miércoles, 17 de mayo de 2017

San Pascual Bailón

San Pascual Bailón
17 de mayo



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San Pascual Bailón
San Pascual nace en Torrehermosa (Zaragoza. España) el 16 de mayo de 1540. A los 7 años se traslada a Alconchel de Ariza, ejerciendo el ejercicio de pastor. Más tarde se traslada a Monforte del Cid (Alicante). En la ermita de la aparición tiene una visión de Jesucristo en la Eucaristía. Ingresa en los franciscanos de la Reforma Alcantarina en el convento de Nuestra Señora de Orito, en Orito, pedanía de Monforte del Cid. Recibe el hábito en 1564 en el convento de San José, Elche (Alicante). Se le encomienda el oficio de Limosnero que desempeña en Elche, Novelda, Aspe, Játiva, Alicante. Además, hace de portero, hortelano, cocinero, refitolero. La piedad eucarística y mariana la cultiva a lo largo de toda su vida religiosa. Muy sensible a la caridad fraterna con los valores franciscanos de la humildad, sencillez y pobreza, cautiva al pueblo cristiano por su unión con Dios por medio de Cristo crucificado, presente en la Eucaristía, y se entrega a los hermanos. Fallece en Villareal (Castellón, España) el 17 de mayo de 1592. El Papa Pablo V lo declara beato el 29 de octubre de 1618; Alejandro VIII lo canoniza el 16 de octubre de 1690 y León XIII lo proclama Patrono de los Congresos Eucarísticos el 26 de noviembre de 1897.

Liturgia de las Horas de la Familia Franciscana
Segunda edición 1986.
Propio de la Familia Franciscana
También: Liturgia de las Horas, edición Conferencia Episcopal Española.

La eucaristía, vínculo de paz y de unidad

Del breve apostólico Providentíssimus del papa León XIII

Para animar a los católicos a profesar valientemente su fe y a practicar las virtudes cristianas, ningún medio es más eficaz que el que consiste en alimentar y aumentar la piedad del pueblo hacia aquella admirable prenda de amor, vínculo de paz y de unidad, que es el sacramento de la eucaristía.

Ahora bien, entre aquellos cuya piedad para con este sublime misterio de la fe se manifestó con más vívido fervor, Pascual Bailón ocupa el primer lugar. Dotado por naturaleza de muy delicada afición a las cosas celestia­les, después de haber pasado santamente la juventud en la guarda de su rebaño, abrazó una vida más severa en la Orden de Frailes Menores de la estricta observancia, y mereció por sus meditaciones sobre el convite eucarístico adquirir la ciencia relativa a él; hasta el punto de que aquel hombre, desprovisto de nociones y aptitudes literarias, resultó capaz de responder a preguntas sobre las más difíciles materias de fe, y hasta de escribir libros piadosos. Pública y abiertamente profesó la verdad de la eucaristía entre los herejes y, por ello, tuvo que pasar por graves pruebas. Émulo del mártir Tarsicio, fue varias veces amenazado con la muerte.

Creemos, pues, que las asociaciones eucarísticas no pueden ser confiadas a mejor patronazgo. Llenos de confianza, hacemos votos porque los ejemplos de este santo den por fruto el aumento de aquellos que, en el pueblo ­cristiano, dirigen cada día su celo, sus intenciones y su amor a Cristo Salvador, principio el más alto y el más augusto de toda salvación.


Oración:
Oh Dios, que otorgaste a san Pascual Bailón un amor extraordinario a los misterios del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo, concédenos la gracia de alcanzar las divinas riquezas que él alcanzó en este sagrado banquete que preparas a tus hijos. Por nuestro Señor Jesucristo.






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San Pascual Bailón

17 de mayo
Año Cristiano, Tomo V, mes de mayo

[Biblioteca de Autores Cristianos] BAC. Madrid. 2004
Bibliografía extensa. páginas: 362-368.
Villarreal, municipio de la provincia de Castellón de la Plana, sobre la carretera de Valencia a Barcelona, hoy [1959] con más de 20.000 habitantes, de terreno llano y suelo fértil, regado por el Mijares, centro agrícola con extensos naranjales, que ostenta con orgullo uno de los templos parroquiales mayores de España, la arciprestal de San Jaime, presenta aún con más ufanía el convento franciscano del Rosario, en el cual murió el biografiado, se conservaron los restos del mismo hasta la guerra del 36 y se levanta ahora en su honor el templo votivo eucarístico internacional.

¡Qué contraste con la villa zaragozana de 400 habitantes, Torrehermosa, arrullada por el Jalón, la que fue cuna del Santo, en la diócesis de Sigüenza!

Mas hay que saltar a sus recintos por el siglo XVI.

España termina su secular cruzada contra el moro. Enriquecida con un mundo nuevo, toca al apogeo de su gloria. «Cuando ella se mueve –solía decirse–, la Europa tiembla.»

Por ella pasean sus flores de santidad Ignacio, Javier, Teresa, Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara. Pero también otro que, no siendo en su vida celebridad española, en el correr de los años resultó ser celebridad mundial.

Unos inquilinos del monasterio cisterciense de Puerto Regio, pobres de fortuna del dinero, pero ricos de fortuna del temor de Dios. Llámanse Martín Bailón e Isabel Jubera.

Padres de un santo cuyo nombre será Pascual, por haber visto la luz en Pascua de Pentecostés de 1540, 17 de mayo.

Ese mismo día, pero de 1592, el hijo más ilustre de Torrehermosa, a los cincuenta abriles de su caminar en este valle hondo, emprende su vuelo de gloria, para recibir los honores de la canonización en 1690 por intervención del infalible Alejandro VIII.

Pastor ideal durante diecisiete años, desde los siete de su edad. Luego hermano lego franciscano durante veintiocho, desde 1564; modelo, dentro de la reforma alcantarina, como indica la liturgia de su fiesta, de jóvenes y mayores.

La historia cuenta con elevados al honor de los altares cuyos rasgos eucarísticos son más nutridos; pero no con otro que haya sido declarado por el Vicario de Jesucristo patrón de las asambleas y obras eucarísticas ya desde 1897.

¿Su retrato físico?

Era el Santo de mediana estatura, de buena presencia y de rostro gracioso y amable, aunque no expansivo.

Tenía en su frente algunas arrugas y un principio de calvicie. Sus ojos azules, pequeños, brillantes, estaban protegidos por pestañas y cejas negras. La nariz y la boca eran regulares. Veíase bajo sus labios, de derecha a izquierda, una cicatriz que le daba las apariencias de estar siempre sonriendo. Color moreno. Barba rala. Carrillos salientes.

De temperamento irascible unido a su gran fuerza de voluntad, disfrutó de ordinario de buena salud, a excepción de los cinco últimos años de su existencia, que fueron para él un prolongado y cruel martirio.

Pero nos interesan más sus retratos moral y eucarístico.

Vida pastoril.
El zurrón del niño era una diminuta biblioteca con libros piadosos y el oficio parvo de la Virgen, que rezaba diariamente. Su cayado cuelga, bajo la cruz, una imagen de María.

Su conversación era agradable; sus modales, suaves; su humor, templado.

A la austeridad entrañada por el pastoreo añadía voluntarias mortificaciones, como el andar descalzo por lugares escabrosos.

Su amor a la pobreza culminó en el hecho de rehusar el ser heredero de su amo, Martín García, hombre poderoso, propietario de muchas posesiones. Prefiere seguir la estrella de su vocación religiosa, dejando a sus padres, amo y tierra natal. Se presenta en el reino de Valencia al convento de Nuestra Señora de Loreto, recientemente fundado por los reformados de San Pedro de Alcántara en una soledad contigua a la villa de Monforte (Alicante).

Su timidez para hablar con el guardián le dejó otros cuatro años al servicio de ovejas en aquella vecindad. Su piedad, su frecuencia de sacramentos en el convento de franciscanos le delataron como santo pastor, mote con que era conocido.

Era tal su delicadeza que se denunciaba a sí mismo cuando su ganado hacía daño en campo ajeno. Resarcía perjuicios de su soldada.

Por fin habla con el padre guardián, quien le admite como aspirante a las órdenes sagradas, sin que acepte esta calidad la humildad del hombre de Dios. Su única ambición es ser «la escoba de la casa de Dios».

El 2 de febrero de 1564 recibe el hábito en Loreto. Aquí permanece hasta 1573. Los cinco años siguientes en Villena, Elche, Jumilla, Ayora, Valencia y Játiva. De 1589 a 1592 es el apóstol y bienhechor de Villarreal, verdadera villa regia a la sazón, con su palacio magnífico, con sus reductos y baluartes, con sus grandes calles y deliciosas avenidas, y con las ondas azuladas del Mediterráneo, que ofrecían a sus pies una graciosa alfombra.

Siendo sus ocupaciones casi idénticas, el curso de su existencia se desarrolla en un plan más bien monótono.

Uno de sus biógrafos le retrata así como religioso:

«Su único vestido era una túnica. Bajo la túnica llevaba cilicio o una cadena ajustada a la cintura; su lecho, la tierra. Trabajaba animosamente. Al volver de mendigar por los pueblos levantinos, Elche, Novelda, Aspe, Játiva, Alicante, llegaba con frecuencia al convento con una carga que era más propia para un jumento. »

Desempeñó varios oficios: los de portero, hortelano, cocinero, refitolero y limosnero. Uno de los mayores gustos era recoger las sobras de la comida para destinarlas a los pobres. Cuando había colocado en orden los platos, el pan en su sitio y las botellas llenas, caía de rodillas en el refectorio y rezaba largo rato, hasta que se levantaba agitado por un impulso misterioso que le obligaba a correr, a dar voces inarticuladas y a bailar delante de la Virgen. No todos se ponían serios ante estos hechos incomprendidos.

Una página entusiasta de su novicio amigo y superior:

«Nunca pensaba en satisfacer el menor capricho. Siempre ponía estudio en mortificarse a sí propio. Yo he visto brillar en él la humildad, la obediencia, la mortificación, la castidad, la piedad, la dulzura, la modestia y, en suma, todas las virtudes: y no puedo decir a ciencia cierta en cuál de ellas llevaba ventaja a las demás...»

Los conventos se disputaban la presencia del humilde y servicial hermano. En Jerez le conoció el predicador Jiménez, ya citado: «¡Dios santo, cómo venía! –exclama–. Vile entrar en la iglesia, mientras decía la misa mayor, descalzo, polvoriento, sin capa, con sólo una túnica vil, andrajosa y estrecha, que parecía un saco.» Así viajaba siempre, recorriendo centenares de kilómetros, padeciendo hambre y sed, sembrando consejos, predicando elocuentísimamente con el ejemplo.

El franciscano no era guerrero, ni orador de fama, ni escritor fino, ni científico de renombre, ni médico buscado. Ni llenaba el mundo con talentos extraordinarios. Teólogo sí lo era, con ciencia infusa; místico lo era también, como lo comprobaron los versados padres Juan Jiménez y Manuel Rodríguez.

Lo que más vale: era... artista de la santidad.

La Iglesia ha consagrado la devoción eucarística del Santo en la oración colecta del 17 de mayo:

«¡Oh Dios, que honraste a tu santo confesor Pascual con una admirable devoción a los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre; concede propicio que merezcamos recibir nosotros también el gozo espiritual que él recibió de este banquete!»

Es expresiva también la frase de la lectura abreviada del oficio de su festividad: «Ardió en tierna y constante devoción para con la Eucaristía.»

Roma se mueve sobre hechos sólidos. [...]

Navarro, mayoral del señor García, patrón del pastorcillo, escribe:

«Permitíale a veces asistir a misa durante la semana. No podía proporcionarle cosa alguna que fuese tanto de su agrado. Hay una montaña próxima a Elche desde la cual se divisa toda la población. En dicha montaña veíasele permanecer como en éxtasis durante largas horas, mirando alternativamente, ya a Elche, ya a Loreto. Alejábase con tristeza del templo, y, siempre que desde el campo sentía la señal de la campana anunciando el momento en que el santo sacrificio llegaba al acto de la consagración, reconcentrábase dentro de sí mismo para no pensar sino en Dios. Pascual oraba cierto día de rodillas y con las manos juntas. Óyese en este momento el sonido de la campana y exhala un grito: “¡Mirad! ¡Allá, allá!”, dice, indicando con el dedo el cielo. Sus ojos descubren una estrella en el firmamento...; luego la nube se rasga, y Pascual contempla, como si estuviera delante del altar, una hostia puesta sobre un cáliz y circuida por un coro de ángeles que la adoran. Aunque lleno el joven de temor en un principio, no tarda mucho en dejarse llevar de sus transportes de alegría: ¡Jesús, Jesús se encuentra allí!»

Siendo franciscano nada le contenta tanto como ayudar a misa.

Hasta París llegó en 1576 el antiguo pastorcillo, llevando una carta del provincial de Aragón al general de la Orden. En aquellos tiempos eso era una verdadera hazaña.

En una ciudad dominada por los envalentonados herejes, un hombre, poniéndole un puñal en el pecho, le había preguntado: –«¿Dónde está Dios?»;

–«En el cielo», contestó Pascual. Luego gemía el Santo: «Ay de mí, no he confesado mi fe: no soy mártir de la Eucaristía por mi falta de memoria, por mi descuido, por mi debilidad. Debiera haber dicho que Dios está en el Santísimo Sacramento.»

En un pueblo francés preguntáronle los herejes si creía en la presencia real. Él contestó afirmativamente. Empezaron los enemigos a argüir con mil sofismas. Mas Pascual desenmascaró el error con tal abundancia de doctrina, que los herejes se sintieron acorralados y con rabia diabólica le apedrearon despiadadamente.

Lo mismo cavando que cociendo berzas andaba unido con el Señor y repetía bellas jaculatorias;

«Oh luz sin mancha –decía recordando la comunión de la mañana–, ¿qué delicias puedes encontrar en hombrecillo como yo? ¿Por qué has querido entrar en mi pecho y hacer de él un templo de tu majestad?»

Jiménez, superior de nuestro Santo, depone:

«Él pasaba todo el tiempo posible en adoración ante el Santísimo Sacramento. Al pie del tabernáculo se le hallaba después de maitines hasta la hora de las misas; ¡estaba armándose para la jornada! Al pie del tabernáculo le sorprendía el anochecer; ¡estaba descansando de sus fatigas!... Cuando limosnero, con la alforja al hombro, camina sin tregua, indiferente a los ardores del sol como a las heladas ráfagas del viento. Aspe, Ayorte, Elda, Novelda y Alicante viéronle atravesar sus calles. Su primer cuidado en cada pueblo es acercarse al sagrario y orar largo rato. Los sacerdotes observaron que el Santo hablaba poco y que su breve conversación iba dirigida preferentemente a Jesús Sacramentado. Luego realiza su dicho: “Tengo gusto en dormir al descubierto.”»

Ocho días dura su enfermedad de tabardillo y dolor de costado. El paciente no exhala ni una queja ni pide medicinas ni alimentos.

En su lecho de muerte pregunta al hermano que le cuida:

– «¿Has dado ya la señal para la misa mayor?»; – «Sí», le respondieron. Inmediatamente se llenó de satisfacción. Su alma voló a la patria de eterna gloria en el momento de la elevación.

La misma liturgia relata la maravilla: Cuando el cadáver del Santo se hallaba en el féretro durante el funeral, con asombro general de los asistentes, en el momento de la elevación, abre y cierra los ojos por dos veces.

Punto final, cantando la canción del serafín, que convida a la comunión:

¿Quién come suplicaciones
que sin dinero se dan,
que es Dios debajo del pan?

Es una fruta muy buena,
de gran sabor y consuelo,
que vino de allá del cielo,
y al mismo cielo nos lleva.
Esta suerte le dio a Eva,
ésta dio la vida a Adán,
que es Dios debajo de pan.



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(Más sobre San Pascual Bailón, ir aquí:

martes, 16 de mayo de 2017

San Antonio de Padua: 5. El mundo te puede distraer y engañar


SAN ANTONIO DE PADUA
Escritos Selectos
Selección y traducción de Fray Contardo Miglioranza O.F.M.C.
Apostolado Mariano. Sevilla
Parte Primera
Vivencias espirituales

[Martes, 16 de mayo de 2017]

5. El mundo te puede distraer y engañar

¿No sabes que los que recibimos el bautismo de Cristo, fuimos bautizados en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo para compartir su muerte. De esa manera, como Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la Gloria del Padre, así también nosotros debemos caminar en una vida nueva. Si nos unimos a Cristo con una muerte semejante a la suya, también así nos uniremos a Él en su resurrección. (Rom 6,3-5).

He aquí expresada la justificación en cinco puntos.

Observa que del costado de Cristo salieron sangre y agua: el agua del bautismo y la Sangre de la Redención; el agua en razón del cuerpo, porque las muchas aguas simbolizan a muchos pueblos (Ap 17,15); la sangre en razón del alma, porque la sangre es la vida (Dt 12,23). Por eso debemos darnos completamente a Dios, porque nos redimió totalmente para poseernos enteramente.
Los que recibimos el bautismo de Cristo, o sean en la fe de Jesucristo, fuimos purificados en su muerte, o sea, en su sangre. Por esto el Apocalipsis (1,5) nos dice: Cristo nos amó y nos lavó de nuestros pecados en su sangre.
Observa que la sangre sacada del costado de una paloma quita del ojo una mancha de sangre. Por lo tanto, nosotros, según lo que somos, y según lo que podemos debemos honrar y reverenciar a Aquel que con su Sangre quitó del ojo de nuestra alma la mancha de sangre. Cristo es nuestra paloma sin hiel, el cual, en lugar del canto, emite gemidos y sollozos, y quiso que le abrieran el costado para purificar de los ojos de los ciegos la mancha de sangre y abrir a los desterrados las puertas del paraíso.
Pero nosotros también debemos brindar nuestra colaboración. Mediante el bautismo, fuimos sepultados para compartir su muerte, o sea, para hacer morir nuestros vicios. Como Cristo, soportando el dolor de la cruz y teniendo los miembros desgarrados y clavados, halló paz en el sepulcro, desapareciendo de los ojos humanos, así debemos hacer nosotros también. Debemos sostener la cruz de la penitencia y clavar nuestros miembros mediante la continencia. De esa manera no volveremos más a los pecados, podremos lograr una paz perfecta y no tendremos más ni la visión ni la memoria de nuestro pasado.
También al prójimo debemos ofrecer amor. Como Cristo, resucitando de los muertos, se apareció a los discípulos y cambió en gozo su tristeza, así nosotros, resucitando de las obras muertas para gloria del Padre, podemos gozar juntos con el prójimo y caminar juntos en una vida nueva.
¿Y qué es la vida nueva? Es el amor al prójimo. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros (Jn 13,34), Al venir las cosas nuevas, tirarán las viejas (Lv 26,10), que son la ira, la envidia y el resto que enumera el Apóstol Pablo en la carta a los Gálatas (5,20-21).

***

Debemos despreciar las cosas mundanas y odiar el pecado. Si nos unimos a Cristo… Si del huerto de árboles frutales, donde los falsos jueces hallaron a Susana (Dn 13, 5-7), nos trasplantamos al huerto donde Cristo fue sepultado, entones sí despreciaremos al mundo.
Y como desprecio del mundo nace el odio al pecado, el apóstol añade con una muerte semejante a la suya. Donde hay semejanza con la muerte de Cristo, allí hay odio al pecado. Apremia la esposa en el Cantar (8,14): Huye, amado mío. Como gacela o cervatillo, sobre los montes de los aromas. He ahí el desprecio del mundo. Se lee en Juan (6,15): Sabiendo Jesús que querían arrebatarlo para proclamarlo rey, se retiró al monte, Él solo. En cambio, cuando lo buscaban para darle muerte, Él mismo salió al encuentro de los que le buscaban (Jn 18,4).

En el Éxodo (2,15) se narra que el faraón procuraba matar a Moisés: entonces éste se alejó del faraón y se estableció en el país de Madián, donde se sentó junto a un pozo.
Huye también tú, amado mío, porque el diablo procura matarte, y habita en tierra de Madián, que significa «juicio». Y siéntate también tú junto al pozo de la humildad, del que podrás sacar agua que brota hasta la vida eterna (Jn 4,14). Huye, pues, amado mío.
Puedes leer en el Génesis (27,42,44) lo que dijo Rebeca a Jacob: ¡Cuidado! Tu hermano Esaú amenaza con matarte. Ahora, hijo mío, escucha mi voz «Levántate, huye a Jarán donde está mi hermano Labán y permanece con él»
Esaú, el peludo, es un símbolo del mundo, lleno de muchos vicios y que amenaza matarte, hijo. Entonces huye hacia Labán, que significa «blancura» y representa a Jerusalén, que blanqueará tu alma, más que la nieve, de tus pecados. Él se halla en Jarán, que significa «excelsa», y allí habitará con Él, porque el Señor habita en lo alto (Salmo 112,5). Huye, pues, amado mío.



Procura asemejarte a la gacela y al cervatillo. La gacela busca las cosas arduas, tiene vista aguda y tiende a lo alto. Los cervatillos, hijos de los ciervos, son dóciles y se esconden a una señal de la madre. Los dos animales sin símbolos de Jesucristo, Dios y hombre. En la gacela se representa su divinidad, que todo los ve; en el cervatillo, su humanidad que, a la señal de su  Madre, aplazó hasta los treinta años la obra que había comenzado desde los doce. Y vino con Ella a Nazaret y le estuvo sujeto (Lc 2,51).
Este cervatillo es hijo de los ciervos, o sea, de los antiguos padres, de los que tomó carne humana.
Procura, amado mío, asemejarte, puedas subir al monte de los aromas. Es lo que dice el Apóstol: Si nos unimos a Cristo con una muerte semejante a la suya, nos uniremos a Él en su resurrección. Los montes perfumados son las virtudes excelsas; quien las tenga, gozará de la resurrección con Cristo.
Te suplicamos, oh, Señor Jesús, que nos hagas abundar en muchas obras buenas. Concédenos poder despreciar las cosas mundanas, llevar en nosotros la semejanza de su muerte y subir a los montes perfumados, para gozar un día contigo de la alegría de su resurrección. Ayúdanos tú, que eres bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén!

(VI Domingo después de Pentecostés: I,519-521)


San Antonio de Padua, índice de temas

martes, 9 de mayo de 2017

San Antonio de Padua: 4. «Muchos son los llamados a la vida mística, pocos los elegidos».

Martes, 9 de mayo de 2017


SAN ANTONIO DE PADUA.
Escritos Selectos.
Selección y traducción de Fray Contardo Miglioranza O.F.M.C.


Apostolado Mariano. Sevilla.



4. Muchos son los llamados a la vida mística, pocos los elegidos.

Había una pequeña ciudad con pocos hombres. Un gran rey se movió contra ella, la sitió y levantó contra ella grandes baluartes. Pero se hallaba en ella un hombre pobre, pero sabio, el cual con su sabiduría salvó a la ciudad. Sin embargo, ninguno se acordó más de aquel hombre (Eclesiástico 9,14-15)

Veamos qué puede significar todo esto, alegóricamente.

Había una pequeña ciudad. La ciudad es la Iglesia. Ella es pequeña en comparación con los malos, que son muchos y superan el número de los buenos. Salomón afirma (Eclesiástico 1,15, según la vulgata). Los perversos difícilmente se corrigen, e infinito es el número de los necios. Los perversos, o sea, los que orientan en sentido contrario, dirigen a Dios el dorso y no la cara. Por eso es difícil corregirlos y enderezarlos, porque no razonan y no tienen sensibilidad de corazón, como la tienen los buenos. Los necios, cuyo número es infinito, son los que tienen una sensibilidad obtusa.

Con pocos hombres. En la Iglesia muchas son las mujeres, o sea, los blandos y afeminados; pero ¡ay de mí!, son pocos los varones, o sea, los virtuosos. Dice el Señor a través de Isaías (3,12): Las mujeres se enseñorearon de mi pueblo. Las mujeres, en este caso, son los prelados reblandecidos.
Salomón en los proverbios (8,4): Oh varones, a ustedes clamo. La Sabiduría dirige sus clamores a los varones, no a las mujeres, porque el sabor de la íntima dulzura lo experimenta aquel que es fuerte en la virtud, aquel a quien la providencia hizo circunspecto. Pero en la Iglesia son pocos los varones; y por esto son pocos los que pueden gustar el sabor de la dulzura celestial. Casi todos están como afeminados: tienen la mente afeminada como se ve en la preciosidad de los trajes, en la opulencia de los banquetes, en la lubricidad de los criados. ¡He ahí a cuáles apóstoles confió el Señor el gobierno de su Iglesia!
Un gran rey se movió contra ella. Este gran rey es el diablo de quien dice Job (41,25): Él es el rey de todos los hijos de la soberbia. Este rey ejecuta estas tres cosas: construye la trinchera y las fortificaciones, y así prepara el asedio.
La trinchera se hace con postes agudos. Las fortificaciones, que son protegidas por la trinchera o por murallas, son los herejes, que son como postes agudos en los ojos de los fieles. Las fortificaciones son todos los falsos cristianos, el diablo asedia a la Iglesia, en la que hay pocos varones. Pese a todo, no temas, pequeño rey (Lc 12,32), este asedio, porque el Señor les dará con la tentación la fuerza para superarla (1Cor 10,13).
Se hallaba en la ciudad un hombre pobre pero sabio. Este hombre pobre y sabio es Cristo: varón excepcional por su divinidad, pobre por su condición humana. Observa la perfecta concordancia. Este es llamado varón, y aquellos también varones; este pobre, aquellos pocos. Pero Cristo, como sabio contra la astucia del diablo, liberó a la ciudad de la trinchera de los herejes y de las fortificaciones de los hombres carnales; y con su sabiduría seguirá destruyendo toda fortificación enemiga.
Es muy doloroso lo que sigue: Nadie se acordó del pobre hombre. Más bien, lo que es peor, dice con Job (18,40): Aléjate de nosotros, no queremos conocer tus caminos. Hay algo peor aún, reniegan de Él y vociferan con los judíos: A éste no lo queremos, sino a Barrabás. Y Barrabás era un bandolero (Jn 18,40). Había sido encarcelado por un homicidio y por organizar una sedición en la ciudad. Este bandolero es el diablo, quien por la rebeldía que cometió en el cielo, fue arrojado al infierno. Piden con insistencia que se les de este bandido, y crucifican al Hijo de Dios, que los ha liberado. ¡Almas desgraciadas! ¿Por sí mismos se han preparado el daño! (Is 3,9)

VII domingo después de Pentecostés: I, 535-537

sábado, 6 de mayo de 2017

San Antonio de Padua: 3. Un nuevo modo de pensar y de vivir.

3. Un nuevo modo de pensar y de vivir.

El tentador se acercó a Jesús y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,2).
El diablo procede por semejanzas. Como tentó a Adán en el paraíso, así también tentó a Cristo en el desierto, y sigue tentando a cualquier cristiano en este mundo. Ante todo, tentó a Adán con la gula, la vanagloria y la avaricia y, al tentarlo, lo derrotó. De modo semejante tentó también al nuevo Adán, Cristo, pero esta vez fue derrotado, porque no tentaba solamente a un hombre sino también a Dios. Nosotros, que somos partícipes de uno y de otro, o sea, del primero según la carne y segundo según el espíritu, «despojémonos del hombre viejo con todas sus acciones, que son la gula, la vanagloria y la avaricia y, renovados por la confesión, revistámonos del hombre nuevo» (Col 3,9-10), para frenar con los ayunos la desbocada ansiedad de la gula, reprimir con la humildad de la confesión la hinchazón de la vanagloria y conculcar con la contrición del corazón el espeso fango de la avaricia. Dice el Señor (Mt 5,3): «Bienaventurados los de espíritu pobre, – o sea, de corazón contrito y humillado–, porque de ellos es el Reino de los cielos».
Observa todavía esto. Como el diablo tentó al Señor de gula en el desierto, de vanagloria en el templo y de codicia en el monte, así cada día nos tienta a nosotros de gula, cuando estamos ayunando; de vanagloria, cuando estamos orando, y de codicia, cuando ocupamos altos cargos.
Durante el ayuno, nos tienta de gula, en la que pecamos de cinco maneras; antes del tiempo, espléndidamente, demasiado, ansiosamente y refinadamente.
Antes del tiempo, cuando se come antes de la hora de la comida.
Espléndidamente: cuando con variadas salsas, diferentes ingredientes y un surtido de manjares, se excita la ansiedad de la lengua y se estimula el apetito, aunque sea flojo.
Demasiado: cuando se come más de lo que el cuerpo requiere. Algunos glotones dicen: tenemos que ayunar; entonces hagamos una sola comida, que comprenda el almuerzo y la cena. Estos glotones son como el gusano de seda que no deja el árbol donde anida, sin antes haber comido todas sus hojas. Este gusano parece todo una boca voraz, y simboliza a los glotones, que se entregan totalmente a la gula y al vientre; y agarran la taza, como si asediaran una fortaleza y no la dejan sin haber antes devorado todo su contenido. O reventará el vientre o se vaciará la taza.
Ansiosamente: esto sucede cuando el hombre se repantiga sobra toda comida y, como si estuviera por expugnar una gran fortaleza, estira las manos y come con todo su cuerpo; y está a la mesa como un perro que no desea que haya otro perro en la cocina.

Nota: para las consultas bíblicas, hay que tener en cuenta. Que, en la época de San Antonio, que los actuales 1º y 2º de Samuel eran el 1º y el 2º de los Reyes; y los actuales 1º y 2º de los Reyes, eran el 3º y el 4º de los Reyes.
Refinadamente: sucede cuando se procuran alimentos exquisitos y se guisan con meticulosidad, como se lee en el primer libro de los Reyes (2,15), a propósito de los hijos de Helí, que no querían carne cocida, sino cruda, para guisársela con mayor esmero y refinamiento.

  • Actualización: Incluso, antes de quemar la grasa, venía el criado del sacerdote a decir a la persona que ofrecía el sacrificio: «Dame la carne y yo la asaré para el sacerdote, pues no aceptará de ti, carne cocida, sino cruda» Y si aquella persona le replicaba, «se ha de quemar primero la grasa, luego coge cuanto quieras». Le respondía: «Lo has de entregar ahora, y si no, lo cogeré por la fuerza». El pecado de aquellos jóvenes era muy grande ante el Señor, que trataba con desprecio la oblación del Señor. (1Samuel 2,15-17). (Este pasaje está sacado de la edición de la Conferencia Episcopal Española: Biblia Didajé)

Además, el diablo nos tienta de vanagloria, cuando estamos en el templo en oración, durante el rezo del Oficio o la predicación. En ese momento somos embestidos por el diablo con los dardos de la vanagloria y, lamentablemente ¡cuántas veces somos heridos!
Hay algunos que, mientras están arrodillados y emiten suspiros, quieren ser vistos. Hay otros que, mientras cantan en el coro, cambian la voz y hacen gorgoritos, deseando que la gente lo escuche. Hay también otros que, mientras predican y atruenan con su voz, y mientras se lucen multiplicando citas de autores e interpretándolos a su manera, se dan vuelta en el púlpito, buscando aplausos.
Todos ellos –créamelo– son mercenarios, que ya recibieron su recompensa (Mt 6,2), pero arrojando al prostíbulo a su hija. Moisés los amonestas en el Levítico (19,29): «No prostituyas a tu hija» ¿Qué es esta hija? Esta hija es mi obra que prostituyo, o sea, arrojo al lupanar, cuando la vendo por dinero de la vanagloria.
El Señor nos exhorta: Cuando tú ores, entra en tu celda, cierra la puerta y ruega a tu Padre (Mt 6,6). También tú, cuando ores o hacer alguna obra buena –y hacerlo sin interrupción (1Tes 5,17)– entra en tu celda, o sea, en el secreto de tu corazón, y cierra la puerta de los cinco sentidos, para que no desees ser visto, oído ni alabado.
En el Evangelio de Lucas (1,9) se lee que Zacarías entró en el templo del Señor a la hora del incienso. En el tiempo de tu plegaria, que como incienso se dirige en la presencia del Señor (Sal 141 [140], 2), entra en el templo de tu corazón, y allí orarás a tu Padre; y tu Padre que ve en lo secreto, te dará la recompensa (Mt,6,6).
En fin, también podríamos ser tentado del pecado de avaricia en sus múltiples formas, al ocupar altos cargos terrenales. Y observa que no se trata sólo de avidez de dinero, sino también de avidez por sobresalir.
Los ávaros, cuánto más tienen, más sed tienen de poseer. Lo mismo sucede con los que están en cargos elevados: cuanto más suben, más se esfuerza por ascender; y así, más tarde, caen más ruinosamente, porque los vientos soplan reciamente alrededor de las cumbres y es en los altozanos donde se ofrecen sacrificios.
A propósitos de estos dos vicios se expresa así Salomón en los Proverbios (30,16): EL fuego jamás dice: «basta». El fuego es la avidez del dinero y de sobresalir, que jamás dice: «¡basta!»; sino «¡Trae más, trae más!».
Oh, Señor Jesús, quita, te ruego, quita estos dos vicios de los prelados de tu Iglesia. Tú con las bofetadas, esputos, flagelos, cruz, clavos, vinagre, hiel y lanza adquiriste un patrimonio para tu Iglesia; pero ellos, al alardear y al solazarse en sus elevados cargos eclesiásticos, lo despilfarran.
Pues bien, nosotros, que, por el Nombre de Cristo, somos llamados cristianos, debemos suplicar todos juntos y con devoción, a Jesucristo, el Hijo de Dios, y debemos pedirle con perseverancia, que nos conceda el espíritu de contrición, para llegar al desierto de la confesión. De esta manera, durante esta Cuaresma, mereceremos recibir el perdón de nuestros pecados; y así, renovados y purificados, merecemos gozar plenamente de su Santa Resurrección y un día ser colocados en la gloria de su bienaventuranza. Nos lo conceda el favor de Aquel, a quien van el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén!
(I Domingo de Cuaresma: I,81-84)

viernes, 5 de mayo de 2017

Reflexiones sobre la alegría, y aprendiendo a vivir con espíritu franciscano.


Damos gloria y alabanza a la Santísima Trinidad.

Viernes, 5 de mayo de 2017


Vivir el espíritu franciscano es adentrarnos en la vida de Jesús, comprender el Evangelio, pero a la manera del Espíritu Santo, según el carisma que el Señor quiera dar a cada uno conforme al Espíritu Santo.

Ahora bien, pero hay muchas cosas aprendidas de este mundo, que parecen que están bien, pero no. Hay que examinarlo atentamente y con la ayuda de Dios. Pero como el tentador es capaz de dominar nuestras ideas, para que no suceda eso, nosotros somos capaces de refugiarnos en el Señor, vivir intensamente la fe de la Iglesia Católica, nuestra devoción a la Madre de Dios.

Lo que le estorba al adversario oscuro, es que nos vayamos perfeccionando en la fe, que no nos quedemos estancados según el proceder de este mundo. Quiere el Señor que nuestros conocimientos a la verdad, vayan alcanzando su plenitud, y así poder salvarnos por los méritos de Jesús nuestro Señor.

Desde que por aquellos años, en que el Señor me dio una nueva oportunidad, para mi conversión, y esto se sabrá, si el Señor me considera digno para la vida eterna. Pero hoy por hoy, sigo este camino de conversión, a pesar de mis caídas, el Señor siempre ha venido de nuevo a ayudarme. Desde aquella vez, aprovecho el conocimiento de la Sagrada Escritura, siempre buscando el camino de la verdad, las edificantes lecciones del Magisterio de la Iglesia Católica, la doctrina de los Padres y Doctores de la Iglesia Católica, todavía me siguen resolviendo aquellas cosas que por amor a la verdad según el Espíritu de Dios, no quiero renunciar.

Por eso, cuando escribo tengo presente al Espíritu Santo, para que no me engañe, ni quiera engañar al prójimo. Aunque es verdad, que, por contener pasajes bíblicos, o la doctrina de la Iglesia y de los Santos Padres, muchas personas han perdido los nervios y la han emprendido con palabras contra mí, que no le hacen ningún bien. Algunos me han pedido que renuncien a la Sagrada Biblia, y yo le respondía que no lo haré nunca.

Sobre la alegría del cristiano no son necesarios los aplausos, a partir del sacramento del Bautismo, la alegría verdadera forma parte del creyente.

A veces, parece que hay muchas almas que quieren debatir con la Palabra de Dios, y entre otras cosas, sobre la alegría,

Cuando un cristiano se dedica a la lectura de la Sagrada Biblia, se enamora de la Palabra de Dios, disfruta leyendo, y no hace cada dos por tres aplaudir. La Biblia es un libro, o una carta de Dios para sus hijos, es espiritual. Lo comprendieron muy bien los Santos Padres, y San Francisco de Asís entre ellos:
  • «Tus palabras era para mí, las delicias de mi corazón, porque yo llevo tu Nombre, Señor, Dios de los ejércitos.» (Jer 15, 16)
Con frecuencia cuando ha habido tormentas en torno a mí, en el momento de elevar mis pensamientos al Señor, acordándome de sus enseñanzas aprendida, y sigo aprendiendo de la Sagrada Biblia, con la ayuda de los Padres de la Iglesia Católica, enseguida, aquellas oscuridades que rodeaban mi vida interior, se disuelven, desaparecen. Es la alegría del Señor, pero ni tampoco por eso, termino aplaudiendo.

  • Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría (cf. Sal 50,10).¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa! (San Francisco de Asís, Admonición, cap XX, 1-3. [Del buen religioso y del religioso vano)

EL verdadero cristiano se asemeja a Jesús nuestro Señor, no vive según las exigencias mundanas. El verdadero cristiano, si no es espiritual, olvidarse de las promesas bautismales, a nadie le ha hecho nada bien. Y es como renunciar a la fe eso de los aplausos. Si alguna vez he aplaudido, lo cual es cierto, por aquel entonces no conocía la Sagrada Biblia, y por eso me imaginaba que era también natural en el cristiano. Pero no. La Biblia es maravillosa, que nos da la luz para nuestro espíritu.

O sea, uno termina siendo vanidad, si necesitan aplausos, o aplaude, También San Juan Crisóstomo, Benedicto XVI, siempre lo ha rechazado. Cuando no se ha comprendido al Señor, la vida de la fe verdadera, el alma vacía no puede llenar su vida interior, por mucho que aplauda.

Si un alma consagrada se deleita en las alegrías mundanas, y esto es, los aplausos, las bromas, chistes, estas cosas están rechazadas por el Altísimo. ¿Quién es capaz de llevar la contraria a Dios para justificar las alegrías profanas? ¿Quién es más poderoso que el Señor Jesús para hacer lo que no está mandado?
Hemos de tener cuidado con los engaños del demonio, que, a través del mundo, con sus apariencias “chistosas”, esto es alejarse del Espíritu del Evangelio. Es el peligro del desconocimiento de la Sagrada Biblia.
Cuando nos familiarizamos con la Palabra de Dios, nos encontramos por ejemplo:

En proverbios 6,12-15: «El hombre malvado y perverso anda con el engaño en la boca; guiña los ojos, menea los pies, va haciendo gestos con los dedos; maquinan desatino, planean maldades, provoca continuas peleas. Por eso, de pronto, llega su ruina, su caída de repente y sin remedio.»

¿Nos damos cuenta lo que sucede cuando no nos interesa la Sagrada Biblia? El Señor nos da a todos la facilidad de conocer la Biblia, quiénes lo interpreta con sabiduría es el Magisterio de la Iglesia Católica y los Santos Padres. La conducta de San Francisco de Asís, se perfeccionaba sobremanera. Pero más aún San Antonio de Padua, San Buenaventura, porque son doctores de la Iglesia Católica de la Familia Franciscana.

No podremos nunca descuidar la Palabra de Dios, yo empecé desde poco, sin ningún conocimiento de la Palabra de Dios, y en la medida que lo leía, releía, y necesitaba también salir de la ciudad, hacia los montes, donde la paz, y el silencio también nos puede ayudar, a que estemos serenos, libres de toda preocupación presente de este mundo, pero esa hambre por la Palabra de Dios, no debe cesar en nosotros. Su lectura, su meditación nos llena de mucha alegría, es como si cuando nos sentamos, en el monte, el Señor se sienta a nuestro lado, y nos ayuda a comprenderlo. ¡Qué alegría!, y la oración, ¡inmensa alegría! que nos fortalece en nuestra fe.

Cuando alguien me dice, “José Luis, estás exagerando”, enseguida me viene al pensamiento, que no ha procurado conocer más la Sagrada Escritura. Pues necesitamos encontrar esos tiempos, que sin renunciar a la oración, también es necesario es necesario el conocimiento de la Palabra de Dios.
EN las reglas de San Francisco de Asís, el franciscano se le requiere el estudio del Evangelio, y llevarlo a cabo a la vida personal, siempre conforme al Espíritu Santo.
Recientemente cuando alguien me dijo, en otro lugar de las redes sociales, que me decía, “pues yo he leído tantas veces la Biblia”, y después me arroje desprecio e insultos de lo más indecente. Enseguida cerré la puerta para no dejar entrar al príncipe de las tinieblas, y no responder a la maldad.


·        «No imitéis el proceder de las naciones paganas» [Jer 10, 2];  y también dice Jesucristo que no debemos ser como los gentiles, en Mt 6, 8: « No seáis como ellos».  No seamos como los que no son creyentes, que no han aprendido a adorar a Dios Padre, ni pretenden aprender el camino espiritual, puesto que se han acomodado a su propia voluntad.

·        5271 Muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía [...], encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente [...]. Y aquello que había de serle un motivo de alabanza en Dios se le convierte en causa de separación de él (San Gregorio Magno, Moralia, 10). [Destruye la bondad de muchas obras] (Francisco Fernández Carvajal. Antología de textos. Ediciones Palabra)
Los aplausos destruyen la bondad del corazón, nos separa de la vida del amor de Dios. San Gregorio Magno es doctor de la Iglesia Católica.

Jesucristo dice: «No recibo gloria de los hombres» (Jn 5,41). Tampoco nosotros, si realmente deseamos tener como modelo a Jesús, los aplausos que nunca ha formado parte de la fe cristiana, entonces no debemos hacer. A la luz de la Palabra de Dios, los aplausos, como los chistes, las bromas, los juegos, son signos del pecado, puesto que no tiene nada que ver con la fe.
Si Jesús no quiso recibir gloria de los hombres, no pretendamos hacer lo contrario, la gloria de los hombres, sus adulaciones nos debilita si lo aceptamos, estamos perdiendo de vista a Dios.

«Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava» ( Lc 1, 46). Ahí encuentra la Madre de Dios la alegría en su espíritu, en el Señor nuestro Salvador. María, tan llena del Espíritu Santo, no tuvo alegrías mundanas, pues su unión con Dios, la Llena de Gracia, una persona completamente espiritual, es también nuestro modelo a seguir.

«Los seguidores de Cristo viven contentos y alegres y se glorían de su pobreza más que los reyes de su diadema» (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Hom. sobre S. Mateo, 38).

Seguir a Cristo es vivir la alegría, pero sin aplausos, para no echar en saco roto la gracia de Dios. Los aplausos pertenecen al mundo de las tinieblas, no hay belleza, sino ruidos y más ruidos. Y estos ruidos externos, impiden comprender al Espíritu de Dios.

«Es cosa indigna del verdadero cristiano, abandonarse a los chistes y a las chanzas indecentes. Las carcajadas de risa, rompen los lazos de la templanza, destruyen la cristiana gravedad, denotan el olvido del temor de Dios, y la poca aprensión de las penas eternas: la risa prepara el camino a la impureza; las chanzas son señales de intemperancia; las bufonadas nos llevan a la relajación y a las disoluciones, y nos granjean el desprecio. Por esto el Apóstol ordena a los de Efeso: Que no se oigan entre ellos palabras libres ni bufonadas, porque no convienen a su vocación, sino solamente palabras de acción de gracias.» (San Juan Crisóstomo, Religionem facctiis uti non deberé, in Sp., sent. 251, Tric. T. 6, p. 352.)”

Notemos que es San Juan Crisóstomo, pero también los que dejaron que el Espíritu de Dios, formase parte de su vida, no buscaron la falsa alegría.
Hemos de convencernos que el Señor siempre quiere nuestro bien, que quiere que nos salvemos. El verdadero cristiano hace lo que es contrario a las costumbres mundanas. Es ir contra corriente. Es decir, siempre siguiendo a Cristo. Porque no podemos seguir a Cristo con la palabra, si nuestra mentalidad es la mentalidad de nuestro hombre viejo y tibio.

Es cierto, que las personas que aplauden no buscan la gloria de Dios, si fijan más en las palabras o hechos de la criatura. Por eso, San Francisco de Asís, cuando la gente comenzaba a aplaudirle, rápidamente se marchaba por otro sitio.

«Cuando volvía de su oración privada –en la que venía a quedar como transformado en otro hombre– , tenía sumo cuidado en adaptarse a los demás, no fuese que las exteriorizaciones le granjeasen el aplauso humano, y quedara por ello desprovisto del premio en su interior.
» Si en público le sorprendía de improviso la visita del Señor siempre encontraba algún medio para evadir la atención de los presentes (protegiéndose a veces con la manga o el manto. 2C 94) de forma que no apareciesen en el exterior sus familiares encuentro con el Esposo. Cuando oraba en compañía de sus hermanos, trataba de evitar por completo los ruidos de toses, los gemidos, los fuertes suspiros y otros gestos exteriores (…); y esto lo hacía tanto por su amor al secreto como porque, adentrado profundamente en su interior, estaba todo él transportado en Dios. Muchas veces dijo a sus compañeros más íntimos: «Cuando el siervo de Dios recibe durante la oración una visita de lo alto, debe decir: "Señor, pecador e indigno como soy, me has enviado del cielo este consuelo; yo lo encomiendo a tu custodia, porque me reconozco ladrón de tu tesoro". Y cuando vuelve de la oración debe mostrarse de tal modo pobrecillo y pecador cual si no hubiera conseguido ninguna nueva gracia» (cf. Adm 28). (San Francisco de Asís. Escritos – biografías – Documentos de la época. San Buenaventura, Leyenda Menor, Cap. X, 10. 4, página 457. Cuarta impresión, 2013. Biblioteca de Autores Cristianos)

Es edificante el espíritu franciscano. No buscando la vanagloria, sino vivir para el Señor, siempre con alegría, incluso cuando las lágrimas, el llanto también nos haga algún toque para mayor gloria de Dios. Incluso en la humillación y en la confusión no debemos perder esa alegría espiritual.
San Francisco de Asís era humilde, pero era también exigente, pues todo lo miraba para gloria de Dios y aborrecimiento de los pecados y vicios. Aprender también de San Francisco, es ir acercándonos a Jesús, vivir con intenso amor el  Evangelio de Cristo Jesús.

Notemos también, que cuando oramos, y estamos en público, es decir, en la iglesia, solamente debemos hacerlo delante de Dios. Sin buscar la admiración de nadie, para no perder el fruto que el Señor puede darnos cuando estamos en comunión con Él. Pues no oramos para que nos vean la gente, sino que ellos hagan lo suyo ante el Señor, en la oración y devociones contemplativas. Sabemos claramente que Jesús es el único Maestro para cada uno de nosotros.

Los aplausos conforme reflexionando el Evangelio es la recompensa que se ofrece o se acepta en este mundo, En verdad os digo, que ya recibieron su recompensa. Nosotros no formamos parte de este mundo, aunque vivamos en él, para no condenarnos con el mundo. Si nosotros aplaudimos, hemos de considerarlo, no estamos siguiendo a Cristo, pensando que deseamos caminar con el Señor, no debemos hacer las cosas que hace este mundo.


Se lamentaba San Antonio María Claret de la vana gloria de los aplausos: «… después de haber estado cerca [de] cuatro años, habiendo [me he] resfriado bastante en el fervor y llenado demasiado del viento de la vanidad, de elogios y aplausos, singularmente en los tres primeros años. ¡Oh, cuánto lo siento y lo lloro amargamente! Pero el Señor ya tuvo cuidado de humillarme y confundirme. ¡Bendito sea por tantas bondades y misericordias como me ha dispensado!» (San Antonio María Claret. Escritos autobiográficos, cap X, 82, pág. 135. Año 1981, BAC.)

¡Oh, cuánto lo siento y lo lloro amargamente! Pero el Señor ya tuvo cuidado de humillarme y confundirme. ¡Bendito sea por tantas bondades y misericordias como me ha dispensado!»

Entonces, allí donde hay aplausos no se encuentra la acción del Espíritu Santo, y para mí, esto es convencerme de la realidad. Pero el adversario que procede de las tinieblas, suele convencer a los inconstantes de otra cosa.

Si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, también nosotros nos vamos formando en la verdadera y santísima doctrina de la Iglesia Católica, la rectitud de nuestra fe, purificándonos de nuestros errores, no estamos dejando paso a las tinieblas de ninguna de las maneras.

Hermanos y hermanas, no nos dejemos engañar por el mundo, que nos presenta unas alegrías temporales, pero no ve que delante está el llanto y el dolor, y el crujir de dientes por no aceptar las condiciones del Señor nuestro Dios.

San Antonio de Padua, «La Palabra tiene fuerza cuando va acompañado de las buenas obras»

Muchas personas devotas de la Familia Franciscana, encuentran su alegría, al menos en pertenecer en la TOF: [Tercera Orden Franciscana] ...