXXIII, 12), le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo. A ella le encomiendo, en particular, las muchedumbres que aún hoy, probadas por la pobreza, invocan su ayuda, apoyo y comprensión. Con estos sentimientos, imparto a todos de corazón una especial Bendición Apostólica.



Vaticano, 29 de septiembre de 2005.


BENEDICTUS PP. XVI

sábado, 3 de febrero de 2018

San Cipriano de Cartago: La oración dominical, (30-36)

San Cipriano de Cartago



Obras completas

La oración dominical:
el Padre Nuestro

Tomo I.

Biblioteca de Autores Cristianos.


30) Oraba el Señor y rogaba, pero no por sí mismo, pues, ¿qué tenía que pedir por Él, que era inocente? Oraba solo por nuestros pecados, como Él mismo declara: «Mira que Satanás ha solicitado cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe» (Lc 22,31-32). Y por todos los demás ha rogado al Padre diciendo: «No ruego solo por estos, sino también por aquellos que han de creer en Mí por medio de su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, en Mí y Yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (Jn 17,20-21). Inmensa bondad y piedad del Señor para nuestra salvación, pues no se contentó en redimirnos con su Sangre, sino que, además, quiso rogar por nosotros. Ved cual era el deseo de su oración: que así como el Padre y el Hijo son una sola cosa, también nosotros permanezcamos en esa misma unidad, de modo que de esto puede también deducirse la gravedad del pecado que rompe la unidad y la paz, por los cuales rogó el Señor, pues quiere que su pueblo alcance la unidad y la paz, por los cuales rogó el Señor, pues quiere que su pueblo alcance la vida, sabiendo que no tiene lugar en el Reino de Dios la discordia.


31) Así pues, queridísimos hermanos, cuando nos disponemos a otra, debemos estar vigilantes y entregarnos a la oración con toda el alma. Todo pensamiento carnal y mundano debe ser abandonado y el alma no ha de pensar en otra cosa sino en aquello que se pide. Por eso el sacerdote prepara el ánimo de los hermanos antes de la oración con un prefacio diciendo: Levantemos el corazón, para que el pueblo respondiendo: LO tenemos levantado hacia el Señor, quede advertido que no debe pensar en otra cosa más que el Señor. Cerremos entonces, el corazón al enemigo y quede sólo abierto para el Señor. No permitamos que tenga cabida en él durante la oración el adversario de Dios, pues muchas veces este se desliza y penetra y, engañándonos sutilmente, aparta de Dios nuestras oraciones, de tal modo que tenemos una cosa en nuestro corazón y otra en nuestra boca, cuando, por el contrario, deben orar a Dios con sincera intención no solo las palabras, sino también el espíritu y los sentimientos. ¡Qué desidia dejarse dominar y distraer por pensamientos frívolos y profanos cuando estás orando al Señor, como si fuera una cosa distinta lo que piensas de lo que hablas con Dios! ¿Cómo puedes pedir a Dios que te escuche si no te escuchas a ti mismo? ¿Cómo quiere que el Señor se acuerde de ti cuando rezas, si tu no te acuerdas de ti mismo? Esto es estar en absoluto precavido contra el enemigo; esto es ofender la Majestad de Dios con negligencia en la oración; esto o es otra cosa que velar con los ojos y tener dormido el corazón, cuando el cristiano debe velar con el corazón, incluso cuando duerme con los ojos, tal como está escrito en el Cantar de los Cantares de la esposa, que representa a la Iglesia: «Yo duermo, pero mi corazón vela» (Can 5,2). Por ello el apóstol nos previene con solicitud y prudencia diciendo: «Sed perseverantes en la oración, velando en ella» (Col 4,2). Así nos da a entender que solo se alcanza de Dios lo que piden aquellos a los que Dios ve que están velando en la oración.


32) Los que oran no pueden presentarse a Dios con plegarias estériles, sin fruto, sin preparación. La oración no tiene efecto cuando se ruega a Dios con oraciones sin obras. Así como el árbol que no da fruto es cortado y echado al fuego (Mt 3,10), del mismo modo las palabras sin el fruto de las obras, es decir, no fecunda en obras buenas, no pueden merecer aprobación de Dios. Por ello la Sagrada Escritura diciendo: «Buena es la oración con el ayuno y la limosna» (Hch 10,4). En efecto, el mismo que en el día del juicio dará el premio por las buenas obras y las limosnas, es el que ahora escucha benignamente al que acude a la oración con buenas obras. Por eso, finalmente, el centurión Cornelio, cuando oraba, mereció ser escuchado, porque era un hombre que daba muchas limosnas al pueblo, al mismo tiempo que oraba continuamente a Dios. Hacia la hora de nona, mientras estaba en oración, se le presentó un ángel, dándole testimonio de sus buenas obras y diciéndole: «Cornelio, tus oraciones y limosnas han subido hasta la presencia de Dios, que las tiene presente» (Hch 10,4).


33 Suben inmediatamente al Señor las oraciones acreditadas por los méritos de nuestras obras. Así lo testimonió el ángel Rafael a Tobías, que oraba constantemente bien, diciéndolo: «Es bueno revelar y reconocer las obras de Dios. Cuando tú y Sara orabais, yo presentaba el memorial de vuestra oración ante la Majestad de Dios; y lo mismo cuando enterrabas a los muertos piadosamente. Y cuando no dudaste en levantarte de la mesa y dejar tu comida para ir a enterrar a un muerto, entonces yo fue enviado para probarte; y de nuevo Dios me ha enviado a ti para curarte y a tu nuera Sara. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles justos, que estamos presentes y permanecemos ante la Majestad divina» (Tob 12,1-15). También por medio de Isaías nos enseña y previene el Señor diciendo: «Desata todos los nudos de injusticia, deshace las coyundas de los negocios abusivos; deja en libertad a los oprimidos para que descansen, y destruye todo recibo injusto; parte tu pan con el hambriento y recibe en tu casa a los pobres sin techo; si ves a un desnudo, vístelo y no desprecies a tus semejantes. Entonces clamarás y Dios te escuchará, y no habrás acabado de hablar, cuando te dirá: Aquí estoy » (Is 58,6-9). Dios promete estar presente y dice que escuchará y protegerá a los que desaten de su corazón los nudos de la injusticia y practiquen la limosna con los siervos de Dios según sus preceptos. Pues los que escuchan lo que Dios manda merecen ser escuchados por Dios. El bienaventurado Pablo, al ser socorrido por los hermanos en su tribulación, dijo que aquellas obras buenas eran sacrificios agradables a Dios: «Estoy provisto de todo, después de recibir a Epafrodito lo que me habéis enviado como un aroma suave, como Dios acepta con agrado» (Flp 4,18). En efecto, cuando uno tiene piedad del pobre, presta a Dios, y el que da a los más pequeños, da a Dios, hace un sacrificio espiritual a Dios, como perfume de suave olor (Cf. Prov 19,17; 25,40).


34) En cuanto a la frecuencia de la oración vemos que Daniel y aquellos tres jóvenes, fuertes en la fe y victoriosos en la cautividad, observaron la hora de tercia, de sexta y de nona [Cf. Dan 6,14ss.) , prefigurando el misterio de la Trinidad, que había de manifestarse en los últimos tiempos. En efecto, desde la Hora de prima hasta la hora de tercia comprende el número tres; lo mismo de la hora cuarta a la secta, y de manera semejante de la séptima a la de nona, es decir, por medio de ternas horarias se enumera a la Trinidad perfecta. Los adoradores de Dios, desde hace mucho tiempo, habían determinado simbólicamente estos intervalos de horas, y se dedicaban a la oración en esos tiempos precisos. Y después se nos reveló que había sido un signo que los justos orasen de tal manera. Ciertamente, a la hora tercia descendió sobre los discípulos el Espíritu Santo, cumpliéndose con este don la promesa del Señor (Cf. Hch 2,15ss). Asimismo, Pedro a la hora de sexta subió a la terraza de la casa, avisado por una visión y llamada de Dios, para que admitiese a todos a la gracia de la salvación (Cf. Hch 10,9ss.), ya que antes había dudado en conceder el bautismo a los gentiles. Y el Señor fue crucificado a la hora de sexta (Cf. Lc 23,44), y a la hora de nona lavó con su sangre nuestros pecados (Cf. Mc 15,34) para redimirnos y darnos la vida, consumando a esa hora su victoriosa en la Pasión.


35) Pero nosotros, además de estas horas de oración observadas desde antiguo, hemos añadidos otros momentos relacionados también con los misterios de la salvación. Porque también se ha de orar por la mañana temprano, conmemorando con esa oración matutina la resurrección del Señor. Esto ya lo señalaba el Espíritu Santo en los Salmos diciendo: «Oh, Señor, Rey mío y Dios mío, a ti dirigiré mi oración; por la mañana y me presentaré ante ti y te miraré atentamente» (Sal 5,3-5). Y en otro lugar dice el Señor por medio del profeta: «Al amanecer estarán mirando hacia Mí y diciendo: venid, volvamos al Señor nuestro Dios» (Os 5,15-6,1). Por otra parte también, a la puesta del sol, cuando acaba el día, hemos de orar de nuevo. Pues, siendo Cristo el sol y día verdaderos, cuando se oculta el sol y el día natural finaliza, oramos y pedimos que vuelva sobre nosotros la luz, es decir, Cristo, que nos trae el don de la luz eterna. Que Cristo es ese día lo pone de manifiesto el Espíritu Santo en los Salmos diciendo: «La piedra que desecharon los constructores, se ha convertido en piedra angular. Ha sido obra del Señor y es algo admirable a nuestros ojos. Este es el día que hizo el Señor. Exultemos y gocemos en Él» (Sal 117,22-24). Del mismo modo, que Cristo fue llamado sol, lo atestigua el profeta Malaquías cuando dice: «Pero para vosotros, que teméis el Nombre del Señor, nacerá el sol de justicia y bajo sus alas estará vuestra salvación» (Mal 4,2). Por tanto, si en las Sagradas Escrituras el sol y día verdaderos son Cristo, no queda ninguna hora del día para los cristianos en que no deban adorar a Dios, de modo que los que estamos en Cristo, es decir, en el sol y día verdaderos [Cf. Jn 1,9], durante la jornada debemos dedicarnos a la oración y a la plegaria. Y cuando la noche suceda al día, según el orden de la naturaleza, ningún daño puede tener de las tinieblas nocturnas los que oran, porque para los hijos de la luz [Cf. Jn 8,12; Tes 5,3) hasta la noche es día. ¿Cuándo faltará el sol o el día al que tiene a Cristo como sol y día?


36)  Así pues, los que estamos siempre en Cristo, es decir, en la luz, no debemos dejar de orar durante la noche. De este modo Ana perseveró en el servicio del Señor, orando y velando sin interrupción, como está escrito en el Evangelio: «No se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones» (Lc 2,37). Allá se las vean los gentiles, que todavía no han recibido la luz, o los judíos, que, habiendo abandonado la luz, quedaron en tinieblas. Nosotros, queridísimos hermanos, que estamos siempre en la luz del Señor, que tenemos presente y guardamos lo que hemos empezado a ser al recibir la gracia, consideremos la noche como el día. Hemos de entender que estamos siempre en la luz, que no nos estorben las tinieblas de las que hemos sido liberados, no pongamos obstáculos a las oraciones de la noche, ni sirvan de excusa la desidia y la pereza. Regenerados y renacidos espiritualmente por la misericordia de Dios, debemos imitar lo que hemos de ser: en aquel reino solo existirá el día sin ser interrumpido por la noche, por ello, velemos por la noche como si fuera día, y si allí hemos de orar siempre y dar gracias a Dios, no cesemos de orar y dar gracias siempre aquí.




Llegamos al final de estas enseñanzas del Padre Nuestro, pero volvemos a comenzar desde el principio, porque hay muchos detalles muy importantes que necesitaríamos considerarlo para ir mejorando nuestra oración. Al Señor no le agrada las oraciones tibias ni superficiales. En la oración del Padre Nuestro cuando más atención lo practiquemos, más pura se hace la luz para comprender lo que el Señor nos pide. 

Jesucristo nuestro Señor nos pide que estemos en vela, orando. Y es que el envidioso de las tinieblas, quiere que estemos descuidados, negligentes en la oración, que no estemos pendientes de ir con Cristo, es lo que quiere el Maligno, para hacernos sufrir, porque en el mal no existe el amor. En Cristo sí, Dios es amor, pero amar a Dios debe significar rechazar el amor al mundo. El amor al mundo: sus diversiones, sus juegos, todos sus entretenimientos nos aleja de nuestra salvación.

Nosotros no estamos en este mundo para condenarnos, sino para salvarnos.

La Sagrada Biblia es un medio muy santo y piadoso para nuestra formación cristiana. La adoración al Santísimo, nuestra consagración a la Madre de Dios.


Que cosa más horrible, y lo llaman "oración", que en el momento de orar, inmediatamente destruyen esa oración, en cuánto lo interrumpe para hablar de cosas que nada tiene que ver con la fe. Se reza mal, y hay mucha amargura en el corazón. Se reza bien, y es como un trocito de cielo en la tierra.

El demonio nuestro enemigo consigue sus propios deseos, las almas durante años y años, puede orar, pero sin el poder de la fe, le entran mil dudas que no dejan crecer la fe.

No hay que rezar un poquito, sino mucho y bien, pues todos necesitamos ir alcanzando la perfección y vida de santidad.   


viernes, 2 de febrero de 2018

San Cipriano de Cartago: La oración dominical, (27-29)


San Cipriano de Cartago

Obras completas

La oración dominical:
el Padre Nuestro

Tomo I.

Biblioteca de Autores Cristianos.




27) Después de todo esto, al término de la oración contiene en sí misma todas nuestras peticiones y súplicas a modo de resumen. En efecto, decimos al final: «Más líbranos del mal», donde se compendia todo lo que el enemigo trama contra nosotros en este mundo, frente a lo cual podemos estar confiados y firmes si Dios nos libra, al concedernos su ayuda ante nuestros ruegos y súplicas. Por tanto, cuando decimos: líbranos del mal, ya nada queda por pedir, ya que de una vez hemos pedido la protección de Dios contra todo mal y, una vez obtenida, estamos seguros y protegidos frente a aquello que puedan tramar el diablo y el mundo. Pues ¿quién puede tener miedo del mundo si Dios es su protector en el mundo?

28)               ¿Qué hay de extraño, queridísimos hermanos, que en la oración, que Dios nos enseñó, resumiera como Maestro todo lo esencial de nuestras plegarias en esta fórmula de salvación? Esto ya había sido predicho anteriormente por el profeta Isaías, cuando lleno del Espíritu Santo hablaba de la majestad y de la misericordia de Dios, diciendo: «Palabra eficaz y compendio de la justicia, porque el Señor hará un discurso abreviado por toda la faz de la tierra» (Is 10,22,23). En efecto, cuando nuestro Señor Jesucristo vino como Palabra de Dios para todos y, reuniendo a doctos e ignorantes, enseñó los preceptos de salvación a gente de todo sexo y edad, hizo de sus preceptos un gran compendio, para que la memoria de sus discípulos, no tuviera que hacer un gran esfuerzo en aprender su doctrina celestial, y fuese asimilado con rapidez todo lo necesario para una fe sencilla. Y enseñando en que consiste la vida eterna, explicó con maravillosa y divina brevedad el misterio de esta vida, diciendo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Así mismo, cuando sacaba de la ley y los profetas los preceptos principales y más importante, dice: «Escucha Israel: el Señor tu Dios, es el único Señor» (Mc 12,29) y «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Este es el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas» (Mt 22,37ss; Mc 7,12)

29)               El Señor no solo enseñó a orar con sus palabras, sino también con sus obras. También Él oraba frecuentemente y nos mostraba con el testimonio de su ejemplo que debemos hacer nosotros, como está escrito: «Él se retiró a lugares solitarios, donde oraba» (Lc 15,16); y en otro pasaje: «Se fue al monte a orar y se pasó toda la noche orando a Dios» (Lc 6,12). Por tanto, si oraba el que no tenía pecado, ¡Cuánto más debemos velar nosotros por la noche permaneciendo en oración!

domingo, 7 de enero de 2018

San Cipriano de Cartago: La oración dominical, (25-26)



El tiempo de la Santa Navidad, de momento las meditaciones que la Beata Anna Catalina de Emmerick en sus revelaciones y visiones tendrá un tiempo de pausa, para continuar con la oración de Jesús, y si Dios quiere, más adelante seguiremos con las revelaciones.





San Cipriano de Cartago


Obras completas


La oración dominical: el Padre Nuestro

Tomo I. 

Biblioteca de Autores Cristianos.

25 )   El Señor nos ha enseñado como algo necesario que también que hemos de decir la oración: «Y no nos deje caer en la tentación». En esta parte del Padrenuestro nos ha mostrado no puede nada contra nosotros si Dios antes no se lo permite, para que todo nuestro temor, devoción y obediencia se dirijan solo Dios, ya que nada puede el maligno en nuestras tentaciones, si el Señor no se lo concede. Esto lo demuestra la Escritura cuando dice: «Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén, y el Señor la entregó a sus manos» (Dan 1,1-2) [1Re 24,11). El poder se le ha concedido al maligno contra nosotros según nuestros pecados, como está escrito: «¿Quién entregó al pillaje Jacob, y a Israel a los saqueadores? ¿Acaso no ha sido Dios, contra el que pecaron y cuyos caminos no querían seguir, ni observar su Ley? Descargó sobre ellos la ira de su indignación» (Is 42,24-25). Y de nuevo, cuando pecó Salomón y se alejó de los mandamientos y los caminos del Señor se dice: «Y suscitó el Señor a Satanás contra Salomón» (1Re 11,23).

26)   Se le concede contra nosotros un doble poder; o castigarnos cuando pecamos, o servirnos de mérito cuando somos probados, tal como vemos que sucede en el caso de Job, según declara el mismo Dios cuando dice: «He aquí que pongo en tus manos todo lo que tiene, pero cuida de no tocarlo a él» (Job 1,12). Y el Señor durante su pasión, dice en el Evangelio: «No tendrías contra mí ningún poder si no se te hubiera dado de lo alto» (Jn 19,11). Cuando nosotros pedimos no caer en la tentación somos advertidos de nuestra debilidad, para que ninguno se enaltezca de manera insolente y se convierta en un arrogante, porque el que se comporta así rechaza el poder de Dios, pensando que es propia la gloria de su confesión o de sus sufrimientos. Pues el mismo Señor nos enseña humildad cuando dice: «Velad y orad, para que no caigáis en tentación: el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mt 26,41), para que nos sea concedido por su misericordia todo lo que se le pide con temor y respeto, cuando precede una confesión humilde y sumisa, atribuyendo todo a Dios.

San Antonio de Padua, «La Palabra tiene fuerza cuando va acompañado de las buenas obras»

Muchas personas devotas de la Familia Franciscana, encuentran su alegría, al menos en pertenecer en la TOF: [Tercera Orden Franciscana] ...