domingo, 1 de abril de 2018

«¡Jesús ha resucitado!» (Mc 16,1-7)



«¡Jesús ha resucitado!» (Mc 16,1-7)

1 Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. 2 Y, muy de mañana, al día siguiente del sábado, llegaron al sepulcro cuando ya estaba saliendo el sol. 3 Y se decían unas a otras:
—¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
4 Y al mirar vieron que la piedra había sido removida, a pesar de que era muy grande. 5 Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. 6 Él les dice:
—No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron. 7 Pero marchaos y decid a sus discípulos y a Pedro que él va delante de vosotros a Galilea: allí le veréis, como os dijo.

 Comentarios doctrinal a la lectura del Evangelio: 

La primera predicación de los Apóstoles (cfr Hch 2,22-32; 3,13-15; etc.) recordaba que «Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras» (1 Co 15,3-4). Marcos ha subrayado (cfr 15,44-45) la muerte real del Señor y recoge ahora la verdad de la resurrección. «Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado» (v. 6), dice el joven. El mismo nombre escrito en el título de la Cruz es proclamado ahora para anunciar el triunfo glorioso de su resurrección. De esta forma San Marcos da explícito testimonio de la identidad del crucificado y el resucitado.
La resurrección gloriosa de Jesucristo es el misterio central de nuestra fe —«Si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe» (1 Co 15,14)— y fundamento de nuestra esperanza (1 Co 15,20-22). La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado, el dolor y el poder del demonio. Ciertamente, como afirma San Agustín, «en ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (Enarrationes in Psalmos 88,2,5); sin embargo, esta misma fe confiesa que «Cristo resucitó con su propio cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24,39); pero Él no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en Él “todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora” (Conc. de Letrán IV, cap 1), pero este cuerpo será “transfigurado en cuerpo de gloria” (Flp 3,21), en “cuerpo espiritual” (1 Co 15,44)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 999).
En el anuncio del joven del sepulcro se contienen además (cfr v. 7) unas indicaciones que condensan lo que será la vida de la Iglesia naciente: los discípulos, y especialmente Pedro, deben ser testigos de la resurrección y de su significado. Esa misión se inicia en Galilea. La región que en la vida terrena de Cristo era el lugar de encrucijada entre judíos y paganos se convierte ahora en signo de la misión universal de la Iglesia. Y «la Iglesia, pues, diseminada por el mundo entero guarda diligentemente la predicación y la fe recibida, habitando como en una única casa; y su fe es igual en todas partes, como si tuviera una sola alma y un solo corazón, y cuanto predica, enseña y transmite, lo hace al unísono, como si tuviera una sola boca» (San Ireneo, Adversus haereses 1,10,2).
Desde los primeros tiempos de la Iglesia, este primer día después del sábado es llamado día del Señor, porque «después de la tristeza del sábado, resplandece un día feliz, el primero entre todos, (...) ya que en él se realiza el triunfo de Cristo resucitado» (S. Jerónimo, Commentarium in Marcum, ad loc.). Por eso, «los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 18). Si en el domingo se conmemora la salvación, se entiende la enseñanza de la Iglesia: «El deber de santificar el domingo, sobre todo con la participación en la Eucaristía y con un descanso lleno de alegría cristiana y de fraternidad, se comprende bien si se tienen presentes las múltiples dimensiones de ese día» (ibidem, n. 7). (Sagrada Biblia; Nuevo Testamento. Eunsa)
  •  ·        16,1-8. Las mujeres piadosas fueron informadas de la Resurrección de Cristo por un hombre joven, un ángel, que les dio el mensaje para Pedro y los Apóstoles (La mención específica de Pedro es una indicación de su primacía entre los Once). La resurrección tuvo lugar en domingo, que pasó a conocerse como el Día del Señor, el día fijado para el culto cristiano [#333, #1166-1167, #2174] (Sagrada Biblia Didajé. Conferencia Episcopal Española)
  • ·        16,7 Esto fue precisamente lo que Cristo había dicho a los Doce cuando les anunció sus deserciones en Marcos, 14,29. [#652]

Nosotros hemos resucitado gracias al sacramento del Bautismo. A mi parecer, ser cristiano es ser completamente fiel a Cristo, y estoy convencido de ello.
Todos queremos ser auténticos cristianos, pero lo que nos impide el serlo, es que después de celebrar la Semana Santa; el Triduo Pascual, el Domingo de Pascua de Resurrección, sería como apostatar de este camino de salvación cada vez que ponemos nuestro corazón en los elementos de este mundo, que queremos pasarlo bien divirtiéndonos, porque así es el alma que se deja educar por el mundo y no por Dios. 
La limpieza interior, arrojando fuera todos los obstáculos que nos estorban en la fidelidad a Cristo. Nosotros será imposible, pero es que el Señor nos ofrece su ayuda, que es la oración perseverante. Yo no sería cristiano si imitase la conducta de este mundo, de nuestro hombre viejo, no, eso no es ser cristiano.
Un día, San Jerónimo que tenía por costumbre de leer libros de filósofos paganos, había enfermado, y no es por delirio, cuando el Señor se le mostró, y le habría preguntado a Jerónimo si era cristiano, él respondió que era cristiano, y le dice Jesús, “Mientes, eres Ciceroniano”, comprendió que esas lecturas no eran saludables para su vida espiritual, y se dedicó a estudiar la Sagrada Biblia.

Hoy sucede que son muchos, que se dicen cristianos, pero su corazón lo tiene en otras vías, lejos de Cristo. Porque no podemos servir a Dios y al mundo, hemos de renunciar a todo lo que no nos ayude a ser fieles al Señor. Tenemos un alma que salvar, la nuestra. Cada cual se preocupa de su salvación, y todos oramos unos por otros con el fin que alcancemos la salvación.



BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 26 de marzo de 2008
La resurrección de Cristo
clave de bóveda del cristianismo
Queridos hermanos y hermanas:
«Et resurrexit tertia die secundum Scripturas», «Resucitó al tercer día según las Escrituras». Cada domingo, en el Credo, renovamos nuestra profesión de fe en la resurrección de Cristo, acontecimiento sorprendente que constituye la clave de bóveda del cristianismo. En la Iglesia todo se comprende a partir de este gran misterio, que ha cambiado el curso de la historia y se hace actual en cada celebración eucarística.
Sin embargo, existe un tiempo litúrgico en el que esta realidad central de la fe cristiana se propone a los fieles de un modo más intenso en su riqueza doctrinal e inagotable vitalidad, para que la redescubran cada vez más y la vivan cada vez con mayor fidelidad: es el tiempo pascual. Cada año, en el «Santísimo Triduo de Cristo crucificado, muerto y resucitado», como lo llama san Agustín, la Iglesia recorre, en un clima de oración y penitencia, las etapas conclusivas de la vida terrena de Jesús: su condena a muerte, la subida al Calvario llevando la cruz, su sacrificio por nuestra salvación y su sepultura. Luego, al «tercer día», la Iglesia revive su resurrección: es la Pascua, el paso de Jesús de la muerte a la vida, en el que se realizan en plenitud las antiguas profecías. Toda la liturgia del tiempo pascual canta la certeza y la alegría de la resurrección de Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, debemos renovar constantemente nuestra adhesión a Cristo muerto y resucitado por nosotros: su Pascua es también nuestra Pascua, porque en Cristo resucitado se nos da la certeza de nuestra resurrección. La noticia de su resurrección de entre los muertos no envejece y Jesús está siempre vivo; y también sigue vivo su Evangelio.
«La fe de los cristianos —afirma san Agustín— es la resurrección de Cristo». Los Hechos de los Apóstoles lo explican claramente: «Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17, 31). En efecto, no era suficiente la muerte para demostrar que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, el Mesías esperado. ¡Cuántos, en el decurso de la historia, han consagrado su vida a una causa considerada justa y han muerto! Y han permanecido muertos.
La muerte del Señor demuestra el inmenso amor con el que nos ha amado hasta sacrificarse por nosotros; pero sólo su resurrección es «prueba segura», es certeza de que lo que afirma es verdad, que vale también para nosotros, para todos los tiempos. Al resucitarlo, el Padre lo glorificó. San Pablo escribe en la carta a los Romanos: «Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rm 10, 9).
Es importante reafirmar esta verdad fundamental de nuestra fe, cuya verdad histórica está ampliamente documentada, aunque hoy, como en el pasado, no faltan quienes de formas diversas la ponen en duda o incluso la niegan. El debilitamiento de la fe en la resurrección de Jesús debilita, como consecuencia, el testimonio de los creyentes. En efecto, si falla en la Iglesia la fe en la Resurrección, todo se paraliza, todo se derrumba. Por el contrario, la adhesión de corazón y de mente a Cristo muerto y resucitado cambia la vida e ilumina la existencia de las personas y de los pueblos.
¿No es la certeza de que Cristo resucitó la que ha infundido valentía, audacia profética y perseverancia a los mártires de todas las épocas? ¿No es el encuentro con Jesús vivo el que ha convertido y fascinado a tantos hombres y mujeres, que desde los inicios del cristianismo siguen dejándolo todo para seguirlo y poniendo su vida al servicio del Evangelio? «Si Cristo no resucitó, —decía el apóstol san Pablo— es vana nuestra predicación y es vana también nuestra fe» (1Co 15, 14). Pero ¡resucitó!
El anuncio que en estos días volvemos a escuchar sin cesar es precisamente este: ¡Jesús ha resucitado! Es «el que vive» (Ap 1, 18), y nosotros podemos encontrarnos con él, como se encontraron con él las mujeres que, al alba del tercer día, el día siguiente al sábado, se habían dirigido al sepulcro; como se encontraron con él los discípulos, sorprendidos y desconcertados por lo que les habían referido las mujeres; y como se encontraron con él muchos otros testigos en los días que siguieron a su resurrección.
Incluso después de su Ascensión, Jesús siguió estando presente entre sus amigos, como por lo demás había prometido: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). El Señor está con nosotros, con su Iglesia, hasta el fin de los tiempos. Los miembros de la Iglesia primitiva, iluminados por el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar el anuncio pascual abiertamente y sin miedo. Y este anuncio, transmitiéndose de generación en generación, ha llegado hasta nosotros y resuena cada año en Pascua con una fuerza siempre nueva.
De modo especial en esta octava de Pascua, la liturgia nos invita a encontrarnos personalmente con el Resucitado y a reconocer su acción vivificadora en los acontecimientos de la historia y de nuestra vida diaria. Por ejemplo, hoy, miércoles, nos propone el episodio conmovedor de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Después de la crucifixión de Jesús, invadidos por la tristeza y la decepción, volvían a casa desconsolados. Durante el camino conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado en aquellos días en Jerusalén; entonces se les acercó Jesús, se puso a conversar con ellos y a enseñarles: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 25-26). Luego, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
La enseñanza de Jesús —la explicación de las profecías— fue para los discípulos de Emaús como una revelación inesperada, luminosa y consoladora. Jesús daba una nueva clave de lectura de la Biblia y ahora todo quedaba claro, precisamente orientado hacia este momento. Conquistados por las palabras del caminante desconocido, le pidieron que se quedara a cenar con ellos. Y él aceptó y se sentó a la mesa con ellos. El evangelista san Lucas refiere: «Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24, 30). Fue precisamente en ese momento cuando se abrieron los ojos de los dos discípulos y lo reconocieron, «pero él desapareció de su lado» (Lc 24, 31). Y ellos, llenos de asombro y alegría, comentaron: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32).
En todo el año litúrgico, y de modo especial en la Semana santa y en la semana de Pascua, el Señor está en camino con nosotros y nos explica las Escrituras, nos hace comprender este misterio: todo habla de él. Esto también debería hacer arder nuestro corazón, de forma que se abran igualmente nuestros ojos. El Señor está con nosotros, nos muestra el camino verdadero. Como los dos discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan, así hoy, al partir el pan, también nosotros reconocemos su presencia. Los discípulos de Emaús lo reconocieron y se acordaron de los momentos en que Jesús había partido el pan. Y este partir el pan nos hace pensar precisamente en la primera Eucaristía, celebrada en el contexto de la última Cena, donde Jesús partió el pan y así anticipó su muerte y su resurrección, dándose a sí mismo a los discípulos.
Jesús parte el pan también con nosotros y para nosotros, se hace presente con nosotros en la santa Eucaristía, se nos da a sí mismo y abre nuestro corazón. En la santa Eucaristía, en el encuentro con su Palabra, también nosotros podemos encontrar y conocer a Jesús en la mesa de la Palabra y en la mesa del Pan y del Vino consagrados. Cada domingo la comunidad revive así la Pascua del Señor y recibe del Salvador su testamento de amor y de servicio fraterno.
Queridos hermanos y hermanas, que la alegría de estos días afiance aún más nuestra adhesión fiel a Cristo crucificado y resucitado. Sobre todo, dejémonos conquistar por la fascinación de su resurrección. Que María nos ayude a ser mensajeros de la luz y de la alegría de la Pascua para muchos hermanos nuestros.
De nuevo os deseo a todos una feliz Pascua.

* * * * * * *


Reflexión.
Volviendo al Evangelio (Mc 16,3-4), aquellas mujeres preocupadas, preguntaban:

--¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?

Nuestro corazón es como un sepulcro lleno de inmundicias cuando no tenemos a Jesucristo y nos entretenemos en nuestros vicios y pecados. Entonces ahí no está Jesucristo, en ese corazón hediondo y putrefacto. Pero queremos cambiarlo, el examen de conciencia, el sacramento de la confesión, el dolor de nuestros pecados que nos había dejados en las tinieblas donde no hay luz, pues la luz de la gracia disipa todas nuestras tinieblas interiores.
Cada día necesitamos ampliar el momento de nuestra conversión, no nos detenemos, sino que avanzamos siguiendo las huellas de Nuestro Señor Jesucristo.
Ayer durante la Santa Misa, todos hemos renunciado al demonio, al mundo, y nuestro "yo", pues ese creer en Cristo no es un retorno a las oscuridades de nuestro hombre viejo. Tenemos que hacerle morir, para que la vida nueva en Cristo Jesús sea el camino hacia el Padre Celestial. 

Benedicto XVI nos ha recordado: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). ¡Todos los días!, ¿Lo tenemos claro? Y esto es verdad, Jesús esta todos los días con nosotros, está con su Iglesia, nosotros somos esa parte de la Iglesia que el Señor protege, y si nos protege a cada uno de nosotros, no debemos de ninguna manera renunciar a su protección para terminar siendo devorado por la corrupción del pecado. 



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