lunes, 24 de abril de 2017

San Antonio de Padua: 1. En la soledad hallarás al Señor

Lunes, 24 de abril de 2016


Bendito sea el Señor nuestro Dios y Salvador Jesucristo. Las condiciones no las podemos poner nosotros en el seguimiento de Cristo, somos nosotros, que cuando escuchamos atentamente al Señor, y leyendo la Sagrada Biblia, vemos cuales son las formas. Si yo sigo a Cristo desde mi propia medida, es que no estoy adelantando absolutamente nada.

Recordando a San Francisco de Asís, un "antes", y un "después". No se quedó estancado en sí mismo, pues se negó rotundamente a sí, para que sea Cristo quien guiara su vida. Todos los Santos y Santas tuvieron ese mismo deseo, el dejarse guiar por el Espíritu Santo.

Son muchas veces, de esto hace muchos años, me decía: "Nadie puede vivir el Evangelio". Son personas que en su corazón no se habían decidido a comprender a Cristo, y llegaron a perder mucho. Pero leyendo la vida de los Santos, la vocación franciscana es exactamente el Evangelio de Cristo. Cuando comprendí esto, me alegré muchísimo. Porque si San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, San Pedro de Alcántara, y tantos otros pudieron hacerlo, pero solo por la Gracia de Dios.

Pero también había otros muchos devotos, que también desde su hogar, y muchos de la Orden Tercera de San Francisco, llegaron a convertir sus hogares como pequeños monasterios domésticos, porque lo que cuenta es que Cristo está siempre en medio de nosotros; con nosotros, cuando nosotros estamos con Él. Pero no sería conveniente, hacer una vida religiosa distinta a la medida del Corazón de Cristo. Nuestro hombre viejo no quiere saber nada de Cristo ni de la salvación del alma. Siempre está apegado a las cosas terrenales.


Seguir a Cristo, pero al paso de Cristo, porque si seguimos a Cristo, con nuestras cosas, terminamos por perder de vista a Jesús, que va delante de nosotros, y ya no sabemos qué hacer, nos imaginamos que le seguimos, cuando en realidad, ya hemos desviados nuestros pasos de Él, por otros caminos… preocupaciones, apegos a las cosas terrenales, sin reconocer que tales aficiones mundanas nos abren de par en par el infierno para que caigamos, pero en nuestra ceguera no queremos creerlo. Por Internet circula un dibujo que nada tiene que ver con las enseñanzas de Cristo, varias personas le sigue, pero Jesús, les lleva no sé cuántas maletas de ellos. Son dibujos hechos por sectarios, acercándose a mormones o cuáqueros. Los cristianos, para seguir a Cristo necesitamos desprendernos incluso de nuestra propia voluntad, para que la Voluntad de Dios no tenga obstáculo en nuestras vidas, pues ya en la oración del Padre nuestro oramos, «Padre nuestro que estás en los cielos… hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Cuando comprendemos las enseñanzas de Jesús, nuestro amado Maestro, y la ponemos por obra, según nuestra vocación, todo resulta mucho más fácil, lo imposible para nosotros, Dios lo hace fácil, pero comenzando nosotros a estar integrados en la Santísima Voluntad de Dios.

Es preciso que nos demos prisas, pues la tentación nos engaña haciéndonos creer que poco a poco se hacen las cosas por Jesús y la salvación de las almas. Jesús nuestro Señor tuvo prisa en salvar a las almas.

Hay un detalle en el Evangelio que debería llamarnos la atención, es un ejemplo de lo que nos pide el Señor, pues del mismo modo, que cuando los Apóstoles oyeron de Jesús, la invitación de seguirle, no se demoraron, no se hicieron los “remolones”, sino que al instante lo dejaron todo y le seguían. Leemos también a los tres días de la muerte de Jesús, las mujeres piadosas querían acercarse al sepulcro «Mar»

«El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres:
»—Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho.
» Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: —No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán.» (Mt 28, 5-9).

«Marchad enseguida y decir…»; «Ellas partieron al instante»

Si nos despistamos del Evangelio, nuestro hombre viejo nos someterá a la lentitud en el seguimiento de Cristo. En distintos asuntos de la Iglesia, asuntos importante, hay cosas que parecen lenta, pero no es nada lento el tentador. La lentitud de las almas consagradas les termina por apartar de la verdadera fe, y es triste ahora, ver como se han protestantizados un gran número de almas consagradas. Y lo que es peor, se les han ido de la mano, y los feligreses ya no sienten ese amor a Cristo.

 En nuestra negligencia de hacer las cosas más pausadas, el demonio cobra fuerza para hacerlo todo corriendo, incluso cuando engaña a la gente que hay que orar a toda prisa. El demonio hace dos cosas, que tratemos los asuntos de mala gana, o sea, con la mayor lentitud posible, y por otra obsesionar al tentado, con otros asuntos que no son conforme a los intereses de Cristo. Las prisas del demonio no son las prisas del Señor. Las malas intenciones del tentador, es que el creyente, termina por meterse en el camino de la ingratitud, de la infidelidad, cuando comienza a hacer mal todos los asuntos del Señor.

El cristiano que busca al Señor tiene necesidad de hallar más tiempo en la soledad, que permaneciendo en el tumulto del mundo. El mundo consigue que la fe del creyente se disipe, se disuelva, el demasiado activismo hace peligrar nuestra relación con el Señor. Incluso, de complacer y no molestar a los que viven en el error, haciéndoles ver en el peligro espiritual que está metido, en el riesgo de perder el alma del prójimo como la propia.
Los Santos nos enseñan entre otras cosas, lo importante que es la vida recogida, huir del mundo para saber escuchar al Señor, desde la quietud de nuestro corazón y pensamientos. El activismo es una lacra que puede afectar la vida de oración. Pero la oración nos da fuerzas para emprender la misión del Señor, no según nuestras fuerzas sino por la fuerza de la Gracia y el amor de Dios.

Cuando las cosas no se hacen del modo del Espíritu Santo, el alma se deja guiar por la propia pereza, mientras la descristianización sigue adelante. Quien tiene fe, el alma sigue a Cristo. Un antes de la conversión no debe convertirse en una costumbre para cuando el Señor nos llama. Pero, desgraciadamente, son muchas almas que se consagran al Señor, y no dan el paso, solamente permanecen en el “antes”, lo que le ha llevado a la pereza en la vida espiritual.

Los requisitos para seguir a Cristo nos la presentan el Señor; cualquier lector atento de la Sagrada Biblia, enseguida lo encuentra.
A muchas almas que se han consagrado, aunque hablan de alegría, no suelen mostrar ese entusiasmo por el seguimiento constante al Señor. Pues todavía tienen en su corazón lo que ellos manifiestan claramente, las diversiones profanas, el deporte, el todo vale. “Todos los credos valen”, porque en realidad todavía no han encontrado a Cristo en su corazón.


Cuando estamos rodeados de muchas personas, aunque les hablemos del Evangelio, lo cual es necesario, llevar a las almas a Cristo, y con la ayuda de Dios, apartarlas del bullicio del mundo, hacia la soledad. No solamente ellos, también nosotros, necesitamos de esa soledad para encontrarnos con el Señor, los ruidos en sus diversas formas, ruidos exteriores y ruidos interiores, la oración nos fortalece. Hay muchas personas que dicen que se sienten solas, y otras que para no estar tan solas se apartan incluso a lugares solitarios para estar en la mejor compañía mediante la oración, la lectura de la Sagrada Biblia, la meditación, siempre a la espera de lo que el Señor le quiera hablar.

Estos sermones que a continuación podremos reflexionar, de San Antonio de Padua, están sacado de un libro que compré hace años, en la Editorial Apostolado Mariano. Sevilla. Muchos de los libros que llegué a comprar, se han agotado, y sabe Dios si volverán a reeditarse nuevamente.

Vivencias espirituales

1.               En la soledad hallarás al Señor

Fray Contardo Miglioranza, Franciscano Conventual.

En aquel tiempo dijo Jesús a Pedro: Sígueme (Jn 21, 19). En este pasaje del Evangelio se notan dos cosas: la imitación de Cristo, y el amor que Él tiene hacia su fiel.
La imitación de Cristo se manifiesta en las palabras: Sígueme. Esto lo dijo a Pedro, pero lo dice también a todo cristiano: Sígueme. Por esto afirma Jeremías (3,19): Me llamarás Padre, y no dejará de caminar en pos de Mí. Sígueme, pues; pero no antes, quítate el bagaje, ya que, agobiado por la carga no me puedes seguir a mí que corro. Dice el salmista (118,32): Corrí teniendo sed, se entiende, sed de la salvación humana. ¿Hacia donde corrió? Hacia la cruz.
Entonces corre tú también detrás de Él. Él asumió su cruz por ti, tú también haz lo mismo: toma tu cruz, pero por ti. En el Evangelio de Lucas (9,23) se lee: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo, o sea, se sacrifique la propia voluntad, tome su cruz mortificando la carne, cada día, es decir, continuamente, y me siga. Así, pues, Sígueme.
O, si deseas venir a mí y hallarme, Sígueme, o sea, búscame aparte. Él dijo a sus discípulos (Mc 6,31): Vengan a un lugar apartado, para descansar un poco. Eran tantos los que iban y venían que no les quedaban tiempo ni para comer. ¡Ay de mí! ¡Cuántas pasiones de la carne y cuántos estrépitos de la mente van y vienen por nuestro corazón! Y así no tenemos ni el tiempo de comer el alimento de la eterna dulzura ni de sentir el sabor de la interior contemplación. Por esto el bondadoso Maestro dice: sepárense del alboroto de la multitud y vengan a un lugar apartado, o sea, a la soledad de la mente y del cuerpo, y descansen un poco. Sí, un poco, porque, como se dice en el Apocalipsis (8,1): Se hizo silencio en el cielo por casi media hora; y en el Salmo (54,7): ¿Quién me dará alas como, para volar y hallar descanso?
Oseas (2,14): Yo lo amamantaré, y la llevaré al desierto, y le hablaré a su corazón. En estas tres frases se nota una triple condición (de la vida espiritual): el que comienza, al que progresa y el que es perfecto. La gracia amamanta e ilumina al que está en los comienzos, para que crezca y progrese de virtud en virtud; entonces lo separa del estrépito de los vicios y del tumulto de los pensamientos, y lo lleva a la soledad, o sea, el descanso de la mente; y allí, después de haberlo perfeccionado, le habla al corazón. Eso se logra cuando siente la dulzura de la divina inspiración y se entrega totalmente al gozo espiritual.
¡Oh! ¡Qué grandes son entonces en su corazón la devoción, la admiración y el júbilo! Por la grandeza de la devoción se eleva se eleva sobre sí mismo, por la pujanza de la admiración se siente transportado por encima de sí mismo y por el impulso del éxtasis, se desapega de sí mismo.
Sígueme. Él habla como una madre cariñosa, cuando enseña a su hijito a caminar. Le muestra un pastel o una manzana y le dice: «Ven en pos de mí y te los daré» Y cuando el niño se le acerca hasta casi alcanzarla, la madre se aleja poco a poco, y siempre mostrándole las golosinas, le repite: «Sígueme si quieres recibirlas».
Existen aves que sacan fuera del nido a sus polluelos y con su vuelo les enseñan a volar y a seguirlas. Así obra Cristo: para que le sigamos, Él mismo se ofrece como ejemplo y promete el premio en el Reino de los cielos.
Sígueme, pues, porque yo conozco el buen camino, para guiarte. A este propósito está escrito en el libro de los Proverbios (4,11-12): Yo te muestro el camino de la sabiduría; te conduciré por sendas rectas. Así, cuando camines, tus pasos no serán estorbado; y si corres, no tropezarás.
En el camino de la sabiduría es el camino de la humildad; cualquier otro es el camino de la necedad, porque es el de la soberbia. Este camino nos lo mostró Jesús, al decirnos, Aprended de mí que soy Manso y Humilde de corazón, y hallarán  reposo para sus almas (Mt 11,29). La senda es estrecha, de un ancho para dos pies, para que otro no pueda pasar. Senda deriva de «semis», que significa «medio camino».
Sendas de la rectitud son las de la pobreza y de la obediencia, por las que Cristo, pobre y obediente te conduce con su ejemplo. En aquellas sendas no hay nada tortuoso, sino todo es rectilíneo y llano. Pero lo que suscita maravillas, es el hecho de que, aún siendo tan estrechas, los pasos que las recorren no se hallan estorbados. En cambio, el camino del mundo es ancho y espacioso; sin embargo, los que viven según el mundo, no lo hallan suficientemente ancho, como les pasa a los borrachos que hallan estrecho todo camino, aun si es muy ancho.
El mal, efectivamente, tiene su congénita angostura; en cambio, la pobreza y la obediencia por un lado estrechan y condicionan por el otro dan libertad, porque la pobreza hace ricos y la obediencia hace libres. El que corre por estos senderos en pos de Jesús, no halla tropiezos ni de las riquezas ni de la propia voluntad.
Sígueme, pues, y te mostraré lo que «ni ojo vio, ni oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman» (1Cor 2,9). Sígueme, y, como dice Isaías (45,3 y 60,5): «Te daré tesoros escondidos y secretos arcanos; y tú, al verlo, te pondrás radiante, y tu corazón palpitará y se dilatará».
Verás a Dios cara a cara como es (1Jn 3,2); estarás colmado de deleites y de riquezas de la doble estola del alma y del cuerpo. Tu corazón admirará los órdenes de los ángeles y las moradas de los bienaventurados, y por el gozo se dilatará en el júbilo y en la alabanza.


* * *
El amor de Cristo hacia quien le es fiel se ve, por ejemplo, en el pasaje: Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien amaba Jesús, aquel que en la cena se había inclinado sobre su pecho (Jn 21,20)
El que de veras sigue a Cristo, desea que todos lo sigan; y por esto se dirige hacia su prójimo con fervorosa solicitud, devota oración y predicación de la Palabra. Justamente esto significa el volverse de Pedro; y concuerda con la parte final del Apocalipsis (22,17): El esposo y la esposa -o sea, Cristo y la Iglesia– dicen: “Ven”. Y el que escucha, diga también; “Ven” ».
Cristo, por medio de la inspiración, y la Iglesia, por medio de la predicación, dicen al hombre: «Ven». Y el que escucha estas palabras, a su vez, diga a su prójimo: «Ven», o sea, «Sigue a Jesús».
Volviéndose, Pedro vio que lo seguía aquel discípulo, a quien Jesús amaba. Jesús ama al que le sigue. Por esto se le puede aplicar lo de los Números (14,24): A mi siervo Caleb, que me siguió fielmente, lo introduciré en el país que ha explorado, y sus descendientes lo poseerán.

* * *
El discípulo que Jesús amaba. Se calla el nombre, pero con esas palabras se indica a Juan, y se le distingue de los demás, no porque Jesús lo ama a él solo, sino que lo amaba más que a los demás. Amaba también a los demás, pero a éste lo amaba con mayor familiaridad. Lo enriqueció con una más abundante dulzura de su amor, porque fue elegido siendo virgen y virgen permaneció; por esto Jesús le confió a su Madre.
En la cena Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús. Fue una manera de gran amor el haberse reclinado ¡sólo él! Sobre el pecho de Jesús, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2,3). En este gesto se representaban todos los misterios de las cosas divinas que Juan, a diferencia de los demás apóstoles, más adelante escribiría.
Observa que Jacob descansó sobre una piedra y Juan sobre el pecho de Jesús; aquel durante el viaje, éste durante la cena. En Jacob son simbolizados los peregrinos, en Juan los bienaventurados; aquellos durante el camino terrenal, éstos ya llegados a la Patria celestial.
En el Génesis (28,10-13) se lée: «Jacob salió de Bersebá y fue a Jarán. Al querer descansa, tomó una piedra por almohada y durmió. En el suelo vio una escala, apoyada en la tierra y que tocaba el cielo, y por lo cual subían y bajaban los ángeles de Dios; y el Señor estaba en lo alto».
Jacob es el justo que todavía peregrina en esta tierra, en la que está sujeto a muchas luchas; parte de Bersebá, que significa «pozo» y representa justamente el pozo sin fondo de la codicia humana; va hacia Jarán, que significa «excelso» y por eso representa la Jerusalén celestial. Por eso dice Habacuc (cf. 3,16); subiré a un pueblo armado que triunfó sobre un mundo perverso, que triunfó sobre un mundo perverso.
Y porque desea aliviar las fatigas de su peregrinación, coloca una piedra, la firmeza de la fe; la escala erguida, el doble amor (hacia Dios y el prójimo). Los ángeles son los hombres justos, que suben a Dios con la elevación de su, mente, pero también se inclinan hacia el prójimo a través de la compasión del alma.
El justo pues, durante su peregrinación terrenal para descansar, posa la mente en la firmeza de la fe. Por eso se lee en los Proverbios (30,26). El gazapo es por su naturaleza débil y por eso hace su cueva entre las piedras. El gazapo, animal tímido, representa al que es débil espiritualmente, y por ende no sabe oponerse contra las ofensas de todo género, y para descansar y dormir, coloca el lecho de su esperanza en la piedra de la fe. Así ve erigida en sí mismo la escala de la caridad.
Observa que el Señor está apoyado en la escala por dos motivos: para sostenerla y acoger a los que suben por ella. El sostiene, efectivamente, el peso de nuestra fragilidad, para que podamos subir mediante las obras de caridad; y acoge a los que suben, para que, con Él, que es eterno y dichoso, también nosotros seamos eternos y dichosos.
Entonces en aquella cena que nos saciará para siempre, descansaremos con Juan sobre el pecho de Jesús. Como el corazón está en el pecho, así el amor está en el corazón. Descansaremos en su amor, porque lo amaremos con todo el corazón, y con tora el alma, y hallaremos en Él todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.
¡Oh amor de Jesús! ¡Oh tesoro puesto en el amor, oh sabiduría de inestimable sabor, o ciencia de todo saber! Dice el salmista (16,15): Me saciaré cuando aparezca tu semblante radiante; y: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo. (Jn 17,3). A Él sean gloria y alabanza por los siglos eternos. ¡Amén!
(En la fiesta de San Juan Evangelista: III, 31-35)


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